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Otra vez Arturo Fernández

Logotipo de El Mundo El Mundo 26/09/2017 LUIS MARÍA ANSON

Los espectadores puestos en pie cerraron la representación de Arturo Fernández con una ovación intensa e interminable. A los 88 años de edad, el actor se enfrenta a una comedia de María Manuela Reina plena de matices e intencionalidad. En 1989, en el Reina Victoria, en su primer estreno, vi la obra entre bastidores mientras la autora, mujer inteligente, escritora excepcional, me estrechaba las manos conteniendo a medias su nerviosismo. Tras el éxito de La libertad esclava, premio Calderón de la Barca 1984, María Manuela Reina quiso demostrar su capacidad para el teatro comercial y lo consiguió de forma indisputable, amparada en la sabiduría de Arturo Fernández.

El actor, que ha vivido desbordado por los éxitos en el cine, la televisión y la escena, demuestra una vez más su vocación inextinguible: trabajar en el teatro. Desde que en 1951 empezó con el amigo teatral de Lorca, el inolvidado Modesto Higueras, han transcurrido casi 70 años y al menos 50 como protagonista de las comedias más diversas. No le recuerdo un solo fracaso y sí un éxito permanente que nunca ha declinado. Hace tres años interpretó a un cura veterano, lleno de matices y veladuras, que debate con un seminarista provocador el acceso de la mujer al sacerdocio, el matrimonio homosexual, incluso entre curas y entre monjas, y también algunos abusos episcopales. Mantuvo al público expectante permaneciendo sobre el escenario dos horas y algunos días cuatro. De no creer, con 85 años entonces.

Ahora ha rizado el rizo. Cercano a los 90 años, es un pincel sobre el escenario y, bien secundado por Carmen del Valle, pasa la batería como un misil en una comedia que hace pensar y sobre todo reír. A Arturo Fernández no le perdonan algunos ni el éxito ni la independencia ideológica. No pertenece a ningún circuito artístico y jamás ha pedido una subvención. Algún crítico sectario, que no puede soportar su éxito, le ha regateado hasta la figura. Pero Arturo Fernández ha estado siempre por encima de la cicatería y el sectarismo. Ha hecho teatro, en primer lugar, para satisfacción personal, porque es su indeclinable vocación; en segundo lugar, para hacer disfrutar a los espectadores con el milagro de la escena.

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Acudo todas las semanas al teatro alternativo porque los autores, los directores, ellas y ellos, las actrices y los actores germinan en la escena de vanguardia. He subrayado el mérito allí donde se encuentra y he tenido ocasión de elogiar a Buero Vallejo o a Alfonso Sastre, a Fernando Fernán Gómez o a ese prodigio que es José Sacristán, a Nuria Espert o a Carmen Machi, a la genial Angélica Liddell o a la inteligente Paloma Pedrero. Desde mi afición enamorada al teatro me complace dedicar hoy estas palabras a un actor capaz de los más varios registros, que ha navegado viento en popa a toda vela sobre los galeones del éxito y que dentro de dos años cumplirá los 90 sobre el escenario, con una trayectoria teatral que apenas tiene precedentes.

Y claro, voy a terminar recordando lo que Miguel de Cervantes, por boca del caballero de la triste figura, le dijo a los actores de la compañía de Angulo el Malo: "...y mirad si mandáis algo en que pueda seros de provecho; que lo haré con buen ánimo y buen talante, porque desde muchacho fui aficionado a la carátula, y en mi mocedad se me iban los ojos tras la farándula".

Luis María Anson, de la Real Academia Española

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