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Mike Tyson

Notodo Notodo 02/03/2016 Alan Queipo
Imagen principal del artículo "Mike Tyson" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Mike Tyson"

Un internamiento en un centro de desintoxicación o una temporada en una Iglesia Evangélica tiene que ser similar a este confesionario abierto, en plan “por mi culpa, mi gran culpa” al que se somete Mike Tyson en Toda la verdad, una autobiografía dictada por él y narrada con soltura por Larry Sloman, su “negrero” (o copista) particular para esta tarea. El polígrafo del mundo; el juego de la (su) vida; la fractura abierta; las memorias redentoras; la hemorragia externa; el tipo antes, durante y después del mordisco a Holyfield; uno de los púgiles más feroces de la historia, en plan reality show oral; más de 500 páginas de espectáculo exhibicionista en el que la vida es su mejor atajo para excusarse.

Una madre borracha, un padre ausente, un barrio como Brownsville en la facción más marginal de Brooklyn, un delincuente juvenil de ocho años que cuidaba las palomas de otros delincuentes adolescentes, una primera detención a los doce años, un diagnóstico médico de “retrasado” que lo convertiría en (sic) “un negro inútil colgado del Thorazine”, sus primeras peleas callejeras y una visión en el correccional de menores: The Greatest, con posterior aparición de Muhammad Ali, que definiría para el resto de su vida.

Su tabla de salvación y su huida hacia adelante lo convertirían en el púgil más joven en conseguir ser campeón de los pesos pesados y también en uno de los rostros más reconocibles del mundo del boxeo y del deporte; un luchador despiadado, convertido en esa bestia feroz con el alimento del odio de un primer entrenador blancófobo y una historia tan jugosa como dolorosa y que en Toda la verdad reconduce “su” verdad desde su infancia a sus primeros movimientos deportivos, la política del miedo atroz que inspiró en cada uno de sus meneos de cadera, su vida en la cárcel, su “entidad” como el violador más conocido de América (sin haberlo sido, según él), su relación con Don King, sus amores causales, sus zonas sucias, su relación con las drogas, su adicción al sexo, sus peleas más antológicas y un sinfín de anécdotas que permanecen en su córtex aún habiendo recibido hostias como panes durante años.

“La mayor parte de las seis semanas que transcurrieron entre mi condena por violación y la ejecución de la sentencia las dediqué a viajar por el país cortejando a mis numerosas amigas” es lo primero que tiene para decirnos el bueno de Mike, ya desde el prólogo tirando de morbo y redención, pero generando esa animadversión de amor-odio con la que llevamos décadas identificándola. A eso juega durante todo el tomo, una de las (auto)biografías más divertidas que nos podemos encontrar (junto con la de Lemmy Kilmister), desnudando sus intimidades (literalmente) con un tono que se debate entre Hunter S. Thompson, siendo tan escatológico como redentor, justificando sus movimientos sin entonar un mea culpa de especial arrepentimiento y profundizando en el Tyson “humano”: un humano como él, un extraterrestre como él, el diablo más feroz, la gran bestia pop que ha firmado su biopic hablado.

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