Al utilizar este servicio y el contenido relacionado, aceptas el uso de cookies para análisis, contenido personalizado y publicidad.
Estás usando una versión más antigua del explorador. Usa una versión compatible para obtener la mejor experiencia en MSN.

Por amor al arte de Terpsícore

EL PAÍS EL PAÍS 25/05/2014 Roger Salas

No es de recibo para la Compañía Nacional de Danza (CND) bailar en el teatro de ópera más importante de España con la música de Chaicovski enlatada (y da igual si el Ballet de la Ópera de París una vez lo hizo así en La Bastilla, con esta misma e inapropiada grabación). Es muestra de flojera y de que el ballet, para este coliseo madrileño, es menos que nada. No hay mucho que decir de Allegro brillante salvo que la selección de la bailarina principal es errática e inadecuada y que ese ballet, que ya ha formado parte del repertorio de dos compañías españolas otrora lo hacían infinitamente mejor entonado, en estilo, bailando en música, con sentido parejo de conjunto. Algo parecido pasa con In the middle… (lo bailó la CND en 1992 con mejor fortuna), donde la plantilla, falsamente escudada en el cierto desenfado implícito al estilo, muestra otra vez sus debilidades. No pide el coreógrafo relajo en la terminación del fraseo, sino desinhibición en la prosecución del tema principal y su ampliación progresiva, un ejercicio complejo de arte poético que hoy ya es canónico de un género y de su poderosa influencia sobre la estética de los últimos 25 años; el propio Forsythe sintió “autofascinación” y metió de clavo este material literal en la segunda sección de Impressing the Czar (Fráncfort, 1988). Anteayer faltó destaque y asiento, peso en las figuras.

Problema añadido a este estreno es la megafonía, ni se oía decentemente el piano de Allegro brillante (obra creada en 1956) ni la electrónica de Willems en el segundo ballet, que data de 1987. Y es que, precisamente Balanchine puso en práctica aquí por segunda vez una asociación entre cadenza pianística y bravura del material coreútico expresado sobre la figura principal femenina, un forzado al virtuosismo ligado que ya apareció en Ballet imperial (1941) basado en el Concierto para piano y orquesta número 2 del mismo compositor.

Es atinado recordar que fue el mismo año crucial de 1941 en que hizo Concerto barocco (Bach), fecha que los teóricos dan como definitiva en la cristalización del estilo balanchiniano y de su criterio columnario: “El ballet no es intelectual, sino visual”.

Pero es que todo ballet es visual, aún con un gran poso intelectual, como es el caso de Mats Ek, capaz de exprimir un jugo substancial a los argumentos más cotidianos. La frase de Ek —“La puesta en escena social, como tal, es muy rica”— se explica por sí misma y adquiere el mismo peso que la frase precedente de Balanchine, sirve de canon estético, de exergo o lema. La mejor parte de Casi-Casa está en las tres secciones centrales (aspiradoras / paso a dos de la puerta / trío masculino), pero es en general un ballet potente y compacto, lleno de deliciosas claves sutiles en que el espectador escoge su personaje y termina el dibujo; el que ve debe contribuir a la gráfica final.

Puede Casi-Casa inscribirse en la estética de Ek dentro de sus ballets de ambientes domésticos, donde un ámbito cerrado (y hasta opresivo) se abre por virtud de la riqueza del movimiento y su expresividad, con la presencia de símbolos útiles (puerta, sillón, la invisible e hipnótica televisión). Tal es la voluntad de estilo para llevar el “qué se dice” hasta un programa estricto y propio del “cómo se dice”, que el resultado es tan redondo como vivificador. No es un tono alegre, pero hay un proceder repleto de ternura sobre la acción, una búsqueda de acción bailada para poblar ese universo que si estrecho, a la vez es un mundo.

Fue Casi-Casa lo mejor de este programa ensalada, lo más digno, y esta evidencia viene a demostrar para lo que la compañía, en su estado actual, está preparada y para lo que no. No es aventurado sugerir que a esto es a lo que se debía dedicar la CND; a este tipo de obras contemporáneas debía concentrar sus esfuerzos y magros recursos, pues es donde el resultado no rechina y donde hay un nivel de representatividad aceptable con la condición de agrupación de titularidad nacional (y estatal), y por consiguiente, de los mínimos exigibles a su rango. Los bailarines a las puertas del Real repartían unas cuartillas reivindicativas de sus derechos al cobro de horas extraordinarias, e intentaban (con algunas faltas de ortografía) un juego de palabras con aquello de “por amor al arte”. Nada es nuevo: ni bailar por amor al arte de Terpsícore [musa de la danza], ni que se repartan sueltos, ni que la CND arrastra males endémicos que la lastran de por vida. Probablemente, visto lo visto, la solución esté en otro dicho: “borrón y cuenta nueva”.

Gestión anuncios
Gestión anuncios

Más de EL PAÍS

image beaconimage beaconimage beacon