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Mustang

Notodo Notodo 11/03/2016 Alan Queipo
Imagen principal del artículo "Mustang" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Mustang"

Imaginaos un cinturón de castidad, rebosante de tradición y patriarcado, abrazando hasta la muerte a un grupo de cinco hermanas turcas de entre 12 y 16 años, imposibilitándole el juego de la seducción, atando con cuerdas su adolescencia, el elixir de la juventud, obligándolas a crecer de golpe, a ser mujeres de sus casas pero sobre todo de los maridos a los que ni siquiera conocen, enloqueciendo y truncando a horcajadas sus más bajas y más altas pasiones.

La cineasta turca Deniz Gamze Ergüven ha estado allí, lo ha visto con esos ojitos, y ha decidido plasmarlo en Mustang, una de las mejores noticias del cine de la ¿Europa? oriental profunda, colándose en el universo ortodoxo de su país, tradicional, irracional, machista y familiar (en el peor sentido de la palabra) a través de un relato tan honesto, cruento y crudo como casi documental y tragicómico, dotando una historia durísima de un enfoque tan narrativo como didáctico.

La historia de las cinco jóvenes de un pequeño pueblo al norte de Turquía se trunca cuando los dimes y diretes de su pueblo tras verlas jugar inocentemente en la playa con sus compañeros (hombres) de clase convierten la amenaza de una vida carcelaria de juventud en una cárcel real: una casa que se convierte, a la vez, en centro de detención juvenil, reformatorio, un espacio para el bloqueo hormonal y una especie de supermercado humano, decisión tomada por el tío y la abuela de las jóvenes, que perdieron a sus padres en un accidente. Las cinco muchachas se convierten en un abrir y cerrar de ojos en una suerte de moneda de cambio para su familia, obsesionada por “ubicarlas” obsesivamente en casas ajenas, preparándolas y precipitándolas a una boda por conveniencia, enloqueciéndolas, separándolas, marginándolas y convirtiendo su vida en una extensión de las obligaciones que el patriarcado musulmán dictamine.

Si bien Mustang acaba asaltando por momentos la tediosa autocomplacencia en un ejercicio que podría durar algo menos, la cineasta turca borda un film cargado de pasiones y obsesiones, dando un empaque tanto individual como colectivo a través de cinco jóvenes que interiorizan se creen y comunican a la perfección su papel, profundizando en la conciencia de grupo de unas jóvenes rebeldes a su manera, con muchas ganas de vivir pero pocas herramientas para poder hacerlo. Una manera de actualizar el relato de Las vírgenes suicidas por la vía de un drama social de fractura explícita, directo a las encías, que también debe y bebe (y mucho) de films como Women Without Men (y toda la obra de Shirin Neshat en general), el cine de la generación Dogma 95 o de cineastas contemporáneos sobre los conflictos orientales como Bahman Ghobadi, Asghar Farhadi o Jafar Panahi.

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