Al utilizar este servicio y el contenido relacionado, aceptas el uso de cookies para análisis, contenido personalizado y publicidad.
Estás usando una versión más antigua del explorador. Usa una versión compatible para obtener la mejor experiencia en MSN.

Parsifal

Notodo Notodo 05/04/2016 Miguel Gabaldón
Imagen principal del artículo "Parsifal" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Parsifal"

Un sanatorio de entreguerras. Una sociedad herida que necesita un salvador. Que busca desesperadamente a un líder carismático: ese “loco puro” al que Wagner se refiere en el libreto de Parsifal, la monumental ópera que se estrena estos días en el Teatro Real. Claus Guth se encarga de la dirección de escena de este montaje estrenado en el Liceu de Barcelona en febrero de 2011, con un único reparto compuesto por nombres como Christian Elsner, Anja Kampe, Detlef Roth, Ante Jerkunica, Franz Josef-Selig y Evgeny Nikitin. En el foso, el reputado director de orquesta Semyon Byhckov, que se enfrenta a la titánica labor de afrontar cinco horas (menos los descansos, claro) con batuta en mano.

Wagner vuelve una vez más al recurrente tema de la redención a través de un peregrinaje simbólico, filosófico y metafísico más complejo que en sus obras anteriores, con un claro propósito testamentario. La trama, con bosquejos que fueron sedimentando a lo largo de más de 20 años, parte de la búsqueda, por parte de los monjes-caballeros del Grial, de un héroe puro y bondadoso que pueda sanar la herida de su líder Amfortas. Parsifal, desconociendo su origen y su destino, arrebata la lanza sagrada al pérfido Klingsor, resiste a la sensualidad salvaje de Kundry y emprende un sinuoso y difícil camino de purificación del alma para alcanzar la salvación. Claus Guth intenta desligarse (en la medida de lo posible, porque el libreto es el libreto y dice lo que dice) del fundamental y omnipresente componente religioso de la obra, presentando la acción dramática como un conflicto colectivo y, al mismo tiempo, como un simbólico conflicto familiar (la función comienza con un prólogo mudo en el que Amfortas y el malvado Klingsor se pelean a la mesa ante su padre Titurel).

Un espectacular escenario giratorio resulta uno de los mayores atractivos estéticos (junto a un fantástico vestuario años 20 y el efectivo diseño de iluminación) de un montaje que avanza sin prisa pero sin pausa, elevado por la música wagneriana (que el director de orquesta califica como galáctica y sin principio ni final) y los giros escenográficos, en eterno movimiento a través de sus cinco horazas de duración. Este detalle la convierte en un plato exigente y no apto para todos los paladares (a alguno le veo desnucado en la butaca). Pero que sin duda apreciarán, y mucho, en primer lugar y por supuesto los aficionados al bel canto. En segundo, los buscadores de escenografías-mamotreto impresionantes y funcionales. Y en tercero, los amantes del rollo retro años 20 en particular.

Lo mejor: un segundo acto vibrante y repleto de detalles y coregrafías etéreas. Acto que hará las delicias de estos amantes de la estética años 20 que comentábamos (con un grupo de mujerzuelas que intentan seducir al protagonista que son pura maravilla, yo me dejaría seducir sin duda). Y también hay que confesar que si a uno le atraen las mujeres fatales pelirrojas, no se tienen que perder este montaje. Puesto que podrá disfrutar de una tremenda Anja Kampe, una Kundry repleta de cambios, poseída, sensual o sencillamente loca según la ocasión lo requiera. Fascinante. Hay que decir que Claus Guth resuelve muy bien el reto en todo su conjunto y consigue dotar a la propuesta de un momivimiento estructural fundamental para que la duración no pese como una losa sobre la cabeza del espectador. Aunque ya sólo esta música es capaz de transportar las mentes sin necesidad siquiera de imágenes.

Cierto es que, por mucho que intente obviarse el componente místico-religioso del libreto, éste sigue resultando excesivo y algo desfasado. Muy interesante lo que comenta el director de escena de ese redentor que llevará el mundo, en vez de ala salvación, a una devastación todavía mayor y a la barbarie total (tipo Hitler, de ahí lo del período de entreguerras y el sanatorio lleno de heridos deprimidos y arrastrados, inspirado en el de La montaña mágica de Thomas Mann), aunque en la puesta en escena no quede tal vez del todo claro. Aunque sí que se vea a través de esas proyecciones simbólicas que abren cada acto, que pasan del primero con los pies denudos del protagonista hasta el tercero con unas botas militares.

Este Parsifal es un montaje sólido y giratorio. Un reto mental y físico para sus hacedores y una prueba de fondo para espectadores con ganas de sumergirse en el trascendente universo wagneriano. Un título que, a pesar de su temática algo añeja, sigue atrapando y envolviendo en el movimiento rotatorio de su música. Y Parsifal sigue girando, que diría Copérnico.

Gestión anuncios
Gestión anuncios

Más de Notodo

image beaconimage beaconimage beacon