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Poner fin a una insoportable pleitesía

EL PAÍS EL PAÍS 24/05/2014 Soledad Gallego-Díaz

No es razonable suponer que el resultado de las elecciones que se celebran hoy pueda producir un cambio sustancial en las actuales políticas europeas. Puede, sin embargo, tener influencia en la dinámica institucional de la Unión y eso, aunque parezca un tema burocrático, sin el menor interés, es importante, porque puede acabar, por ejemplo, con la vergonzosa alianza que ha existido, durante toda esta crisis, entre la Comisión Europea y las fuerzas dominantes en el Consejo, es decir, con las fuerzas conservadoras aliadas al Gobierno alemán.

Poner fin a la insoportable pleitesía que ha rendido José Manuel Durão Barroso a las fuerzas políticas preponderantes en el Consejo, con el resultado comprobable de que los más fuertes han impuesto su criterio a los más débiles, sin resistencia institucional alguna, sería ya una novedad esperanzadora.

Un nuevo presidente de la Comisión que busque la alianza con el Parlamento podría romper esa impropia coalición, recuperar la iniciativa y ayudar a combatir la asfixiante ortodoxia que impregna el actual análisis europeo. No supondría un cambo radical de políticas, por supuesto, ni quitaría poder a los jefes de Estado y de Gobierno, pero, al menos, dejaría entrar un poco de aire en el grosero acatamiento del conjunto de dogmas políticos y económicos que dominan la Unión Europea hoy día.

No será fácil, porque las fuerzas dominantes en el Consejo ejercen mucha presión para que no se abra la puerta al análisis público de los errores cometidos en la gestión de la crisis, mucho menos a la cuantificación del coste social y humano, a menudo innecesario y cruel, que se ha obligado a pagar a los ciudadanos, que no eran los responsables del estallido del sistema financiero. La nueva Comisión, su nuevo presidente, debería animar ese análisis crítico, algo que comienza a despuntar, pero que se encuentra con enormes dificultades internas. Da incluso la impresión de que el Consejo se dispone a corregir alguno de los errores más garrafales, siempre que se haga sin autocrítica previa. Una nueva Comisión que aceptara algo así sería decepcionante, porque estaría permitiendo, por puro interés de grupos políticos concretos, una verdadera chapuza intelectual, indigna de Europa.

Hace pocas semanas, uno de los principales asesores económicos de Durão Barroso admitió lo que ya han señalado muchos economistas europeos, norteamericanos y japoneses, es decir, que las políticas desarrolladas por la Unión para hacer frente a la crisis han tenido importantes aciertos, pero también muy graves equivocaciones, errores que pudieron ser evitados con actitudes menos doctrinarias.

El asesor de Durão Barroso aludió en concreto a las decisiones tomadas con respecto a Irlanda y admitió que el Gobierno de Dublín “fue acosado” en beneficio de los bancos alemanes y franceses que querían recuperar sus créditos inmediatamente y por encima de cualquier otra consideración. Visto con perspectiva, vino a decir, no fue ni justo ni razonable amenazar y perseguir a los irlandeses como se les amenazó y persiguió, sin que la Comisión levantara un dedo para impedirlo. ¿Se podría ampliar ese mea culpa a otros países? Es difícil no pensar en Grecia, en Portugal o en la propia España, con un paro que oscila entre el 25% y el 26%.

El señor Durão Barroso, elegido en su día a puerta cerrada, sin mayor explicación para los ciudadanos, se irá a casa después de estas elecciones, o mejor dicho a algún puesto bien remunerado donde se le reconozcan sus verdaderos méritos. Le sustituirá alguien al que habremos votado directamente, porque es imposible que el Consejo ignore la exigencia de que el candidato a presidir la Comisión sea el jefe del grupo que obtenga más escaños. Luego se verá si es capaz de reunir la mayoría parlamentaria necesaria y, si la ventaja es pequeña, quizás sean necesarios varios días para cerrar esa negociación con los cada vez más importantes y decisivos grupos pequeños. Pero, sea como sea, en la próxima crisis, el presidente de la Comisión habrá sido elegido con nuestros votos, sin secretos, y podrá negarse perfectamente a hacer los reverentes besamanos de su predecesor. Aunque solo fuera por evitar ese espectáculo, merecería la pena votar.

solg@elpais.es

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