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Nation Rugby

Notodo Notodo 28/04/2016 Irene Galicia
Imagen principal del artículo "Nation Rugby" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Nation Rugby"

Desde Les joueurs de fut-ball de Gleizes o L’equipe de Cardiff de Dealunay, los franceses ya estaban interesados en el rugby como obra de arte, deporte que en los cuadros se transformaba en una metáfora de la vida moderna, de su vitalidad y su espíritu de conquista. Pero, ¿Por qué es este deporte una fuente de inspiración para el arte? En Francia esta viril disciplina de reglas complejas y mandíbulas de acero, mira al fútbol de cara a cara en audiencia e impacto social. Francia también es la irreductible aldea gala del deporte. El rugby ha conseguido destronar al fútbol en audiencias, salarios e impacto público a golpe de valores, marketing e identidad. Un noble universo que la fotógrafa Andrea Santolaya retrata en Biarritz para su proyecto Nation Rugby.

Es bastante común la creencia de que el rugby es un deporte elitista, sectario o considerado propio de brutos y grandotes que no saben utilizar los pies. Este reportaje sobre el equipo de rugby de la ciudad de Biarritz, el Olimpique Pays Basque, demuestra que quien practica este deporte lo hace primero con la cabeza, después con las manos y, por último, con los pies, muestra la grandeza de este deporte y al mismo tiempo desmonta estos mitos mediante una oda al suroeste galo, donde el rugby, como el vino, surge de las entrañas del país a través de sus valores y su identidad; en definitiva revela la fórmula de un deporte que ha tenido la osadía de disputarle el trono al fútbol.

La fotógrafa madrileña se sumerge una vez más en las vidas de otra particular familia, la auténtica leyenda del rugby francés. En la celebración del centenario del club, pasa con ellos su último trimestre y aborda su trabajo con la conciencia y el sentimiento de vivir uno de los momentos más intensos y moralmente duros de esta gran estirpe. Al igual que en otros trabajos anteriores, podremos ver los interiores del campo, los vestuarios, el gimnasio y un sinfín de detalles muy significativos que narran la vida cotidiana de estos héroes de nuestro tiempo y de las personas que les acompañan en sus partidos: entrenadores, masajistas etc. Pero Santolaya se muestra muy prudente y reservada a la hora de fotografiar momentos de sus partidos. Apenas el detalle de, por ejemplo, un lanzamiento con los jugadores en el aire, como en un ballet, intentando atrapar el balón.

Y una vez más es evidente su pasión por el retrato, tanto individual como colectivo, por el cuerpo y la vida cotidiana de comunidades de los márgenes de la sociedad, ya sean boxeadoras de Brooklyn, el ballet ruso de San Petersburgo, las mujeres Warao de Venezuela o un equipo de jugadores de rugby. Y con ello también crece su maestría a la hora de dar forma a su comprensión de lo que ocurre ahí afuera, a un viaje que le lleva a adentrarse en mundos totalmente dispares, atemporales, que muestran el cambio pero también nos descubren aquello que persiste, que sobrevive al paso del tiempo.








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