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Orange is the new black: Ellas rompen las cadenas del género

La Vanguardia La Vanguardia 16/06/2014 Pere Solà Gimferrer

Piper Chapman está enjaulada. Ingresó en prisión con el uniforme de color naranja del sistema judicial estadounidense y un año después sigue pagando su deuda con la sociedad. Dejó atrás una vida acomodada con su prometido, un periodista llamado Larry, para rodearse de otras mujeres que, como ella, cometieron algún error ilegal. Pero por más que los barrotes del centro penitenciario de Orange is the new black les recuerden que no están de campamento, ellas son las protagonistas de una pequeña liberación. La crítica norteamericana se fija por fin en una serie estrictamente femenina y olvida el sexo de todas las implicadas.

¿Qué tienen en común Los Soprano, Breaking bad, The wire y Mad men? Pues que nadie duda de su calidad, están escritas por hombres y las protagonizan hombres. Es algo inconsciente. Desde que existe pasión por las series en EE.UU., hay cierta desviación y los que encuentran un hueco en el Olimpo de las buenas series suelen tener el mismo perfil. Hay casos más ambiguos como Masters of sex y Homeland, que podrían excluirse del terreno masculino pero no necesariamente para encasillarse en el contrario, y hasta una serie como Juego de tronos, que tiene féminas de armas tomar en un reparto muy equilibrado, tiene un truco bastante machista para llamar la atención. Cuando toca soltar un monólogo importante, a menudo hay prostitutas enseñando los senos de fondo. Por esto sorprende que una serie como Orange is the new black suscite tanta expectación: no es normal que una serie escrita por una mujer, Jenji Kohan, y con tanta mujer delante de las cámaras se analice con tanto interés y respeto.

Sólo hace falta ver dónde están dos obras tan importantes para el medio como Mujeres desesperadas y Sexo en Nueva York. La primera fue menospreciada por sus valores conservadores, por más que fuese un verdadero fenómeno entre las amas de casa de su país de origen; en cuanto a la segunda, la crítica aprovechó para lapidar a Carrie Bradshaw cuando salieron las infumables películas, cargándose el estatus de la serie. Y The good wife, una de las series que más ruido han provocado en los últimos meses, todavía lucha contra el estigma de su título. La palabra esposa ahuyenta a algunos espectadores, y ser un drama legal tampoco la ayuda, pero este rasero jamás se utilizó con Mad men. Lo masculino, según parece, no tiene las mismas connotaciones negativas.

Una de las ventajas de Orange is the new black que le permite sobrevivir a su condición es la figura del antihéroe. La televisión está obsesionada con los personajes definidos por sus debilidades y con morales corruptas, y una cárcel como la de Litchfield los fabrica como rosquillas. No se distinguen por su profesión ni por su conciliación familiar, ellas viven en un limbo donde el paso del tiempo sólo es una cuenta atrás muy lenta. Lo que las define es su forma de abordar el día a día, su empeño en reformarse (o no) y cómo se las manejan para sobrevivir en un entorno hostil donde no deben perder de vista que están rodeadas de delincuentes. En este aspecto, Piper Chapman es el caballo de Troya del espectador. Entró en prisión como una reclusa inexperta e ingenua y ha pasado a entender cómo funciona este viciado microsistema, marcando perfil. Pero Orange is the new black no es Oz, ese drama carcelario de HBO que fue más duro que cualquier otra serie del canal: existe el riesgo de que cualquier objeto pueda utilizarse como un arma y la violación es una amenaza que se respira en el ambiente, pero sus responsables prefieren profundizar en la vertiente más humana.

La autora del libro en el que se basa, Piper Kerman, salió de prisión y quiso contar su experiencia. Al igual que su álter ego en la serie, Kerman había ingresado en prisión por colaborar con el narcotráfico influenciada por su novia de entonces, un delito que había cometido de joven, antes de tener una vida estable con su prometido. Sin embargo, no quiso transmitir una historia únicamente personal y ella cuenta una realidad marginal que afecta a más de dos millones de reclusos, por no hablar de sus familias. De hecho, el crecimiento de esta cifra le hizo plantearse el sistema y la serie procura transmitir como las desigualdades sociales promueven ciertas conductas, no necesariamente excusando sus acciones.

Esta óptica es precisamente el elemento más polémico, y hay quien la califica de buenista, algo inevitable si se tiene en cuenta que Jenji Kohan, la responsable de adaptar el texto, eligió intercalar el drama y la comedia. Ensalza los pequeños triunfos cotidianos, las improbables amistades que surgen con la falta de intimidad y cierto sentido de comunidad. Ella escribe una serie humanista, algo que dejan entrever los títulos de crédito con rasgos de auténticas reclusas, pero los momentos luminosos no deben empañar la realidad. Como la protagonista advierte a una nueva compañera, hay que vigilar porque el peligro siempre está presente. Ella misma lo comprobó a la fuerza cuando una cristiana fundamentalista llamada Pennsatucky intentó matarla durante la función de Navidad.

En este punto la segunda temporada retoma la trama: la protagonista está en aislamiento creyendo haber matado a su agresora y, por motivos que ella desconoce, la trasladan a Chicago, a un centro donde se sentirá otra vez como un cordero en medio de una manada de lobos. La encargada de dirigir el episodio es Jodie Foster, que ya había colaborado en un episodio de la primera temporada, y en esta presentación recuerda al espectador la violencia implícita de las prisiones. Que después Piper haga un trueque con sus bragas y capture cucarachas para sobrevivir es tan divertido como aterrador.

Este ambiente desconocido y desconcertante contribuye a que se perciba Orange is the new black como una ficción no femenina. Es cruda, las protagonistas tienen un aspecto desaliñado y muchas veces renuncian a sentir con tal de sobrevivir, lo que choca con los tópicos de las obras femeninas, pero estos elementos siguen estando presentes. Las convictas utilizan sus influencias para conseguir productos cosméticos y un buen corte de pelo de manos de Sophia. A través de flashbacks podemos comprobar que también disfrutaban comprándose zapatos al igual que Carrie Bradshaw. La romántica y obsesiva Morello cree que vive en una película de Julia Roberts mientras imagina su boda desde la cárcel, y el principal conflicto de la primera temporada era un triángulo amoroso, el formado por Piper, su prometido y la exnovia que la metió en prisión con su testimonio.

Puede que haya disertaciones sobre la desigualdad, que profundice en la sexualidad y la identidad sexual (una de sus actrices, Laverne Cox, es la primera mujer transexual en salir en la portada de la revista Time) y cuestione la efectividad del sistema, pero es una serie esencialmente emocional y femenina. La diferencia es que aquí las peleas de gatas amenazan con convertirse en guerras de bandas, sobre todo con la llegada de Vee, una antigua reclusa que quiere restablecer el viejo orden, cuando las negras mandaban entre rejas.

La otra gran ventaja de Orange is the new black es la ventana de difusión. El proyecto lo encargó y distribuyó Netflix en EE.UU., la plataforma de contenidos que está revolucionando el sector, y le dio una repercusión que no hubiese obtenido en un canal convencional. House of cards había sido un golpe de efecto contundente y Orange consolidó su oferta original con una estrategia distinta, poniendo a disposición del consumidor todos los episodios de golpe. Así el espectador puede elegir entre racionarse las provisiones o pegarse atracones, adaptándose a los nuevos tiempo. La calidad será un argumento de peso para romper las cadenas del género, pero nunca viene mal estar en el sitio adecuado en el momento oportuno.

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