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Pierre Cardin sube a escena

EL PAÍS EL PAÍS 17/04/2014 Juan Cruz

Los padres de Pierre Cardin eran de San Biagio de Callalta, en Italia; perdieron la guerra y lo perdieron todo. En Francia rehicieron la vida. Allí habían ido con su hijo, que nació en 1922. A sus 92 años el hombre que hizo democrática la moda cree que ese origen le dio la energía que conserva. La expande más allá de los vestidos y los complementos que le hicieron famoso. Y la concentra, sobre todo, pero no solo, en el teatro, al que dedica dinero y entusiasmo. En París mantiene el Espace Pierre Cardin, donde ha “puesto en marcha 350 obras” y en Venecia anda embarcado en la construcción no ajena a la polémica del Palais Lumiere, una torre a escasas cinco millas del centro diseñada en colaboración con el arquitecto Rodrigo Basilicati, su sobrino. En ella, pretende incluir varios espacios culturales.

Pierre Cardin, en la sede madrileña del Instituto Francés. © Bernardo Pérez Pierre Cardin, en la sede madrileña del Instituto Francés.

De su entusiasmo por la escena vino a hablar recientemente al Instituto Francés de Madrid. “Gracias a mi dinero he hecho teatro independiente. Nunca le pedí un céntimo a ningún gobierno. ¡La moda es mi banca!”

Su recuerdo es una concentración extraordinaria de nombres propios, desde Jean Cocteau, que fue su amigo, hasta Luchino Visconti, con quien compartió también las luces del talento. “Gente fabulosa. Cocteau era muy humano y Visconti más aristocrático”. A Luis Buñuel lo conoció con Jeanne Moreau, su gran amiga. Buñuel era “paternal y cálido, muy atento”. Fue amigo también de Pablo Neruda, y ahora, a esta edad, ya parece tener sus andares. En su cabeza hay una babel enorme, así que habla francés, italiano, inglés, español... “A España vine cuando tenía algo más de veinte años por primera vez... Y luego he venido cuarenta veces”. Su recuerdo de aquella primera vez tiene que ver “con la España mísera de la posguerra. No había gasolina, no había coches. Pero ese viaje me permitió tener tantos recuerdos”.

La mezcla de lenguas que se produce en torno a la conversación lo alienta. “Hablar todas las lenguas, ¡eso es Europa!... Cuando yo vine a España por vez primera los viajes eran larguísimos, y todo quedaba lejos de Europa. Ibas a Egipto en barco y tenías que programar un mes de ausencia... Cuando estuve en China miré Europa de lejos y me di cuenta de que este continente se tenía que unir, su porvenir era nulo siendo tan fragmentada. Por eso soy ahora un europeo tan convencido”.

¿Y por qué entre todas las artes que ha considerado suyas el teatro le ha producido ese entusiasmo? A los 14 años quería ser bailarín, “pero bailaba mal”; luego fue contable de un general y lo hizo “bien”. Era un hijo de la guerra; la Cruz Roja le ayudó a dejar Vichy, y en París quiso ser actor. “Tomé clases, pero no tenía talento, al menos no tenía el talento que se requería entonces. Yo tengo mucha memoria, retengo lo que me dicen, pero mi memoria no es repetitiva. Recuerdo de manera creativa. De modo que no servía para aquel modelo de teatro. ¡Ahora, creando a partir de un guion hubiera sido un actor!”

Era, pues, “un actor demasiado moderno. El director me decía cómo agarrar el vaso, cómo poner la cara, y pedía que lo repitiera. ¡Como si yo fuera una foto! ¡Ahora me aceptarían!” En 1971, gracias a los beneficios que le dejaba la moda, se tomó la revancha. No se hizo actor pero creó en París el espacio Pierre Cardin, donde programa teatro, danza y música. “Para ninguna de esas piezas pedí una subvención”. Apabullan los nombres propios que juntó bajo su manto, sobre esos escenarios: él mismo subraya los nombres de Josep Maria Flotats, Marlene Dietrich, Marcel Marceau, Gerard Depardieu, Isabelle Adjani, Regine, Juliette Greco... Pero pone en un renglón especial a Bob Wilson, a quien catapultó en el mundo. Su espacio es el teatro pero abarca el universo. “Y el mundo me ha hecho libre, mirar a todas partes desde la energía del teatro... He perdido dinero, pero he sobrevivido gracias a Pierre Cardin. ¡Pierre Cardin es mi banca y es mi marca!”.

Pero, para hacer todo esto, para poner en escena a Lewis Carroll, a Gerard de Nerval, a Ionesco, a Cocteau, a Marguerite Duras o a Sam Shepard hace falta voluntad y energía... “Esa me viene”, dice Pierre Cardin, “porque tenía las fuerzas y los medios para hacerlo; quizá no tenía talento, pero sí los medios, y nunca necesité el apoyo de la política. Jamás pedí un céntimo”. Su amigo Cocteau decía que había que cultivar la diferencia, en la literatura y en la vida, “y eso he hecho yo, cultivar la diferencia”.

La diferencia, y la salud. ¿Cómo se encuentra ahora? Ahí se relaja, mira atrás, hace recuento: “En este momento me encuentro muy bien. He conocido a la gente más brillante e inteligente del siglo XX. Conocí a Visconti, a Montherlant, a Cocteau, los vi como seres humanos y los vi como artistas... Y me ayudaron a vivir la vida, contemplándola desde todos los puntos de vista. He sido embajador, académico, he tenido premios. Tengo energía. Viene de que soy italiano, de que mis padres lo perdieron todo, de que había que reconquistar la vida. De esa fuerza viene todo, de la conciencia de que el trabajo es más honorable que la guerra”.

“Voilá!”, exclama, y se va a hablar de teatro, una de sus fuentes de energía.

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