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Norfeu: espacio sagrado

EL PAÍS EL PAÍS 27/05/2014 Josep Maria Fradera
Una imagen del Cabo Norfeu, muy cercano al antiguo restaurante elBulli. © J.M.F. Una imagen del Cabo Norfeu, muy cercano al antiguo restaurante elBulli.

El cabo Norfeu, ese portentoso accidente geológico que cierra el golfo de Roses por el norte en perfecta simetría con L’Estartit y las islas Medes, el cabo que lleva el nombre del dios griego de la música, del dominio del mar y el único capaz de escapar al canto de las sirenas, es un “espacio sagrado”. Así lo definió el biólogo marino Mikel Zabala en el acto elBulli Foundation, una altra mirada, celebrado el 9 de mayo en Figueres por la asociación IAEDEN-Salvem l’Empordà, constatando la dificultad de describir un lugar excepcional. Este es el caso. Solo el nivel alcanzado por Josep Pla en su mejor prosa —la célebre subida iniciática a la ermita de Sant Sebastià, el principio de una empresa que supondría una vida buscando el adjetivo— podría hacerle justicia.

El paraje que Norfeu domina y ordena —desde la cala Murtra, Montjoi y hasta Jóncols y luego la subida al Coll de Peni y el descenso hacia Cadaqués— configura el macizo sur del parque natural Cap de Creus-Norfeu, uno de los grandes espacios protegidos del litoral catalán. La suma de calas solitarias, vegetación y belleza y grandiosidad del mar define un lugar donde el habitante del país y aquellos que nos visitan pueden encontrar algo que se ha perdido por desgracia en el resto: un paisaje preservado de una belleza insospechada. Por si queda algún escéptico: recomiendo subir al punto más alto de Norfeu en un día de invierno y con tramontana, hasta lo que queda de la torre de vigilancia del siglo XVII, para contemplar desde allí hasta les Medes, todo el Montgrí, Sant Pere Pescador, el Canigó nevado al fondo, L’Escala, Montjoi, el Jóncols y Pení hacia el norte.

Este paisaje de descripción literaria imposible es patrimonio de todos los catalanes, de la Cataluña griega; la que debería ser y no la que es, repleta de fealdad urbanística y destrozos irremediables. Si el mundo que Norfeu ordena existe todavía en el estado de preservación en que se encuentra —mejorable sin duda con la eliminación de algunas fealdades innecesarias y caducas como el camping en Montjoi, de concesión opaca en los años sesenta— no es por casualidad. La historia es muy ilustrativa de lo que el país ha sido y es.

La carretera entre Roses y Cadaqués, estrecha y sin asfaltar a partir de Montjoi e impracticable para vehículos a partir de Cala Jóncols, fue construida a pico y pala por presos nacionales durante la Guerra Civil por obvias razones militares. Terminada la guerra, se construyeron baterías en los acantilados de Punta Falconera y en algunos otros lugares y se delimitaron unos extensos terrenos militares en previsión de invasión por parte de la Armada británica. Esto sucedía cuando el castillo de San Fernando de Figueres estaba lleno de presos del franquismo y los pueblos del Alt Empordà vivían en un estado de permanente alteración por el miedo de las autoridades a las operaciones de los maquis en la frontera.

Esta situación se prolongó hasta los años sesenta, cuando el temor al invasor fue sustituido por el interés por las divisas que aportaba el turismo europeo. Fue en aquellos años cuando un grupo de grandes propietarios de terrenos, con los azules Miquel Mateu y Trino Fontcuberta a la cabeza, revivieron el milagro de los panes y los peces en las marismas de Castelló d’Empúries y Roses. Convirtieron arrozales y terrenos que solo servían para cazar patos en casitas y apartamentos, logrando incluso la proeza de levantar un inmueble espantoso frente al mar conocido como El 600, por el número de apartamentos estilo lata de sardinas que consiguieron amontonar.

Si el espacio dominado por Norfeu sobrevivió a la codicia que el turismo desató en las fuerzas vivas locales fue porque existían los terrenos militares. Esto es algo que puede comprobarse aún hoy con facilidad observando dónde se detiene la construcción abusiva y dónde empieza un paisaje memorable. Una alambrada separó nítidamente lo uno y lo otro. Aquella línea de demarcación, pensada, claro, para otros menesteres, señala el lugar donde se encuentra uno de los espacios protegidos que Cataluña se ha permitido en un acto de estricto sentido de la realidad.

Por respeto a lo sagrado, por patriotismo geológico, la ampliación en 3.000 metros cuadrados de las instalaciones de elBulli en esa área no puede aceptarse. Como tampoco puede aceptarse que en las circunstancias actuales esta operación pretenda hacerse a través de una ley especial que quebranta cualquier idea de igualdad jurídica y de posibilidad de defensa ciudadana de un patrimonio común. Una acción así sería la victoria de los cantos de sirena que no pudieron derrotar a Orfeo, la victoria sobre todas aquellas personas que todavía son capaces de apreciar el legado que el azar preservó.

Josep Maria Fradera es doctor en Historia

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