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No ganamos, pero no olvidamos

EL PAÍS EL PAÍS 18/06/2014 José Miguel González "Míchel"
Vargas marca ante Casillas el primer gol de Chile. © Clive Rose Vargas marca ante Casillas el primer gol de Chile.

GRACIAS

Hoy me levanté contento como suelo hacerlo. Tengo motivos para ser feliz, incluso ante la lucha de El Manzana contra algo que vive en su cuerpo y no le deja en paz. El Manzana es mi padre. Mi selección es un motivo más. No ganamos, pero no olvidamos. Y no debiéramos hacerlo con quienes vertebraron el país alrededor de un sólo color y un balón, para quienes debieron sentir los gritos de alegría a kilómetros de distancia cuando superaron a cualquier rival. Para quienes crearon tendencia y estilo. Lo nunca visto. Ellos que hoy soportan el sabor de la amargura después de tanto dulce. ¡Quién lo diría! Toca despedirse de ellos entre parabienes, pero sin reproches. Ya son una leyenda en vida y no tendrán que esperar a irse para siempre como su primer apóstol, Luis, para recolectar una cosecha plena de admiradores. Sois irrepetibles y que nadie se atreva a decir lo contrario. Yo que solté un grito —“¡me lo merezco!”— de rebeldía amarga y personal ante un triunfo menor y puntual, hoy alzo mi voz más fuerte y más alto que aquel día en Udine para vocear: ¡Os lo merecéis! Ya sois eternos entre todos nosotros. Ya nada será igual. Gracias, chicos, porque El Manzana y yo lo hayamos vivido juntos.

EN LA ARENA

Tertulia improvisada y eterna sobre la arena de la playa. Siempre somos dos y siempre de acuerdo. Manuel, argentino y amigo, trabaja sobre la arena, pero no deja de vivir sobre el césped que nunca pisó pero que huele y saborea como yo mismo. Un divino, como diría él, cuando habla de alguien que quiere. Amante de los Rolling y su Argentina futbolera. Messi está en otro nivel. Entre ambos intentamos ser Sabella como en su día fuimos Maradona, Basile, Bielsa, Batista…. a Menotti no llegamos, pero vemos el fútbol y el juego de manera limpia y sin colores. Nos derretimos con los centrocampistas y en especial con los cinco clásicos. Justo de lo que afanosamente buscamos en el seleccionado argentino desde hace tres lustros. No pretendemos resucitar a Redondo, Verón, Ardiles o Lucho González, pero seguro que entre estos 23 de ahora hay más centrocampistas a los que no forzarles las tuercas como las de Di María y Galletti; dos expertos en agitación intensiva, pero a los que el campo se les hace desierto si parten 30 metros atrás. Los hinchas argentinos quieren ganar, pero sobre todo sentir. No palpitan. Argentina tampoco y tal vez sea por falta de centrocampistas de buen gusto que sepan endulzar el juego albiceleste.

ANTIHÉROE

En una rueda policial de acusados por ser futbolista sin hechuras, saldría elegido por unanimidad. Es Müller, el antihéroe. Fideoso, desaliñado, con un corte de pelo vintage, despojado de tatuajes, calcetines a la tibia y con unas botas que parece que no son suyas porque aparentan ser tres números más. No hay quien se lo crea, pero ahí está el zagal. Bueno de verdad. Contra Portugal se cebó como lo hiciera un Mundial atrás cuando hizo cinco percusiones en la diana. Un jugador que si le sacas de una teletienda acabas por recomendarle como producto estrella a los amigos. Un chollo. Sólo le falta que sepamos si es un hombre de orden —la leyenda dice que una vez suspendió un examen de chino, suponemos que para disimular—, porque para estrella internacional tiene todos las visados en regla. De alemán sólo tiene el apellido.

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