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Panorama des del pont

Notodo Notodo 22/02/2016 Pep Barbany
Imagen principal del artículo "Panorama des del pont" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Panorama des del pont"

Ser un inmigrante en un nuevo país lleno de sueños y oportunidades, pero también lleno de frustraciones y peligros no es una tarea fácil. La lucha por sobrevivir y construirse un futuro no entiendo de leyes ni de fronteras, pero hay líneas morales que uno lleva encima como una maleta que nunca pierde de vista. Así, la lealtad a la família, a los amigos y a los compatriotas se convierte en algo sagrado. Hasta que algo tan perturbador como un amor imposible, un deseo tan irrefrenable como destructivo, arrasa con todo lo que uno tardado años y sudor en ganarse con sus propias manos.

Esta sería a grandes trazos la historia casi universal, atemporal, que Arthur Miller nos contó en Panorama des del pont a mediados de los años cincuenta del siglo XX. En Brooklyn, en el suburbio portuario de Nueva York, un grupo de inmigrantes italianos trabajan descargando barcos y se ayudan entre ellos para intentar hacer realidad su sueño americano.

Una historia en la que además de retratar el drama (aún vigente en todo el mundo) de la inmigración ilegal, el dramaturgo estadounidense introduce un tema moral que en su época causó un gran revuelo: el amor imposible entre un hombre, Eddie Carbone, y su sobrina, a quien ha cuidado desde niña como si fuera su hija. Una trágica locura que convierte a su personaje principal más en un desgraciado, una marioneta del destino, que no un monstruo desalmado. La nueva versión, que se puede ver ahora en el Teatre Romea de Barcelona dirigida por el director francés Georges Lavaudant, tiene muchas virtudes y algunos puntos flojos que tienen margen de mejora.

Centrada quizás en exceso en el personaje principal, lo que podría ser un error es también una virtud, ya que cuenta nada más y nada menos con Eduard Fernández, un peazo de actor que nos gustaría ver más en teatro. Siempre al límite del histrionismo, con gestos que de lejos nos recuerdan a una mezcla del Teniente Colombo y Jordi Pujol, sus vociferaciones transmiten muy bien su propio desconcierto, la creciente obsesión por retener a la sobrina, los celos, y todo aquello que él siente en su interior y quizás no sabe explicar o no quiere reconocer, ese extraño, posesivo e imposible enamoramiento. Es cierto que todo lo bueno que Fernández aporta al personaje también lo aporta de descontrol y desmesura, pero el caso es que es sólo le falta hablar italiano para creerte que lo es, y sin mucho problema se adueña de las principales escenas.

El resto del reparto de Panorama des del pont es desigual. Mercè Pons, Pep Ambrós y Jordi Martínez están magníficos (quizás los más creíbles de la función) como la sufrida mujer de Eddie, uno de los nuevos inmigrantes italianos desencadenantes de la tragedia y el abogado de la família, testimonio y narrador de un final dramático que se nos anuncia desde el principio. En cambio Marina Salas tiene mucho a mejorar para que la sobrina parezca una mujercita de la época y no una niñita mimada, y Marcel Borrás es suficientemente polivalente para aportar nuevos matices a un personaje que debe ser algo más que un desencadenante de la locura de Eddie Carbone.

La función se complementa con un espectacular trabajo de proyecciones, sugerentes, de luces y sombras, el puente de Brooklyn omnipresente y un ir y venir de paneles y muebles que entran y salen. Mucha imaginación para recrear con acierto, y mucha oscuridad, una tragedia anunciada, quizás inevitable. Lejos queda el retrato que Miller hizo del contexto, las penurias y peligros de la inmigración en el Nueva York de los cincuenta, muy secundario aquí. Pero a Lavaudant lo que le interesa es el drama, la fatalidad de este hombre corriente, y eso es lo que nos cuenta.

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