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Mujer vampira vs. mujer solitaria

El Mundo El Mundo 31/05/2014 HERRAIZ & ALSEDO

Un odio antiguo en la inmortal Roma llevó a un conde a engañar a un barón alemán. Un día el conde encontró unas ruinas a las afueras de la ciudad, que le condujeron a unos corredores oscuros y terminaban en un pozo profundo, de paredes lisas. Una trampa insalvable, protegida por una baranda débil y quebradiza.

Al día siguiente le confesó a su archienemigo, muy agitado, que había soñado con él. Le describió las ruinas, y le dijo que en su sueño él gritaba al barón que no se acercara, que diera media vuelta, aunque él no le hizo caso. Días después, en un paseo a caballo que parecía casual rondaron el lugar siniestro; el conde simuló un malestar repentino y le pidió al barón que regresaran inmediatamente. Así lo hicieron. Al día siguiente el barón desapareció.

«¿Fue éste un asesinato?», se preguntaba Robert Louis Stevenson al terminar La puerta y el pino, este relato de apenas tres páginas.

120 años más tarde, dos mujeres se conocieron en Madrid. Una era una mujer solitaria, taciturna, deprimida por la muerte de su madre. Trabajaba en el hospital Clínico. La otra bien podía pasar por esa vecina que se cruza todo el mundo en el mercado, en el portal, en la peluquería. Sesentona, anodina, de aspecto descuidado, el pelo mal teñido, algo gruesa, vestida con ropa rara, aunque no llamativa.

Esta segunda mujer también era solitaria, aunque de otro modo; la suya parecía una soledad elegida, una renuncia a un marido y unos hijos. Mientras que la de la primera era una cuestión de timidez, de decisiones erróneas en momentos vitales, de mala suerte.

La primera, hundida, se refugia en la segunda. Y da la casualidad de que la segunda es vidente. Ha leído algunos libros de ocultismo y tarot, se sabe los nombres de los horóscopos y se enriquece echando cartas.

La primera, más allá de su trabajo en el hospital, apenas tiene vida. Seguramente ha pasado muchas noches en vela contemplando a los oráculos de la madrugada, recibiendo una llamada tras otra en su teléfono de pago. Cómo conoció a la vidente es un misterio. Sus familiares, compañeros de trabajo y pocos amigos cada vez la veían menos, y ella pasaba más y más horas con la vidente. Su mejor amiga, parecía. La mujer que la captó. Una vampira.

La vidente absorbió a la mujer solitaria. La una empezó a pagar a la otra, incluso quería poner sus bienes a su nombre. Fue la vidente la única persona en la que encontró consuelo tras la muerte de su madre.

Halló en ella a una hermana, a una confidente, a una amiga, quizá a una nueva figura materna en la que cobijar su timidez y desventura. Por fin se fueron a pasar las navidades juntas a Canarias. El hotel, el vuelo, la manutención, por supuesto, los pagaba la mujer solitaria. No quería perder a su amiga por las nimiedades del dinero.

Llegó el fin de año, y luego el Año Nuevo. Día de check out en el hotel. Sólo la vidente hizo las maletas. No dio explicaciones, devolvió la llave y se marchó como si tal cosa. Regresó a Madrid en el avión, sin remordimiento aparente. Actuaba como si lo normal fuera irse con una amiga de vacaciones y volver sin ella.

La familia denunció la desaparición de la mujer solitaria, y unos días más tarde recibieron la noticia: estaba muerta. Coincidía con el cadáver encontrado al pie de un acantilado canario, recién inaugurado el nuevo año.

¿La empujaron, se cayó, se tiró? Parece que no hay duda de su salto voluntario al abismo, porque un testigo la vio lanzando besos al cielo, como si se despidiera de la vida o le estuviera diciendo a su madre que esperara, que enseguida iban a estar juntas.

La vidente fue detenida por la Policía. Estafa, inducción al suicidio, algún delito más.

La familia contrató a una detective, que apenas pudo conseguir pruebas para un juicio.

El juzgado de instrucción, pocos meses después, archivó el caso. Por eso no hay nombres en este artículo.

No se sabe de qué hablaron durante el viaje, ni qué conversaciones sobre la vida y la muerte mantuvieron durante sus largos meses de amistad. El hermetismo de su relación impidió saberlo. A una persona vulnerable es fácil convencerla de muchas cosas.

¿Fue éste un asesinato?

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