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Mujeres, madres y reinas

El Mundo El Mundo 19/06/2014 LUCÍA MÉNDEZ

No se puede quejar Don Juan Carlos de las despedidas llenas de lágrimas, aplausos, lamentos y ditirambos que le han regalado los suyos. La Transición se reivindica a sí misma en la persona del Monarca que la impulsó. Quien sí podría quejarse -aunque no lo hará porque la educaron para aguantar- es la Reina. Casi nadie le ha hecho ni caso en estos días. Aunque ella también ha abdicado. Ya no será la Reina de España. Y no por voluntad propia, sino porque su vida ha estado encadenada a la de su marido. Si el marido decide abdicar el trono, ella tiene que ir detrás. Doña Sofía se conserva estupendamente para la edad que tiene. Es más, en los últimos años ella ha experimentado como un rejuvenecimiento, mientras que el aspecto de su marido iba empeorando y su cuerpo encorvándose con tantos achaques y operaciones. Toda una metáfora. Mientras los españoles -según las encuestas- dejaban de querer al Rey como algún día le quisieron, a la Reina la seguían queriendo igual. Tal vez incluso un poco más cuando trascendió al gran público que la Familia Real no era precisamente una familia feliz. Sin moverse de su sitio, sin perder la sonrisa y sin presumir de nada, va siendo hora de que alguien diga que la Reina Sofía -creo que es ese el tratamiento que mantiene- ha sido el principal sostén de la Monarquía en los penosos años que ha vivido la institución y que han desembocado en la renuncia del hoy ya ex jefe del Estado. Sin ella, sin la dignidad con la que ha vestido el cargo obviando sus propias emociones y su orgullo como mujer, este relevo no hubiera sido posible.

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Hace poco, con motivo de la beatificación de Juan XXIII y Juan Pablo II, varios ministros pudieron compartir con Doña Sofía una larga velada en la embajada española en El Vaticano, en la que comprobaron su espléndido estado de ánimo. Desde su punto de vista, los acontecimientos de esta semana han demostrado que la vida para la que fue educada ha tenido sentido. Hija de Rey, esposa de Rey y madre de Rey. Misión cumplida. Hoy dejará a su hijo Don Felipe sentado en el trono. Como si se hubiera quitado un peso de encima. Como si recuperase la libertad que nunca tuvo.

Igual que ya hizo a la puerta de La Zarzuela cuando un día se encontró en un acto oficial con un Rey que se moría de dolor de cadera, Doña Sofía le dio un beso piadoso a su marido, después de que éste firmara su abdicación en el Palacio Real. Fue ella la que acercó su mejilla a la de un Rey renqueante que parecía un poco volado. Como mareado por las circunstancias. Ejerció de esposa de la misma forma que su nuera, la Reina que la sustituirá, ejerció durante toda la ceremonia de madre. De madraza más bien. Doña Letizia no perdió de vista ni un solo instante a sus dos hijas, Leonor (ocho años) y Sofía (siete años). Sentadas al otro lado del protocolo, la nueva Reina de España hizo señales con la mirada y con las manos a las niñas para que mantuvieran la postura adecuada a la solemnidad del acto que protagonizaba su abuelo. Leonor y Sofía la miraban a su vez para saber lo que tenían que hacer. A ella y a su padre, que también miraba a sus hijas durante la ceremonia por el rabillo del ojo hasta el momento en el que les mandó que se acercaran para besar al abuelo.

Doña Sofía pasa el testigo a Doña Letizia y la historia de estas dos mujeres resume mejor que ninguna otra cosa la evolución social -revolución más bien- española de los últimos 39 años. Cuando Doña Sofía llegó al trono las mujeres españolas dependían de sus maridos para comer y para abrir una cuenta corriente. Casi todas las mujeres de su edad han tenido que aguantar carros y carretas. La nueva Reina, sin embargo, pertenece a una generación de mujeres libres, casadas, divorciadas y profesionales, que no dependen de ningún hombre. Casi siempre que Doña Sofía habla de su nuera parece asomar una pizca de envidia en sus ojos. Como si por dentro estuviera pensando: quién hubiera pillado esta época.

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