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Perpiñán lo tiene claro: ¡Vive la France!

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 26/09/2017 Marc Bassets
Una bandera catalana, en el mercado del centro de Perpiñán. © Toni Ferragut Una bandera catalana, en el mercado del centro de Perpiñán.

Nick Gimenez tiene un aire de viejo patriarca de Macondo. Desde la plaza del Puig, en la colina del céntrico barrio de Sant Jaume, controla los resortes de la comunidad. Está acostumbrado a mediar entre árabes y gitanos, entre gitanos y payos, y entre los propios gitanos.

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"Los comprendo, a los catalanes. Lo pagan todo ellos", dice en el catalán genuino de los gitanos de Perpiñán. "Este Rajoy es difícil, ¿eh?", continúa. "La independencia, España no la concederá".

Gimenez explica que se levanta cada día a las seis y conecta la televisión pública catalana, TV3. Y dice: "Me inquieta que acabe mal".

Dalí bautizó la estación de tren de Perpiñán como el centro del mundo, pero estos días el centro del mundo —del mundo perpiñanés, sin duda— parece situarse 200 kilómetros al sur, en Barcelona. La tensión por el proceso independentista catalán es motivo de discusión en el Consejo Municipal, hay concentraciones en la calle y aparece casi a diario en la portada de L’Indépendant, el gran diario de Perpiñán.

Para muchos París, a 850 kilómetros, queda mentalmente más cerca que Barcelona, pero estos días Barcelona y Cataluña se han instalado en el debate local.

Perpiñán es oficialmente la capital del departamento francés de los Pirineos Orientales. También es la capital oficiosa de la llamada Cataluña norte, o Cataluña francesa, o Rosellón, la parte de habla catalana que pasó al Estado francés en 1659. Cuando desde el catalanismo se habla de Països Catalans o Países Catalanes, su área más septentrional es el actual departamento francés de los Pirineos Orientales.

Miércoles, 20 de septiembre. Almuerzo con periodistas y un político en un restaurante céntrico. Llegan las noticias de las detenciones de altos cargos de la Generalitat. No se habla de otra cosa.

"Esto de hoy es catastrófico. Puede degenerar", dice en francés Olivier Amiel, un político conservador, miembro del partido Los Republicanos y adjunto al alcalde de Perpiñán.

Amiel se declara soberanista. Soberanista francés, se sobreentiende: partidario de una Francia fuerte y unida. Es catalán, sí, aunque no habla la lengua, pero ante todo es francés. Explica que algunos le llaman jacobino. Es decir, centralista.

"Incluso a mí, que soy soberanista, me molesta", dice en alusión a las detenciones.

El editorial de L’Indépendant, al día siguiente, refleja el mismo estado de ánimo. "Ayer, el poder español franqueó una línea roja. La imagen es desastrosa. Indigna. Hasta el punto de convertirse en el mejor agente de la propaganda de la república catalana…", concluye el editorialista, Thierry Bouldoire.

L’Indépendant no tiene nada de independentista: es un clásico diario regional francés, próximo al territorio y a los lectores, un diario de consensos, el más antiguo de Francia, fundado en 1846. Ni Perpiñán ni la Cataluña norte tampoco tienen nada de independentistas. Los partidarios de la secesión catalana son muy minoritarios, y en todo caso reclaman la independencia de la Cataluña sur. La eventual reunificación de una Cataluña independiente con los territorios del norte no figura en ninguna agenda.

"Estoy por la independencia de la Cataluña sur, pero no es mi lucha para la Cataluña norte", dice en catalán Brice Lafontaine, miembro del consejo municipal de Perpiñán por el partido catalanista Unitat Catalana, y responsable local de En marche!, el partido del presidente Emmanuel Macron. Antes de pensar en la reunificación, argumenta Lafontaine, habría que reconstruir el sentimiento nacional catalán en el norte. "De momento, el proyecto político de la Cataluña norte es lo que ustedes llaman las autonomías, un autogobierno como el de Córcega, previsto por la Constitución francesa".

El catalanismo mayoritario, en Perpiñán, es más cultural que político, más folclórico que reivindicativo. Albert Bausil, poeta rosellonés de principios de siglo y maestro de cantante Charles Trenet, escribió en 1920: "Somos catalanistas de espíritu, de sentimiento, de lengua, de tradiciones… Pero ante todo somos franceses".

De los elementos del catalanismo que Bausil identificaba hace un siglo, la lengua se ha diluido, y la catalanidad puede consistir hoy puramente en llevar una bandera catalana en los partidos de rugby o participar en una fiesta tradicional.

"La única condición para ser catalán, aquí, es decir: 'Je suis catalan'. En francés", dice el escritor perpiñanés en lengua catalana Joan-Lluís Lluís. "No tienes que demostrar nada más, ni que lo hablas, ni que conoces la historia de Cataluña. Ha llegado a un nivel de identidad palpable muy bajo. Es resultado de 300 años de afrancesamiento".

A la vez, precisa Lluís, esta identidad aflora esporádicamente en protestas puntuales, por ejemplo cuando la región de Languedoc-Roussillon se fusionó con Midi-Pyrénées y se rebautizó como Occitania.

La diferencia entre la Cataluña francesa y la española es que en el norte hubo un proceso histórico de afrancesamiento que en el sur no ocurrió, o fracasó. "El Estado francés nunca dejó la posibilidad de elegir. El catalán fue prohibido en la escuela con castigos físicos para los chavales. La escuela francesa democrática fue de una gran crueldad", recuerda Lluís. "Y tuvo éxito. Porque además del palo había una zanahoria". La zanahoria era el ascensor social que entre finales del XIX y la primera mitad del siglo XX proporcionó la República. Quien hablaba francés era un ciudadano. España solo ha ofrecido el palo, concluye Lluís, que se declara "francés administrativo, como hay tantos catalanes que son españoles administrativos". "Si un día hay la nacionalidad catalana, la pediré".

Laurent Gauze, un empresario de Perpiñán, es uno de estos catalanes del norte que se declara "catalán y francés". "No necesito fronteras para ser lo que soy, para tener una cultura, una raíces y una ambición", dice en francés. "No me apetece volver 300 años atrás, al tiempo anterior al Tratado de los Pirineos". Gauze, muy crítico con el independentismo, ve "desde un punto de vista egoísta" un posible beneficio económico para Perpiñán y su región en caso de independencia de Cataluña. Cree que la inestabilidad del vecino del sur puede llevar a empresas y turistas de España a desplazarse a la Cataluña norte.

Perpiñán es catalana por su historia y por los catalanes de la retirada, los que cruzaron la frontera al final de la Guerra Civil. Pero también es francesa: lugar de residencia de jubilados del norte del país y de otros inmigrantes interiores. Y es gitana y norteafricana: por los inmigrantes magrebíes y los pieds-noirs, los europeos que tuvieron que abandonar Argelia tras la descolonización. Hoy muchos votan al Frente Nacional (FN), el viejo partido de la extrema derecha francesa, que tiene en los Pirineos-Orientales, como en toda la costa mediterránea de Francia, uno de sus viveros de votos más fieles.

Louis Aliot, hijo de una pied-noir de origen valenciano, es diputado por los Pirineos Orientales en la Asamblea Nacional. También es uno de las figuras más destacadas del FN, y pareja de su líder, Marine Le Pen. Crítico con la "posición rígida" de los independentistas y con el referéndum unilateral, también lo es con el presidente español, Mariano Rajoy y con el PP: "Si hubiesen negociado hace veinte años, no estaríamos aquí". Diputado en un partido nacionalista francés que en las últimas elecciones presidenciales proponía sacar a Francia de euro, dice que observaría "con atención" cómo gestionaría Cataluña una posible salida de la moneda común.

Aliot conoce al detalle la situación al sur de la frontera. Visita con frecuencia en el pueblo valenciano de su familia. Y conoce Cataluña. En verano, él y Le Pen visitan con su fuera borda de siete metros pueblos catalanes como Port de la Selva o Cadaqués.

"España es un país amigo, y nosotros ya tenemos suficientes problemas aquí. Así que no vamos a preocuparnos de los de los demás. En Perpiñán, lo que no quiero es que la agitación catalana, española, se propague en territorio francés", dice Aliot. "Hay que vigilar".

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