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Philip Roth

Notodo Notodo 14/11/2016 José Angel Sanz

Texto: José Ángel Sanz
Eterna promesa: el Guti de la alta literatura
El estadounidense es el perenne candidato a un premio que año a año le esquiva, una distinción empeñada en dejar a un lado al escritor que más a medida parece para él. Porque en Suecia premian, no lo olvidemos, la aportación cultural y la trayectoria del autor, no el logro de alguna obra en concreto. Ahí es donde el responsable de la célebre trilogía americana cumple el perfil a rajatabla; pocos como él han incorporado al enorme corpus que es la literatura universal su propia y reconocible interpretación del mundo, y pocos como él han sido capaces de recoger e ilustrar con palabras uno de los grandes fenómenos históricos y culturales del siglo XX, la asimilación de los judíos de Estados Unidos y la definición de su, muchas veces, maltrecha identidad.

Con la decisión de los sabios suecos, a los que se ha calificado de borrachines para arriba en una cruzada sin precedentes en defensa de un concepto demasiado estricto y miope de lo que es la literatura, lo que hemos perdido tiene nombre propio en el autor de La mancha humana (2000) y La conjura contra América (2004). No por el hecho en sí, sino por sus repercusiones; es sabido que el Nobel tiene por costumbre no repetir nacionalidad del premiado en al menos dos décadas. Y si Dylan es estadounidense y judío, Roth lo es en el mismo grado. Lo que significa que toda una generación de contemporáneos a él se va a marchar sin el distintivo nórdico. Y hablamos de Don DeLillo (79), Cormac McCarthy (83) y Thomas Pynchon (79). Poca broma.


Todos menos uno
A Roth le sobran galardones para cubrir las paredes de su salón desde el suelo hasta el techo. Obtuvo el Pulitzer hace casi 30 años. El Premio Nabokov hace diez. Posee la Medalla Nacional de las Artes y, por dos veces, el Premio Faulkner. En 2011 ganó el Premio Booker Internacional y en 2012 el Príncipe de Asturias de las Letras. Por citar solo los más importantes.

Pero el Nobel es otra cosa. Es la marca global más reconocible por el mundo cultural y no cultural, la etiqueta que fusiona, interclasista, alta y baja cultura. En primer lugar, porque aún se mantiene a pie firme que la literatura es la única y verdadera encarnación de la cultura, como si el resto de manifestaciones culturales, de la música al cine, fueran menores. En segundo, porque el Nobel no tiene equiparación en globalidad y repercusión mediática mundial.

Nadie le ha preguntado a Roth qué opina de que Dylan tenga lo que a él se le ha escamoteado tantas y tantas veces. Pero es difícil imaginarle pendiente del teléfono cuando en Suecia están a punto de comunicar su deliberación. Dylan pasa de los académicos y eso sí, todos damos por hecho que Roth no lo haría, pero qué significativo sería que, si un día decidieran honrarle con su premio, él también se pusiera en modo avión.

Otro grande entre los olvidados
En resumen, hay que leer a Roth porque no ha ganado el Nobel. Porque engrosará para siempre, salvo sorpresa mayúscula, la lista de hermosos malditos junto a Borges, Nabokov, Arthur Miller o Cortázar. Ya, puestos, también se alineará junto a gigantes como Kafka, Proust, Zola o Tolstói, que ni lo obtuvieron ni falta que les hizo.

Hay que leer al gran Roth porque está retirado de la escritura y, por lo tanto, da por cerrada su producción, que ahora resulta al fin abarcable. Porque su trabajo es un gran monumento a las letras. Y porque, en este preciso momento no se puede enarbolar mayor reivindicación anti-mainstream que la de echarse a los ojos cualquiera de sus novelas.

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