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Octavio Cortés

Notodo Notodo 10/05/2016 José Angel Sanz
Imagen principal del artículo "Octavio Cortés" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Octavio Cortés"

¿Y si Octavio Cortés representara el encuentro imposible entre Ramón Gómez de la Serna y Hunter S. Thompson? ¿Y si las greguerías del primero se tocaran con las alucinadas crónicas gonzo del segundo en libros como este Pequeño diccionario salvaje? No hablamos sino de vanguardias, en todo caso, de uno o de otro signo, pero parecería que Cortés hubiera leído a ambos con furia antes de adentrarse, airadamente, por los caminos nada trillados por los que anda en este nuevo ensayo-bomba. Ejemplos: “Adolescente: criatura infantil que empieza a volverse idiota, y luego un poco más idiota, y luego un poco más, hasta que tenemos un nuevo adulto”. O “Gases del astronauta: El astronauta tirándose pedos en su traje hermético, en el infinito silencio sideral, simboliza algo muy difícil de nombrar”.

A Cortés lo conocíamos por Cómo apedrear a un escritor de éxito (2013) y Voladura controlada (2014), ambos publicados, como éste reciente ejemplar, en la editorial Sloper. El humor negro, la socarronería y la ironía más bestia van unos cuantos pasos más allá en este nuevo trabajo. El mallorquín lo divide en dos partes, una primera repleta de definiciones y aforismos de temática dispar, la que propiamente da nombre al libro, y una segunda, dedicada a desmontar lo que el define como “el arte de los charlatanes”. Ambas descacharrantes.

La retahíla de nombres y asociaciones reales, tan estúpidas o dementes que cuesta creerlo, a los que hace referencia, impresiona. Y a todos dan ganas de seguirles la pista invocando a Don Google. Como la Malay Power, regida por supremacistas anti-semitas de Malasia. Sí, no es un error. O, en el flanco de los personajes chalados, David Icke, que argumenta que la humanidad está siendo intervenida por una raza de reptilianos invisibles. Cortés desgrana filias (Vladimir Nabokov, Robert Mitchum...) y fobias (Brian May, Winnie The Pooh, los semáforos averiados...). Todo ello con la justa mala leche para no avinagrar unos textos que, en su mayoría, provocan una inevitable risotada malvada. Ácido sulfúrico para el aburrimiento y las convenciones.

La mejor noticia es que Cortés debe de tener mucho más dentro, porque el campo sobre el que opera, la realidad, es tan extraño, que puede que esto solo acabe de empezar. Que así sea.

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