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...paseador de perros

Notodo Notodo 18/04/2016 Miguel Gabaldón
Imagen principal del artículo "...paseador de perros" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "...paseador de perros"

"Desde mi ventana pienso en la inconsolable soledad del paseador de perros. Pienso en la masturbatoria soledad del paseador de perros. En la pulgosa soledad del paseador de perros. Pienso en una soledad que pasea sola entre los paseantes y se pone a cuatro patas. Pienso en una soledad que no grita porque lleva bozal, ciega de comer azúcar. Pienso en morder morder morder... Mear todas las esquinas para que no puedas dar un paso sin recordarme."
La soledad del paseador de perros se acaba de estrenar en la Sala Cuarta Pared. Un texto escrito, co-dirigido (junto al experimentado Guillermo Heras) e interpretado por María Velasco. Un montaje de directos tintes autobiográficos en el que la dramaturga lanza sobre la escena retazos, reflexiones y recuerdos acerca de una relación tóxica, rota hace tiempo pero de la que es complicado desligarse y una soledad constrictor que intenta tragarla. Una historia de la que intenta poner un océano y una paseadora de perros argentina por medio. La función es un puzzle de impresiones que transitan entre la calculada y aspergeriana narracción por parte de la propia Velasco, que actúa camo narradora, a la puesta en escena de su relación sentimental y las escenas de un liberador viaje a Argentina.

Pasado, presente, ficción y reflexión se entrecruzan en un batido de evidente postmodernidad en el que también caben las canciones de Joy Division o Leonard Cohen e imágenes del can Niebla comiéndose a Pichí. María Velasco vomita sus reflexiones (aunque más serenamente y con menos bilis que otra maestra onanista, Angélica Liddell) en un ejercicio masturbatorio que hará las delicias de los voyeurs sentimentales y hará suspirar de desespero (o indignación por lo explícito de ciertos fragmentos) a otros.

El texto posee una fuerza y una poesía brutal que fascinan. Una sucesión de poderosas y explícitas frases que no dejan indiferente. Sin embargo su literario carácter, heredero directo de la poética sucia y descarnada de Bukowski, tal vez hace que su lugar fuera el papel más que la escena, y arrastra al montaje a un espesor que acaba por resultar algo agotador si no se va preparado. Y que hace que la función parezca más larga de lo de hecho que es, a pesar de una puesta en escena vistosa y de un despliegue técnico importante con un espléndido diseño de luces que es difícil ver en una sala independiente en estos días.

Es un texto arduo. Casi imposible de poner en escena según está, diría yo. Tal vez la escena, por lo menos según está planteado ahora, no es el sitio natural de estas confesiones. Pero, a pesar de la evidente complejidad del asunto, tiene mérito increíble defender un montaje de estas características (con frases tan soberbias/soeces como "pienso en el olor de tu culo y mi soledad da arcadas de nostalgia") sin caerse de esa cuerda floja y todos los actores (a la autora le acompañan en escena la argentina Valeria Alonso, Kike Guaza, Carlos Troya y, como un álter ego de Velasco, Olaia Pazos) salen del intrincado reto con nota. La verdad es que de lo que dan ganas es de poder leerlo sobre el papel. Poder paladearlo. Con la calma que se merece un texto tan brutal y perro como éste.

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