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Nosotros no nos...

Notodo Notodo 24/02/2016 Miguel Gabaldón
Imagen principal del artículo "Nosotros no nos..." © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Nosotros no nos..."

Nosotros nos nos mataremos con pistolas es un desesperanzado retrato generacional. La obra de Víctor Sánchez Rodríguez, que llega desde Valencia y se ha acaba de estrenar en el Teatro Lara de Madrid (después de pasar por el Frinje) es un espejo de las tribulaciones de los nacidos en los 80. Una generación que no ha vivido una guerra, que no ha tenido que enfrentarse a algo más grande que sus problemas personales, que debería ser feliz pero que sin embargo se siente superada por sus conflictos existenciales (a falta de un conflicto externo de envergadura). Una generación que empieza a llegar tarde a todo, ahogados en un mar de dudas. Estampados contra un horizonte pintado, angustiados por lo que deberían de haber llegado ya a ser. Y que no son.

Cinco amigos se reencuentran en la casa del pueblo de una de ellos. Nada nuevo bajo el sol. Una historia contada mil y una veces (la más reciente, ese Siempre me resistí a que terminara el verano). Pero que funciona. Y de qué manera. Funciona por un texto que refleja a la perfección el sentimiento de una generación. Funciona por una puesta en escena sencilla pero meditada. Magíficos los cambios de iluminación según el momento del día para irnos introduciendo en este ambiente. Y funciona por unos intérpretes maravillosos que llenan de verdad y naturalidad cada frase que dicen.

Desde esa Blanca, la anfitriona (una Laura Romero que maquilla a la perfección de falsa alegría su infinita tristeza), hasta esa ejecutiva agresiva que se siente vacía (una potentísima y de gran presencia escénica Silvia Valero), el amigo casado y tontorrón que sigue en el pueblo sobreviviendo a base de trabajos basura vistiéndose de pollo (Román Méndez de Hevia, que está sencillamente in-cre-í-ble), el bohemio escritor gay en crisis (más que perfecto y nada maniqueo Toni Agustí) hasta la ex-hippie embarazada (una divertidísima, genial, Lara Salvador), todos (y digo todos) llegan a emocionar y divertir a partes iguales con sus personajes. Unos personajes llenos de verdad y realidad que oscilan entre el llanto y la risa y que acaban igual que empezaron, bloqueados y sin esperanza.

Nosotros no nos mataremos con pistolas transmite la confusión y el desencanto de una generación perdida que salió al mundo laboral con la crisis, desbaratando esa ilusión de que podrían llegar a convertirse en lo que quisieran. Y esa crisis se les ha metido en el cuerpo y en el alma, tranformádose en una crisis vital. No sé cómo se enfrentarán a ella espectadores de otras generaciones. A mí desde luego me ha tocado. Y mucho. Tal vez es porque me encuentro identificado con ese desencanto. Con esa sensación absurda de camino sin salida. Y de ser uno mismo su principal enemigo. Con esta función en las que los personajes no evolucionan. Ojalá podamos llegar a decir decir Vamos y de verdad ponernos en acción. Tal vez es por todo eso (o porque simplemente es una función maravillosamente escrita e interpretada) por los que Nosotros no nos mataremos con pistolas es una función especial y hasta dolorosa.

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