Al utilizar este servicio y el contenido relacionado, aceptas el uso de cookies para análisis, contenido personalizado y publicidad.
Estás usando una versión más antigua del explorador. Usa una versión compatible para obtener la mejor experiencia en MSN.

Moby

Notodo Notodo 18/11/2016 Rocio Alvarez
Imagen principal del artículo "Moby" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Moby"

PARTE 1
LA OSCURA MECA, 1989-1990

TREINTA METROS CUADRADOS

Los gallos dejaron de cantar a las siete de la mañana.
Había cuatro tipos de sonidos recurrentes en la fábrica abandonada donde yo vivía, dos kilómetros al sur de la estación de ferrocarril de Stamford:
1. Tiroteos. Los camellos de crack se disparaban entre ellos con regularidad. Solían empezar tras la puesta de sol.
2. Gospel amplificado. Todos los fines de semana, las iglesias dominicana y jamaicana improvisadas en locales comerciales instalaban grandes carpas donde se reunían para expulsar a los camellos del vecindario.
3. Public Enemy. O epmd. O Rob Base y dj E-Z Rock. Cada quince minutos, pasaba un coche con «Fight the Power» o «It Takes Two» a toda mecha.
4. Gallos. Todos los que vivían frente a la fábrica abandonada tenían gallos en los patios, que empezaban a cantar alrededor de las cuatro de la madrugada, justo cuando yo me acostaba. Si necesitaba dormir, encendía la vieja radio que tenía junto a la cama y la ponía entre emisoras. La estática apenas alcanzaba a enmascarar el staccato matinal de los gallos cargados de testosterona.

Yo llevaba dos años en la fábrica abandonada, y me gustaba mucho. Era un complejo de veinte o treinta edificios de ladrillo que, en el siglo xix, había sido una gigantesca fábrica de cerraduras. Ahora, en 1989, sólo era una masa oscura e imponente en un barrio famoso por tener el mayor índice de asesinatos de Nueva Inglaterra. Diez años antes, un promotor inmobiliario había comprado el complejo, había instalado una verja y contratado a guardias de seguridad para que lo vigilaran.

Algunos guardias se ganaban un sobresueldo mediante el procedimiento de cobrar cincuenta dólares mensuales a los okupas que vivían o trabajaban ilegalmente allí. Yo ganaba unos cinco mil al año, así que el «impuesto okupa» de cincuenta dólares mensuales estaba dentro de mi presupuesto. El sitio donde vivía era pequeño; estaba emparedado entre una productora de porno gay y el loft de un artista, pero era mío: treinta metros cuadrados de fábrica abandonada donde podía vivir y trabajar mientras los guardias aceptaran sus cincuenta dólares e hicieran la vista gorda.

Las paredes eran placas de madera contrachapada, que parecían un edredón de lana marrón y que, en verano, olían como el contenedor del que Paul y yo las habíamos sacado.
Paul y yo habíamos coincidido en el instituto de Darien, donde nos habíamos hecho amigos porque los dos adorábamos la ciencia ficción y porque éramos los únicos chicos pobres de Darien (Connecticut). El apartamento tenía una bella y sólida puerta que habíamos rescatado de una casa abandonada, cerca de la Carretera 7, en Norwalk, y una ancha y preciosa alfombra de color marfil que cubría enteramente el suelo. La alfombra procedía del garaje de los padres de un amigo; yo la había cogido sin pedir permiso, pero me dije que no tenía nada de malo porque, si alguna vez la echaban de menos, se la devolvería. No la limpié ni una sola vez, pero siempre estuvo asombrosamente impoluta.
Yo tenía un pupitre marrón donde estaban mi teclado Casio, mi secuenciador y caja de ritmos Alesis, mi mesa de mezclas tascam de cuatro canales y un sámpler malísimo de Yamaha. No tenía dinero para comprar altavoces, así que lo oía todo a través de unos cascos Radio Shack. Me hacía la comida en una tostadora y en un hornillo eléctrico de un solo quemador. Pero era feliz. Adoraba los desvencijados ladrillos; adoraba los olores industriales que se habían acumulado en la vieja fábrica durante cien años y adoraba la enorme ventana que daba al sur, dejando entrar la pálida luz del invierno y la abrasadora y feroz luz del verano.


El complejo se extendía por un terreno de alrededor de treinta hectáreas. Era descomunal, y yo no sabía cuánta gente vivía en él; pero, aunque sólo ocupaba treinta de los trescientos mil metros cuadrados, tenía acceso a todo el lugar. Me montaba en la moto de mi amigo Jamie y recorría sus salas vacías, jugando a veces a «bolos en moto», es decir, a poner botellas en el extremo de una sala e intentar derribarlas con las ruedas. Si me aburría, salía a explorar. Encontraba bombonas viejas de propano, toneles de productos químicos industriales, llaves inglesas tan grandes como oxidadas, bobinas de cable de acero y alguna paloma muerta.

Mis amigos y parientes se quedaban horrorizados cuando pasaban por allí. Mi tía Anne se presentó un día con mi primo Ben, que entonces tenía cinco años y, tras quedarse plantado en la puerta de mi pequeño apartamento, dijo: «Esto es horrible». Yo olía como un sintecho porque, a pesar de ser casi un arrendatario, era un sintecho de facto. No tenía agua corriente ni cuarto de baño ni calefacción, pero tenía lo único que necesitaba para hacer música: electricidad gratis.

Cuando necesitaba mear, usaba una botella vacía. Y, como no había servicio, sólo me duchaba una vez a la semana… si iba de visita a casa de mi madre o a la residencia de estudiantes donde vivía mi novia. En general, apestaba. Pero dejé de preocuparme por eso, porque adoraba todo lo relacionado con mi vida en la vieja fábrica.

Bueno, no todo. No me gustaba llevar varios años de carrera musical y seguir en una localidad pequeña, a sesenta y cinco kilómetros de Nueva York. No me gustaba que ningún sello discográfico hubiera mostrado interés por mi música electrónica ni que los únicos conciertos que diera fueran para mi novia. Pero, excepto por mis deseos de vivir y hacer música en el Bajo Manhattan, la fábrica abandonada me parecía perfecta.

Normalmente, me levantaba alrededor del mediodía, me preparaba unas gachas en el hornillo, leía la Biblia y mezclaba música. Si quería desconectar, cogía el monopatín y bajaba y subía por los largos y vacíos corredores de la fábrica o me acercaba a la tienda dominicana, donde podía comprar pasas y copos de avena.

Aquel día, sin embargo, me encaminé hacia Nueva York, mi oscura meca. Había varias formas de llegar. A veces me subía a mi motocicleta vieja y me acercaba a Darien, hasta la casa de mi madre, para coger prestado su desvencijado Chevy Chevette. En esas ocasiones, tomaba la carretera que me había enseñado mi abuelo cuando yo tenía ocho años; era una forma de entrar en la ciudad sin pagar peaje, pero implicaba pasar por las zonas con más drogas y delincuencia de Nueva York.

Otras veces, encontraba a gente que se dirigía a la ciudad e iba con ellos; pero, en general, tomaba el metro North, un tren de cercanías que conectaba el centro y los suburbios. Me pasé toda la adolescencia en aquel tren, huyendo de Connecticut en dirección a Manhattan. Mis amigos punk y yo nos poníamos nuestras mejores camisetas punks y nos largábamos a la ciudad, con la esperanza de que los auténticos punks se fijaran en nosotros y aprobaran nuestras camisetas de Black Flag y Black Brain. Salíamos por la mañana hacia Grand Central y nos sentábamos junto a adormilados hombres blancos de negocios; volvíamos a casa de noche y nos sentábamos junto a esos mismos hombres, que entonces estaban agotados y borrachos.

Si la policía andaba por la fábrica, saltaba por cualquiera de las enormes ventanas de acero y cristal para que no me vieran. Pero aquel día no había policía; sólo un camión que iba calle abajo, así que salí por la puerta de atrás. Hacía frío, y me encogí. No era un frío seco, sino uno húmedo que se te metía en los huesos y volvía pesados los calcetines. La lluvia helada había borrado los restos de la nevada que había caído tres días antes, cubriendo el suelo con una capa prístina y angelical.

Caminé bajo el cielo gris y crucé el horadado y agrietado asfalto del aparcamiento, buscando mis pasos entre un laberinto de charcos. Cuando llegué a la valla metálica, salí por el agujero que estaba en la esquina y me dirigí a la estación de ferrocarril de Stamford. Por el camino, pasé por delante de los locales de varias iglesias, con sus carteles pintados a mano; de una tienda de ultramarinos con plexiglás a prueba de balas y una oferta especial de cerveza Schlitz; del Cavalier Pool Hall y de algunos edificios tapiados y abandonados. Al cabo de unos minutos, mis manos y mis pies parecían témpanos. Las pocas personas que había en la calle parecían sintecho o asustadas, y alucinaban con el jovencito blanco y mal vestido que cruzaba su barrio.

El tren a Grand Central no salía hasta media hora después, así que entré en el Cavalier Pool Hall con intención de jugar. El establecimiento estaba oscuro, con unas cuantas luces tenues sobre las cinco mesas de billar; pero la escasa iluminación no disimulaba el estado de los tapetes, llenos de manchas y quemaduras tras muchas décadas de brasas de cigarrillos y bebidas derramadas. Además de mí, sólo había un jugador y el tipo del fondo, que te cobraba un dólar cincuenta por partida de billar, taco incluido. Yo pasaba con bastante frecuencia de camino a la estación. Era un jugador mediocre, pero me consolaba pensando que, si fuera bueno, ganaría enseguida y me aburriría. Evitar la excelencia tiene su utilidad. En eso y en otras muchas cosas.

El salón siempre estaba lleno de humo. A mí no me sorprendía, porque trabajaba en bares donde todo el mundo fumaba e iba a restaurantes donde todo el mundo fumaba. Y, a pesar de que yo no era fumador y de que sólo había dos personas más en el billar, me parecía normal que estuviera lleno de humo. Por lo demás, nunca hablaba ni con los otros jugadores ni con el tipo que se encargaba de las bolas y los tacos. Tenía la esperanza de que algún día me dijeran «¿Qué tal te va?» o me hicieran una leve inclinación de cabeza, pero se limitaban a tolerarme; quizá, porque los únicos blancos que pasaban por allí eran chicos que iban a comprar crack y heroína. La situación no podía ser más irónica. Yo no me metía nada, pero me creían parte del problema: otro drogadicto blanco que estropeaba su barrio. Al cabo de un tiempo, se dieron cuenta de que sólo era un vecino y, aunque no sirvió para que me dedicaran asentimientos amistosos, dejaron de mirarme de forma hostil.

Jugué y terminé la partida, esperando que alguno de los dos se hubiera fijado en mí y hubiera pensado que era mejor jugador de lo que era. En las raras ocasiones en las que metía una bola particularmente difícil o daba un golpe satisfactoriamente sonoro, alzaba la cabeza para ver si alguien lo había notado, pero no miraban nunca. En tanto que chico blanco y esquelético, yo era una anomalía. Sin embargo, no era tan interesante como para merecer su atención.

Me encogí de hombros bajo mi abrigo de segunda mano, que ahora olía a oveja mojada y humo de cigarrillos, y recorrí los cien metros que me separaban de la estación. Pasé por delante de una de las iglesias, que estaba en plena misa. Oí panderetas, un órgano eléctrico y las voces de un coro. Algunos domingos, cuando las iglesias estaban llenas, pasaba por alguna y me sentaba al fondo; o cuando hacía buen tiempo y todas tenían las puertas abiertas. Bajaba por la calle y disfrutaba de sus preciosos sonidos de Torre de Babel, compitiendo entre ellas con todas las versiones posibles del góspel. Las iglesias puertorriqueñas estaban junto a las abisinias, pegadas a las evangélicas, a las pentecostales y a cualquier otra marca religiosa que pudiera justificar el alquiler de un local y tuviera dinero para comprar unas sillas de plástico. Si me quedaba demasiado tiempo, la gente se empezaba a incomodar; así que, en general, me contentaba con quedarme fuera, junto a la puerta, y oír los coros y los órganos Casio.


Cuando subí al tren, me fui inmediatamente al aseo. En el instituto había aprendido que, si te metías en él, te podías ahorrar los cinco dólares del viaje. Aquel día iba a Nueva York a entregar una casete con un mix de dj en un club que acababa de abrir. Me lo había dicho mi novia, Janet, con quien llevaba saliendo unos cuantos meses. Janet se había dedicado a criar caballos de monta en Greenwich (Connecticut), pero ahora vivía en la residencia universitaria de Columbia (estaba en el segundo año de la carrera) y tenía un contrato de prácticas en la revista Interview. Se parecía a la Katharine Hepburn de la época de Historias de Filadelfia, pero sus héroes eran los columnistas de Paper y Village Voice, y estaba obsesionada con las galerías y los clubes nocturnos.

Uno de los periodistas de Interview le había dicho que en un local nuevo, llamado Mars, estaban contratando gente y que, si me daba prisa, les podría llevar una cinta. Así que allí estaba yo, con una casete de sesenta minutos en el agujereado bolsillo de mi abrigo mojado. En una cara, había grabado mis mejores mezclas hip hop y en la otra, música house. Le había dedicado varios días de trabajo. Había mezclado ritmos en mi grabadora de cuatro pistas y les había agregado voces a capella sacadas de singles poco conocidos de música disco y hip hop. Y, como no quería parecer un sintecho, me había puesto mi mejor ropa de club bajo el abrigo: un jersey de cuello alto, unos vaqueros y unos zapatos de vestir, todo de color negro y todo sacado de Goodwill y del Ejército de Salvación.

Estuve sentado cuarenta y cinco minutos en el aseo del tren, tragándome el olor a pis y a desinfectante y mirando el dibujo que mi amigo Jamie había hecho para la carátula de la cinta. ¿Era suficientemente guay? ¿Era guay? Me había diseñado una especie de logo, con complejos trazos de grafiti y bordes dentados. Jamie era un aspirante a grafitero, pero también era un chico blanco de Norwalk que estudiaba contabilidad en la Universidad de Connecticut. ¿Lo sabría alguien más? Quizá fuera guay. Yo no tenía ni idea.
Yo había enviado cintas parecidas a un promotor radiofónico de California. Había visto un anuncio en una revista de dj que decía así: «Buscamos mezclas para una emisora de redifusión nacional». Llamé al número del anuncio y hablé con un tipo malhumorado de Oakland, con los berridos de un bebé como trasfondo. Me dijo que podía poner mis cintas en la radio, así que le empecé a enviar mezclas de hip hop de treinta minutos. No me había pagado nada, y yo ni siquiera sabía si las estaba emitiendo; pero se las enviaba de todas formas, con la esperanza de que alguien, en alguna parte, las oyera.

Cuando el tren llegó a Grand Central, salí del aseo, me abrí paso entre la gente que llenaba el vasto espacio de la estación y bajé al metro. Quince minutos más tarde, tras haberme saltado dos torniquetes, iba corriendo por las aceras llenas de sangre de animal de la calle 14, a la altura del Meatpacking District. Llegué a Mars sin aliento, pero con ilusión y entusiasmo.
El club estaba en un enorme, sucio e imponente almacén abandonado. Lo había alquilado un empresario de hostelería llamado Rudolph, con la intención de convertirlo en el mayor y mejor club nocturno del mundo. Desde la fachada se veían la West Side Highway, algunos establecimientos de sexo y bondage y el gris pizarra del río Hudson. En el Meatpacking District no había bares ni restaurantes, pero en la entrada del club se había formado una cola de cientos de neoyorquinos modernos que buscaban trabajo. Yo me puse en ella con mi ropa negra, cruzando los dedos para que nadie se diera cuenta de que, en realidad, no era más que un pequeño chico blanco mal vestido que vivía en una fábrica abandonada de Connecticut.

Una hora después, llegué a la entrada. En el vestíbulo del club había una mesa plegable, con tres personas sentadas detrás.
Tenían papeles en la mano, y uno me preguntó:
–¿Qué solicitud quieres? ¿De ayudante de camarero, barman, seguridad?
–Yo… ¿Tenéis solicitudes de dj?
Los tres se quedaron en silencio y, acto seguido, rompieron a reír.
–No, no tenemos –contestó la única mujer con desconcertante tranquilidad. Era una negra preciosa, que llevaba un largo abrigo negro sobre una camiseta desgastada de los New York Dolls–. Yuki ya ha contratado a los dj.
–Oh, vaya… ¿Os puedo dejar una cinta? Hay música house en una cara y hip hop en la otra. ¿Se la podríais dar a la persona que los contrata?

Ella me miró con pena, pero aceptó la cinta antes de girarse hacia la siguiente persona de la cola. Yo me quedé inmóvil, helado.
–Bueno, gracias –acerté a decir–. Adiós…
Me alejé a toda prisa y me dirigí a la cabina de la esquina para llamar a Janet. Estaba rota, así que fui a la más cercana, a una manzana de distancia; pero también estaba rota. Tenía frío, el cielo era una mole pesada y oscura y yo me había humillado delante de una preciosa y elegante mujer en lo que iba a ser el mejor club del planeta. Había cometido la temeridad de creer que podía trabajar en Mars. Era un imbécil. Y ahora estaba en un charco de lluvia y sangre de animal, mirando una cabina destrozada.

Tenía unos cuantos dólares, así que decidí ir a la tienda de comida sana que estaba en la esquina de la calle 13 y la Octava Avenida. Había salido de la fábrica y viajado a la ciudad con la ilusión de ser por fin un dj de Nueva York, y ahora caminaba bajo la lluvia, con los hombros encogidos, para comprarle comida a unos hippies. Compré leche de soja y pan integral y me salté el torniquete de la línea f, pensando que f era la inicial perfecta para mi fracasado viaje a Nueva York. Luego, me bajé en la calle 42, cogí el tren a Grand Central y pagué el billete hasta Stamford porque no me apetecía sentarme en el aseo. Durante el trayecto, me comí el pan y me bebí la leche mientras miraba el South Bronx a través de las rayadas ventanillas y leía el ejemplar del New York Rocker que alguien se había dejado en el asiento.



Los grupos del New York Rocker tenían contratos con discográficas, daban conciertos, concedían entrevistas y sacaban discos. La gente miraba sus fotos. La gente oía sus canciones. Eran todo lo que yo soñaba. Quería trabajar para un público de verdad y pinchar discos en abarrotadas y oscuras salas neoyorquinas.

Pero sólo era un sintecho de veintitrés años; un artista de música electrónica con dos únicas fuentes de ingresos profesionales: las actuaciones de los lunes en un minúsculo bar de Port Chester (Nueva York) y las de los sábados por la noche, en un club para todas las edades que tenía su sede en una iglesia de Greenwich.

Estaba diluviando cuando llegué a Stamford, así que volví a la fábrica a toda prisa. Caminé por uno de los largos pasillos, me dirigí a mi apartamento y llamé a Janet. Aún no podía creer que me hubieran dado un teléfono. Cuando me mudé a la fábrica, llamé a la compañía telefónica y les pedí uno.

Al día siguiente, mandaron a un hombre; y cinco minutos después de que llegara, ya tenía un teléfono activado. No me preguntó si vivía ilegalmente en aquel lugar; se limitó a poner unos cables y a instalar la conexión. Cuando se fue, estuve a punto de pedirle que me diera su nombre para ponérselo al primer hijo que tuviera.
–¿Qué tal te ha ido? –dijo Janet con entusiasmo–. ¿Te han contratado?
–Bueno, había mucha gente en la cola, y todos buscaban trabajo. Pero le dejé la cinta a una mujer del club.
–¡Genial! ¿Cómo te sientes?
–Bien –mentí.

Hablamos unos minutos, quedamos en ir a la iglesia el domingo y colgamos.
Yo había hecho todo lo posible para que me contrataran en Mars. Había ido a Nueva York bajo la lluvia y les había dejado la cinta con el diseño grafitero de un estudiante de Contabilidad.
Ahora estaba en manos de Dios. La situación, no la cinta, porque daba por sentado que la habrían tirado a la basura o que alguien la usaría para su contestador automático.
Como no podía hacer nada, hice lo de siempre: encender mis equipos y trabajar. Hice música ambient house hasta medianoche, momento en el cual me quité los cascos y lo apagué todo. Después, me preparé unas gachas y me puse a leer un castigado libro de Star Trek en edición de bolsillo mientras oía una casete de Debussy.
Sentado allí, con los motores de la nave a plena potencia y la lluvia golpeando los enormes ventanales de la fábrica, era feliz. Estaba sucio y apestaba; vivía en una fábrica abandonada, en un barrio repleto de crack, y mi día había sido intensamente decepcionante. Pero estaba tranquilo y era feliz.

A las cuatro de la madrugada, me metí en el catre y me quedé dormido con el sonido de la lluvia. Por la mañana ya no llovía, aunque hacía frío y el cielo estaba cubierto. Me hice otras gachas en el hornillo y fui a mi tienda habitual a comprar almendras y una naranja. Las almendras y las naranjas eran lujos para mí, pero el día anterior había sido difícil y necesitaba darme un capricho. Luego, me di cuenta de que me estaba quedando sin agua; así que, después de desayunar, bajé a la calle y me acerqué a la tienda, donde compré un par de botellas grandes. Al volver a la fábrica, me fijé en los enormes montones de tierra que había en el aparcamiento; los habían dejado allí con la intención de empezar una obra, y se habían convertido en simples montañas de barro.

Ya en el estudio, vi que alguien me había dejado un mensaje en el contestador. Pulsé el «Play», la casete rebobinó y, acto seguido, oí el mejor mensaje de toda la historia de los contestadores automáticos.
–Hola, soy Yuki Watanabe, del club Mars. Estoy buscando a dj Moby. He oído su cinta, y me gustaría hablar con él.
Yo me quedé helado. Puse la cinta otra vez. Y otra.
Alguien llamado Yuki, con fuerte acento japonés, había oído mi cinta. Y esa misma persona estaba interesada en contratarme.
Escuché el mensaje una vez más, para asegurarme de que no lo había soñado. Y lo volví a escuchar. Y, como aún no me lo creía, repetí la operación.
Por fin, levanté el auricular del teléfono. Estaba aterrorizado.
Tenía que hablar con el tal Yuki y encontrar la forma de convencerlo para que me diera un trabajo en el club Mars.
Pero sólo se me ocurría una cosa: pedírselo por favor. Era lo único que podía decir. Por favor.
Sostuve el auricular con una mano sudorosa y marqué el número.

–Hola, soy Yuki Watanabe –dijo lentamente.
–Hola, soy dj Moby –dije yo, hablando deprisa–. ¿Querías hablar conmigo?
–Sí, he oído la cinta. Es muy interesante. ¿Podrías trabajar el viernes por la noche?
–Sí, sí… claro que puedo.
–En ese caso, tocarás en el sótano. De diez de la noche a cuatro de la madrugada. Serán cien dólares.
–¡Gracias! Nos vemos el viernes.
–Vale, dj Moby.

Colgué y me acordé de Walker Percy. Hay una escena en su novela El cinéfilo donde el protagonista está en un museo después de haber sufrido un accidente. Al ver un haz de sol, se fija en las motas que flotan en él y tiene un momento de revelación.
Mi vida también había cambiado, y de un modo que no alcanzaba a imaginar. Hasta pude ver motas de polvo en la luz invernal que atravesaba los enormes ventanales.
Me senté en la alfombra, sin soltar el teléfono. Mis neuronas giraban y giraban como los átomos en un documental científico de la pbs. ¿Había ocurrido de verdad? ¿O estaba alucinando? ¿Me habría dañado el cerebro alguna emanación tóxica de la fábrica? Volví a oír el mensaje del contestador. Era verdad. Me acababan de contratar para que actuara en el sótano del club más guay del planeta.

Me sentí como si el mundo se hubiera evaporado. Ya no veía ni el teléfono ni la fábrica abandonada ni el cielo detrás de los cristales. Sólo veía el sótano del Mars. Imaginé una sala pintada de negro, con techos bajos y un sistema de sonido perfecto. Un lugar oscuro, lleno de gente demoníacamente guay. Yo me subiría a la cabina de los dj y pondría hip hop y house. Llamé a Janet. No estaba en casa, pero saltó el contestador.

–Janet, no vas a creerte lo que me ha pasado. Me ha llamado Yuki, del club Mars. Voy a pinchar el viernes por la noche.
No me lo puedo creer, no me lo puedo creer… ¡Llámame! No me lo puedo creer… –dije, y colgué. Pero tenía que dar gracias a Dios, así que me arrodillé en la alfombra robada y susurré–: Gracias, Dios, gracias. Sólo eso… Gracias.

Gestión anuncios
Gestión anuncios

Más de Notodo

image beaconimage beaconimage beacon