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Miró y el objeto

Notodo Notodo 01/03/2016 Irene Galicia
Imagen principal del artículo "Miró y el objeto" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Miró y el objeto"

Puede parecer extraño decir que esta exposición investiga un homicidio, pero si decimos también que trata sobre un pintor que se atrevió a asesinar abiertamente la pintura o, al menos, la idea clásica de pintura, sin duda recordaremos a Joan Miró y su deseo confeso de liquidarla. “Quiero asesinar la pintura”, aseguró a finales de los años veinte, para expresar su idea de que la pintura era algo más que el caballete, la tela y los pigmentos y desafiando a las artes plásticas. En su búsqueda de lo esencial, de lo más primario, Miró traía de sus paseos por la playa extrañas piedras, caballitos de mar, un trozo de timón… y son estos objetos encontrados los que le inspiran para la creación de sus esculturas; son estas piezas, o mejor, el motor que le impulsa a buscarlas lo que da pie a esta exposición. Una exhibición que pretende mostrar cómo a partir de la década de los cincuenta, Miró se alejó de la pintura como soporte plano e incorporándole sus objetos encontrados, collages y ensamblajes, la mató y la resucitó en forma de escultura.

El magnetismo que nos atrae hacia los objetos produce una colisión poética y plástica. El objeto encontrado de raíces duchampianas Esos objetos-esculturas devienen metáforas visuales en la nueva poética del artista, que siente predilección por el bronce bruto, en el que se evidencian los accidentes, las grietas, la textura áspera. Y en la cerámica Miró encontrará esa esencia primordial de las Cuevas de Altamira. Estos objetos cotidianos aparecían en principio pintados en sus bodegones- quizá anticipando su intención de acercarse a la pintura en tanto que objeto que habita el mundo real, no como ilusión, salen del cuadro y se incorporan a su obra tridimensional.

Así, sus cerámicas, mandíbulas de pequeños animales, títeres, esculturas africanas el visitante hará un recorrido por esos cuadros objeto que destilan su pasión por el azar, por la materia en bruto, por lo casual, mediante un profundo diálogo con el objeto. Atraído magnéticamente por la fuerza poética de los objetos y a través del juego y la ironía, buscaba los objetos humildes amándolos enormemente y conectándolos con lo ínfimo, lo insignificante o lo sagrado, y los trata como si fueran personajes de una quimérica galaxia. Sus muñecas, envoltorios de cartón, calabazas, huesos y botes, acabaron inmortalizados en bronce en un intento de alcanzar la denominada “poética de lo humilde”.

La exposición profundiza en esta evolución como el proceso de destrucción-transformación de la pintura en tela, mediante seis ámbitos de estudio que muestran desde una selección de los objetos encontrados y la progresiva introducción de materiales “antiartísticos” hasta convertirla definitivamente en objeto tras la Guerra Civil. El culmen de esta tendencia antipictórica lo encontramos ya en sus obras de octogenario con una obra radical, nueva y rompedora. A sus 81 años, no solo se lanzó por fin a acuchillar los lienzos sino que también les prendió fuego. No eran simples golpes de efecto. Era la completa transgresión de la pintura, un crimen llevado a extremos poéticos, y naturalmente, una crítica a la mercantilización del arte.

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