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Nada por aquí, nada por allá

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 25/09/2017 Carlos Boyero
Fotograma de la película argentina 'Una especie de familia'. © Proporcionado por ElPais Fotograma de la película argentina 'Una especie de familia'.

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Me cuentan distribuidores independientes que dedican fundamentalmente su estancia en los festivales de cine a ojear sin prisas y sin pausas en el mercado de películas aquellas que ofrecen posibilidades de negocio o que otorguen cierto prestigio y que, evidentemente, no pueden ver en su totalidad aquello que está en venta, que un rato de visión es suficiente para saber si el producto les interesa, si les conviene pujar por él. Y por supuesto, también compran a ciegas proyectos y películas que se están rodando, ateniéndose a la confianza que les ofrece el guion, el crédito del que disponen esos directores o antiguas alianzas con los productores que han funcionado bien para ambas partes. Pienso que si me dedicara a esa profesión, no necesitaría más de diez minutos de visión para constatar si esas películas responden a mis criterios de interés o si debo de salir corriendo, si el producto va a ser bueno o me va a horrorizar, ya que no creo que algo que empieza mal se pueda enderezar después; la imposibilidad de que tras un arranque lamentable aparezca milagrosamente el arte. No es intuición, es experiencia, es llevar toda tu vida consumiendo, sufriendo y disfrutando cine. Compraría exclusivamente lo que me gusta. O sea, que tendría complicado (¿o no?, porque mis gustos son sensatos y excelentes) hacerme rico con ello.

Me dedico a esos onanismos mentales en los 15 minutos iniciales de las dos películas a concurso que tuve que padecer en la jornada de ayer. Y me asalta la tentación salir corriendo del cine porque sé la tortura que me espera. En el caso de la argentina Una especie de familia, dirigida por Diego Lerman, tampoco existe la posibilidad de adormecerte, ya que lo impide la abusiva afición al grito y al llanto del personaje que la protagoniza, una neurótica e histérica doctora porteña que sufre desgarradores contratiempos y chantajes para adoptar al bebé que acaba de parir una madre de alquiler. Aparte del dato de que la médico tuvo un niño que nació muerto, tampoco hay más explicaciones sobre el desastroso estado emocional de la dama. Pero su obsesiva tragedia no me resulta contagiosa en ningún momento. Y es algo que veo venir desde el arranque, con un plano inacabable de señora con expresión entre desgarrada y anfetamínica que observa la lluvia en medio de la noche. La protagoniza Bárbara Lennie, a la que considero buena actriz. Se supone que sigue las órdenes del director, pero la actitud de su personaje, me da una notable grima. Imagino que le puede caer el premio de interpretación. Los jurados valoran mucho la intensidad emocional. A mí, me agota.

El comienzo de la película austriaca Licht, centrada en la llegada a la Viena imperial de una virtuosa pianista ciega a la que un médico muy revolucionario asegura poder curar, es anodino y plano, intuyes que aunque la pianista interprete a Bach y a Mozart y esté ambientada en la misma época y escenario que la fascinante Amadeus, aquí solo va a existir el imperio del muermo, el tono monocorde, una narrativa plana. Y así es. La única virtud que les reconozco a Una especie de familia y a Licht es que duran 90 minutos.

Me pregunto si los encargados de seleccionar el cine internacional que proyecta la sección oficial ven enteras esas películas o solo un rato, si tienen espías nativos que les venden anticipadamente la calidad del producto o si lo constatan en primera persona. Por mi parte, solo deposito mis fundadas esperanzas en que aquí se verá la mejor cosecha anual de cine español, ya que consideran que el festival es una buena plataforma para el lanzamiento nacional. Y admito que el poderío económico y la repercusión mediática que poseen otros festivales de serie A le ponen muy complicada a San Sebastián la adquisición de joyas foráneas, que tampoco abundan. Hay cosas muy meritorias y posibilismo inteligente en este festival, pero la sección oficial, exceptuando, repito, la producción nacional, es desalentadora. Aunque hago memoria y recuerdo con un escalofrío el infinito aburrimiento que me provocó el cine a competición del último festival de Cannes. Y ellos, tan arrogantes y sobrados, pueden elegir lo que les dé la gana. Es probable que los mayores talentos del cine ya no consideren la gran pantalla como su hogar natural, sino las series de televisión. El panorama del cine está sombrío. Como todo, añadirían los amargados profesionales, los que se sienten perdidos en el nuevo mundo.

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