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Mircea Cărtărescu

Notodo Notodo 02/11/2016 José Angel Sanz
Imagen principal del artículo "Mircea Cărtărescu" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Mircea Cărtărescu"

Mircea Cărtărescu tiene ganada a pulso una asentada fama de escritor serio, denso y, a veces, indescifrable. Buena culpa de ello la tienen obras como el poema épico de 7.000 versos El Levante o las 1.400 tupidas páginas que conforman la trilogía Orbitor. Por fortuna, la editorial Impedimenta también se ha encargado de publicar en España obras más accesibles para todos los públicos, entre ellas el que quizá es su mejor relato, El ruletista. También hemos podido leer en nuestra lengua Lulu (2011) y Nostalgia (2012), entre otras, y ahora llega el turno para El ojo castaño de nuestro amor, un conjunto de reflexiones autobiográficas en las que se entremezclan los recuerdos familiares y la nostalgia por un tiempo pasado que sirve, al mismo tiempo, para que nos adentremos en el apasionante paisaje existencial del escritor rumano.


En esta prosa de Cărtărescu es sencillo detectar su perfil analítico, el que le ha llevado a escribir en medios de comunicación de su país acerca de sociedad y política. El autor, uno de los que cada año aparece en las quinielas para ganar el Nobel de Literatura, exhibe además ese lirismo innato que le permitió debutar en la escritura como poeta. Conocemos de su mano un país vapuleado y pobre, moralmente deprimido e indigente en lo material durante décadas. Cărtărescu, nacido en 1956 en Bucarest, recrea a sus compatriotas anhelantes de una libertad que ni siquiera sabían muy bien que era después de cuatro décadas bajo el yugo del comunismo. “Creíamos que Ceauşescu era inmortal”, asegura en un momento. “No éramos una sociedad, éramos un rebaño”, en otro. Admirador de Ismaíl Kadaré y de Kafka, hay algo que comparte con ellos, una fidelidad inquebrantable a su responsabilidad como contador de historias.

En esta obra no nos priva de eso que muchos han llamado ‘realismo mágico’ en su trabajo, a pesar de lo chirriante que resulta aplicar la etiqueta dedicada a García Márquez y sus seguidores a un hijo de la vieja y fría Europa que linda con el Mar Negro. Quizá el mejor ejemplo de ello es el relato La chica al borde de la vida, aunque no el único. Sabemos de su devoción por la lectura, en la que era capaz de sumergirse durante todas las horas de luz de cada día. Y luego está el relato que da nombre al libro. Imposible no emocionarse ante un texto desarmante, en el que biografía y poesía se dan la mano.

A cualquiera que se acerque por primera vez a Cărtărescu habría que recomendárselo. Es más que probable que se ‘enganche’ al autor rumano para siempre.

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