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Moby

Notodo Notodo 21/11/2016 Alan Queipo
Imagen principal del artículo "Moby" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Moby"

RADIO PLATEADA

Janet dejó un mensaje en el contestador. «Mo, puede que esto te parezca raro, pero el tío con el que estoy saliendo toca esta noche en el Sin-é. Hace folk, pero es muy bueno. Si estás libre, pásate».
Janet y yo habíamos roto unos meses antes, y ahora tenía un novio que era músico. ¿Debía estar celoso? Hurgué en mi cerebro y en mi sistema endocrino, buscando celos; pero no los encontré. Aunque estuviera dolorosamente solo, no me molestaba que Janet tuviera novio.

El Sin-é era un café irlandés de St. Mark’s Place, cuyo dueño pertenecía al círculo de amigos de Janet. Cuando nos separamos, ella se alejó de mi mundo de hip hop y house; y no había nada más alejado de los club kids que tomaban drogas con raperos que un minúsculo café de músicos de folk que servía capuchinos y cerraba a las once.

Era una fría noche de martes, y las calles estaban tranquilas y sombrías por la lluvia. Salí del piso y tomé la Segunda Avenida, mientras el viento empujaba y tiraba de mi ropa y mi pelo. Adoraba ese tipo de noches. La lluvia hacía que la gente se quedara en casa, y la Segunda Avenida estaba desierta, excepto por algún taxi ocasional.

Una ráfaga de viento me pegó en la cara e intentó que retrocediera, pero seguí adelante y llegué a la manzana que está entre la Séptima y la Octava, un verdadero bazar delictivo; era donde los adictos y los traficantes compraban y vendían mescalina, crack, bicicletas robadas y, más benévolamente, marihuana. La lluvia y el frío los habían expulsado a casi todos, pero aún quedaban algunos adictos al crack y algunos yonquis demacrados que, sentados en la acera, intentaban vender zapatos sin par y cartuchos de ocho pistas dañados por el agua. Bajé la cabeza y vi que junto a una bata sucia de color rosa uno de los adictos vendía un viejo sintetizador de bajos, un Roland tb-303. Yo tenía uno, pero pensé que me vendría bien uno de repuesto.

–¿Cuánto pides por el tb-303?
El adicto me lanzó una mirada vacía.
–¿Cuánto por la caja de ritmos? –insistí.
El miró a su alrededor, confuso.
–¿Caja? –preguntó, titubeando–. No tengo ninguna caja.
–No me refería a la caja de ritmos –dije, señalando el tb-303.
–Ah, la radio…
–Sí, la radio.
–Es plateada. Son diez dólares.
Yo ya tenía uno, así que regateé.
–Te doy cinco.
El adicto echó un vistazo a sus empapados cachivaches.
Después, me miró a los ojos con expresión de súplica.
–¿No podrían ser diez?
–Está bien…
Le di un billete de diez dólares, y se le iluminaron los ojos.
–¡Genial, colega! ¡Aquí está tu radio!
–Gracias, tío.
Cogí el tb-303, seguí mi camino y me giré unos metros más adelante. El adicto corría por la Segunda Avenida, yendo sin duda a alguna casa de vecindad de la Séptima donde podía comprar y fumar crack. Le acababa de dar los medios para drogarse; pero me dije que era libre de hacer lo que quisiera y que, en cualquier caso, yo no tenía derecho a tomar decisiones por otras personas.
Sin embargo –continué socráticamente–, tampoco se podía decir que fuera libre, porque se trataba de un adicto. Y entonces, me di cuenta de parte de mi sentimiento de culpabilidad se debía a que había comprado algo superfluo mientras me dirigía a un concierto de folk.
Al llegar a la esquina de la Segunda con St. Mark’s Place, alguien me gritó:

–¡Eh! ¿Quieres una bicicleta?
El tipo iba montado en una vieja y oxidada bici sin cambio de marchas y con la pintura descascarada. Pero qué diablos, pensé.
–¿Cinco dólares? –le ofrecí.
Él asintió.
–Cinco dólares.
Saqué un billete de cinco dólares de la cartera y se lo di.
No dijo nada. En cuanto cerré las manos sobre el manillar, se fue por la Segunda Avenida. Ahora tenía 15 dólares menos y era dueño de una bicicleta oxidada y un Roland mojado.
La bici pesaba mucho, y tuve la impresión de que el óxido era lo único que impedía que se cayera a trozos; pero las ruedas estaban bien infladas, y parecía razonablemente robusta.

Me monté en ella y bajé por St. Mark’s con el Roland de diez dólares en el bolsillo de la chaqueta, sintiéndome liberado con mi nueva bici. Cuando llegué al Sin-é, apoyé la bici contra la pared y caí en la cuenta de que no tenía candado. ¿Me podrían prestar un cordel o una cuerda para atarla?
Entré en el local. Janet estaba en una esquina, ayudando a su novio a instalar su equipo.
–Ah, hola, Mo… –dijo–. Éste es Jeff.
–Hola, Jeff, encantado de conocerte –dije, estrechándole la mano–. Janet, ¿sabes si hay un trozo de cuerda por aquí? Me acabo de comprar una bici, y me gustaría atarla.
–¿Te has comprado una bici? ¿Es bonita?
–Me temo que no. Sólo tiene una marcha, y se está cayendo a pedazos.
Ella se metió detrás de la barra y preguntó a su amigo Karl si tenía una cuerda.
–Tengo que atar la bicicleta –le expliqué.
Karl rió.
–¿Crees que los drogatas se detendrían ante una cuerda?
Yo también reí.
–Bueno, si me la roban, sólo habré perdido cinco dólares.
Él miró en el interior de un cajón.

–No, no hay cuerda. Lo siento.
Yo eché un vistazo al local, por si veía algo que me pudiera servir. Junto a la entrada había un perchero y, sobre él, unas perchas de alambre. Cogí dos y las retorcí hasta convertirlas en un dispositivo antirrobo provisional. En el peor de los casos complicarían la vida al hipotético ladrón que se la quisiera llevar y yo tendría tiempo de salir y pedirle educadamente que no me robara mi bicicleta robada. La amarré a la parte delantera del Sin-é y, tras entrar de nuevo, me senté con Janet.
El café no estaba lleno; había unas quince personas, pero el humo de los cigarrillos llenaba el ambiente.
–Espero que tu novio sea bueno, porque aquí no se puede respirar –dije.
Ella sonrió.
–Bueno, yo prefiero respirar humo y estar con mis amigos que respirar aire puro y estar sola en casa.
–¿En serio? Pues yo no tengo nada contra estar solo y respirar bien.
Karl apagó el estéreo que estaba detrás de la barra, y todos dejamos de hablar. Jeff golpeó el micrófono un par de veces.
–Hola a todo el mundo –dijo, incómodo–. Me llamo Jeff Buckley. Gracias por haber venido. Empezó a tocar. Janet se quedó extasiada y subyugada. Me di cuenta de que todas las mujeres estaban extasiadas y subyugadas.
Jeff tenía buena voz, pero estaba nervioso y su interpretación fue apresurada y algo torpe. Cuando terminó la primera canción, todos aplaudimos y, cuando terminó la segunda, volvimos a aplaudir educadamente.
La tercera se llamaba «Hallelujah». Yo me giré hacia Janet y susurré: «¿Es suya? La conozco…». Ella me hizo callar, y me concentré en Jeff, que ya se había tranquilizado. Su guitarra calmaba, y su voz expandía y llenaba el local. De fondo, se oían los sonidos de la ciudad: la lluvia en las aceras y los bocinazos en la distancia; pero los quince de allí estábamos en una cueva llena de humo, escuchando a un chico extraño con un bello timbre vocal de campana. Estaba sentado en un taburete, con los ojos cerrados, y nos cantaba a nosotros, al techo y a sus ángeles ocultos.
Cuando terminó, silbamos y vitoreamos.

–«Hallelujah» es una canción de Leonard Cohen –dijo Janet–. Jeff la versiona.
–Pues es magnífica.
Jeff siguió tocando, y yo pregunté: «¿Cuánto tiempo lleváis juntos?». Ella me volvió a acallar, y yo me giré hacia la ventana. Un adicto estaba mirando mi bici y sopesando si la podía robar. No tuve más remedio que levantarme en mitad de la canción de Jeff.
–Eh, tío, esa bici es mía.
–Vale… Sólo la estaba mirando. Es un montón de mierda.
Yo reí, y él se asomó por la ventana del café.
–¿Qué sitio es éste?
–Un café irlandés.
–¿Tienen cerveza?
–No, no tienen.
–Pues qué coñazo.
El tipo se fue y yo me quedé un momento en la calle, protegiendo mi inversión de cinco dólares. Cuando volví al local, Jeff había empezado la quinta canción.
–Han intentado robarme la bici –le dije a Janet.
–Calla…
–También me he comprado una caja de ritmos.
Ella me miró con odio.
–Cierra la boca, Moby.
Jeff estaba tocando una de sus canciones, aún con los ojos cerrados. Tocaba de forma rara, pero su voz era buena y su rareza resultaba atractiva. Cuando terminó y llegaron los aplausos, comenté:

–Se parece al tipo de Beverly Hills, 90210.
Ella me ninguneó, intentando que me callara.
–O a James Dean –añadí.
Todos aplaudieron al final de la actuación. Algunos se acercaron a felicitar a Jeff mientras él recogía su equipo. Cada vez que lo felicitaban, sonreía y decía: «¡Gracias! ¡Muchas gracias por venir!».
–Has estado fantástico –le dije yo–. Cantas muy bien.
–Gracias, Moby –dijo en voz alta–. Janet me ha puesto canciones tuyas… son geniales.
–Oh, gracias… –Yo busqué algo que decir–. Mientras venía, me he comprado esta caja de ritmos…
–Guau –dijo él cuando le enseñé el tb-303–. Qué guay.
–No tiene midi, pero me ha costado cinco dólares. ¿Cómo lo iba a rechazar?
Él soltó una carcajada, algo más fuerte de la cuenta.
–Gracias por invitarme, Janet. Hablamos mañana –dije–.
Y encantado de conocerte, Jeff.
–Igualmente, Moby.
Me estrechó la mano, y yo salí y le quité los alambres de la bicicleta. Llovía mucho, y el viento era más intenso. Crucé St. Mark’s y bajé por la Avenida a, evitando charcos y cantando «Hallelujah» para mis adentros. Estaba pensando que Jeff tenía una voz muy bonita cuando un taxi se me cruzó en Houston. Yo frené, pero el firme estaba mojado y me estampé contra una de las portezuelas del coche.

Tras el estruendo, salí rebotado y terminé en el suelo, con la bicicleta encima. Me acababa de levantar cuando el taxista salió del vehículo y corrió hacia mí. «Qué considerado», pensé; «quiere ver si estoy bien».
–¿Qué coño haces? –gritó–. ¡Me has dado un golpe, puto gilipollas!
No, definitivamente, no estaba preocupado por mi salud.
–¡Has estado a punto de matarme! –protesté.
–¡Que te jodan! –Se pegó a mi cara y me empujó–. ¡Puto imbécil! ¡Me has dado un golpe!
Yo quise responder al empujón, pero se suponía que era pacifista. Además, no sabía pelear.
–A tu coche no le ha pasado nada…
Él se dio la vuelta y miró la portezuela, que no tenía ni un vulgar arañazo. Luego, volvió al taxi a regañadientes.
–¡Debería darte una paliza, cabrón! –gritó.
El conductor de otro taxi pitó un par de veces, instándolo a quitarse de en medio. Él miró a su colega con rabia y exclamó: «¡Vete a la puta mierda!». Luego, subió al coche y, tras dedicarme otro «¡Que te jodan!», salió disparado.
Yo llevé la bici hasta la acera. Aparentemente, no había sufrido ningún daño; debía de ser indestructible. Pero yo no era indestructible y, aunque creía que no me había pasado nada, me levanté las perneras. Tenía sangre y arañazos por todas partes. Con el chute de adrenalina, ni lo había notado.

Comprobé que la caja de ritmos estaba bien, y acto seguido, me subí a la bici y volví a casa por la acera. Mi corazón se había desbocado, y sólo quería localizar al taxista y dejarlo sin sentido con una barra de hierro. Pero era cristiano, y se suponía que los cristianos no pegaban palizas a nadie.
Al llegar a Mott, no supe dónde dejar la bicicleta. Pesaba demasiado para subirla al piso y, si la metía debajo de las escaleras, el encargado del edificio me mataría. Al final, la dejé en la entrada y subí corriendo para hablar con Lee y preguntarle si tenía un candado de bici.

–¿Qué tal te ha ido? –preguntó desde el futón, desde donde mantenía una conferencia telefónica con su novia, que estaba en Londres–. ¿Has conocido al novio de Janet?
Lee se había enamorado locamente de una mujer con la que había entablado amistad en el Max Fish, un bar nuevo de la calle Ludlow. Ella se acababa de mudar a Gran Bretaña, y él la llamaba todas las noches y se gastaba todo su dinero en conversaciones que no duraban menos de una hora.
–Ha estado bien. Parece un buen tipo –dije–. Me he comprado una bici y me ha atropellado un taxi. ¿Tienes un candado por ahí?
–¿Cómo?
–Que si tienes un candado.
–Sí, creo que sí, espera un momento.
Lee se despidió de su novia, entró en su habitación y regresó con una cadena y un candado viejo. Quiso interesarse porque yo salí corriendo escaleras abajo.
Pasé la cadena alrededor del árbol seco que estaba delante del edificio y eché el candado. En el Nueva York de 1991 no había nada más seguro para una bicicleta. Luego, volví a casa.

–¿Te ha atropellado un taxi? –preguntó Lee.
–Técnicamente, he sido yo quien se lo ha llevado por delante.
Pero la culpa ha sido suya. Se me ha atravesado –contesté–.
Me gustaría encontrarlo y darle una paliza.
–Ja… –dijo–. Pero ¿cómo es el novio de Janet?
–Se llama Jeff Buckley y canta folk. Un buen tipo, aunque algo extraño.
–¿Es familia de Tim Buckley?
–Lo dudo, aunque estaría bien.
–¿No es Tim Buckley el autor de «Song to the Siren», de This Mortal Coil?
–Eso creo.

Entré en mi habitación y me asomé por la ventana. La bicicleta había desaparecido. Me eché a reír y corrí a la calle, con Lee pisándome los talones.
En los cinco minutos que había durado nuestra conversación, alguien había arrancado el árbol seco y había robado la bicicleta, la cadena y el candado de Lee, que seguramente costaban más que la bici. El árbol estaba tirado en el suelo.
–Pensaba que los adictos al crack eran unos debiluchos –dije.
–¿Quieres que vayamos a la Segunda con la Séptima y la compremos otra vez? –No, ha pasado lo que tenía que pasar. Los dioses del crack se la han llevado.
Tras volver al piso, llamé a Janet y le dejé un mensaje en el contestador.
–Gracias por invitarme al Sin-é. Tú novio me ha caído bien, y su voz me ha gustado mucho. Ah… me ha atropellado un taxi de camino a casa; pero no te preocupes, no estoy muerto. Gracias de nuevo.

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