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Muere Antonio Isasi-Isasmendi, el gran cineasta al que no estaba bien visto admirar

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 29/09/2017 Jordi Costa
El director Antonio Isasi-Isasmendi, en la Filmoteca de Barcelona en septiembre de 2015. © GIANLUCA BATTISTA El director Antonio Isasi-Isasmendi, en la Filmoteca de Barcelona en septiembre de 2015.

Recordaba Jesús Franco que, durante el rodaje de Campanadas a medianoche (1965), Orson Welles le confió que las películas españolas que realmente le gustaban eran las de Antonio Isasi-Isasmendi, pero que eso no se podía decir en voz muy alta si querías que en este país te tomaran en serio. Quizá todo era una fabulación por parte del director de Vampyros Lesbos (1971), pero lo cierto es que encaja a la perfección con lo que podía esperarse de un cineasta tan inclasificable como Welles, afín a las emociones y mitologías del cine de género y, también, hábil prestidigitador de la imagen capaz de transformar cualquier espacio con las estrategias posibilistas de guerrilla de un creador de serie B. Cuando Welles estaba en nuestro país articulando la brillante síntesis shakespeariana de Campanadas a medianoche, el madrileño Antonio Isasi-Isasmendi, nacido el 22 de marzo de 1927 y fallecido ayer a los 90 años, estaba precisamente consolidando una nueva etapa en su carrera, orientada a la expansión internacional, con Estambul 65 (1965), una co-producción hispano-franco-italiana, protagonizada por Horst Buchholz, que casi alcanzó los tres millones de espectadores en nuestro país.

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Antes de ese destacado punto de inflexión en su trayectoria, Isasi-Isasmendi había tenido tiempo de pulir un cine que se miraba en modelos americanos para desarrollar un sentido de la narración económico y dinámico, tan sustentado en el riguroso manejo del montaje –especialidad que el cineasta dominaba a la perfección- como en el tono de bienhumorada sofisticación que imprimían al conjunto tanto los diálogos como una dirección de actores más orientada a la ligereza que a la enfática intensidad. Buen ejemplo de ello fue una película como La mentira tiene cabellos rojos (1962), quizá un título menor en su carrera, pero también un delicioso juguete de suspense de inspiración hitchcockiana donde Arturo Fernández tomaba el lugar de James Stewart.

Guionista y montador de una película tan relevante en el ámbito del cine policiaco barcelonés de los 50 como Apartado de Correos 1.001 (1950) de Julio Salvador, Isasi-Isasmendi debutó como director adscribiéndose a esa misma filiación estética en Relato policiaco (1954), para transitar más tarde diversos registros de lo popular –de las aventuras juveniles (La huida, 1956) al western bandolero (Diego Corrientes, 1959), pasando por coyunturales cantos heroicos bajo la sombra del terror rojo (Rapsodia de sangre, 1958)-, antes de cerrar su primera etapa como director con una propuesta a contracorriente que, en su día, devino molesta para el poder franquista de puro civilizada: Tierra de todos (1962) fue la primera aproximación cinematográfica a la Guerra Civil español que trataba de igual a igual, bajo la misma mirada humanista, a dos combatientes de los bandos enfrentados unidos en una aventura de supervivencia.

Lejos de conformarse con sobrevivir en las zonas marginales del cine de co-producciones para salas de barrio y programa doble, Isasi-Isasmendi aspiró alto a partir de La máscara de Scaramouche (1963), su décimo largometraje: el cineasta y productor quiso conquistar mercados internacionales sin entrar por la puerta de atrás, con trabajos que lograban simular unos planteamientos de producción más ambiciosos que los que tenían y que, sobre todo, derrochaban sentido lúdico, humor y pasión por las mitologías populares del cine de acción –eran los años de máxima influencia del modelo 007- sin atisbo de despreocupación por el material de partida o condescendencia hacia el público. El paso del tiempo les ha sentado muy bien a películas como Estambul 65, Las Vegas 500 millones (1968), Un verano para matar (1972) y El perro (1977), que, en su momento, lograron desembarcar en territorio americano con un gran número de copias y que hoy permiten entender por qué Isasi-Isasmendi no sólo fue el director español que Orson Welles admiraba en secreto, sino por qué sigue siendo objeto confeso de admiración para un cinéfilo tan omnívoro como Quentin Tarantino. Uno de los temas de la banda sonora de Un verano para matar, película que convertía en mítica localización el madrileño edificio Torres Blancas, se escuchaba en su Kill Bill, Volumen 2 (2004).

Padre de la actriz Maria Isasi, fruto de su matrimonio con Marisa Paredes, Isasi-Isasmendi supo sortear, a fuerza de criterio, autoridad y buen gusto, esa sospecha que planeaba sobre los directores de cine en co-producción a lo largo de las décadas de los 60 y 70: tener que conformarse con el material de derribo de actores internacionales de capa caída. Sus repartos, con presencias como las de Raf Vallone, Karl Malden, Lea Massari, Elke Sommer, Olivia Hussey y Jack Palance, siempre lucieron como un banquete suntuoso al servicio de la aventura y el preciso golpe de efecto. En su carrera figura, también, una de las películas más secretas e insólitas del cine español: el documental Rafael en Raphael (1975), implacable disección del mito narcisista del cantante de Linares que fue retirada de circulación a pocos días de su estreno. El propio Raphael había participado en la producción y se había sentido traicionado por su reflejo en pantalla. Una adaptación de El aire de un crimen (1988) de Juan Benet puso prematuro término a una de las filmografías más singulares de nuestro cine. Sus libros autobiográficos Memorias tras la cámara y Los años grises le sirvieron, en los últimos años, para recapitular su intensa y fértil trayectoria profesional y vital.

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