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Mirar al pasado con ojos de niño

EL PAÍS EL PAÍS 31/05/2014 Clara Morales Fernández

Cuando se es niño, el pasado es inimaginable. Papá y mamá no existen más allá de sus roles, y por supuesto no han tenido una vida anterior al nacimiento de los hijos. El mundo se reduce al ahora, y a los deseos y necesidades del pequeño de la casa. Descubrir el ayer, a los seis años, es descubrir un universo entero.

 Eso es lo que les ocurre a los protagonistas de Ven a buscarme, el libro infantil escrito por Javier Marías dentro de la colección Mi primer... editado por Alfaguara desde 2010 y que distribuye EL PAÍS por 6,95 euros hasta el 6 de julio. El tercer libro del conjunto, coordinado por Arturo Pérez-Reverte, llega tras los títulos de Mario Vargas Llosa y el propio Reverte, y precede a los creados por Eduardo Mendoza, Almudena Grandes, Juan Marsé, Luis Mateo Díez y Enrique Vila-Matas.

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A Marías, como a sus compañeros, la propuesta de participar en el proyecto le cogió un poco a trasmano: “Me embarcó Arturo, y le costó un poco convencerme porque no había escrito nada así y me pareció una cosa muy difícil. Es verdad que hice siendo casi niño mi primera novela, pero de aquello a esto...”. De aquello a esto, un mundo. Todo, desde el tema al lenguaje: “Tenía que ser sencillo, con frases cortas o muy cortas. ¡Yo, que estoy acostumbrado a frases largas y una sintaxis compleja!”.

Así que el autor utilizó un recurso aparentemente infalible: preguntarle a su yo de la infancia. Al niño de nueve años que devoraba novelas de aventura. Y escribió una historia realista con tintes de misterio: un bosque con límites señalados con pintura y una misteriosa caja que guarda un tesoro enviado desde el pasado.

Esta es la segunda clave del libro: la fotografía envejecida por el tiempo de una niña que “aunque un poco antigua, a Héctor le pareció más guapa que todas las que conocía”. Una presencia fantasmal del pasado que fascina al protagonista de una forma parecida a la que sienten los adultos. O quizás de la misma: “Aunque los niños lo vivan de otra manera y no tengan la capacidad de expresarlo, con seis o siete años se puede sentir un enamoramiento tan fuerte como a cualquier otra edad”.

Cuando Héctor abre la caja enterrada por Celia hace décadas, descubre a la vez el amor y el tiempo. Algo, según Mendoza, que los niños asocian a la ficción: “Cuando una película contaba algo que no comprendía, mi madre me tranquilizaba diciendo: ‘No, eso era antes’. De pequeño uno tiene la sensación de que el peligro está en el pasado. Al menos los niños afortunados, claro”.

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