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Por cuenta de Ray

El Mundo El Mundo 05/06/2014 LORENZO SILVA

John Banville ha declarado en más de una ocasión que cuando escribe con su identidad literaria digamos primaria, la que desarrolla bajo su propio nombre, sufre más que disfruta con la escritura. Por suerte para los lectores, de esas tribulaciones del escritor luego salen páginas como las de El mar, donde al lector le cabe intuir el padecimiento del autor, pero egoístamente puede olvidarlo para disfrutar de la belleza del resultado.

Cuando escribe con su segunda identidad, esto es, como el autor de novela negra Benjamin Black, todo cambia. No sólo la escritura le resulta una labor mucho más gozosa, sino que con los libros que bajo ese seudónimo le salen ha cosechado el éxito ante el gran público y de paso el dinero que sus otros trabajos, más densos, y pese a todo su prestigio, no le reportaban.

Como Benjamin Black, en suma, John Banville se permite ser feliz y ligero, y escribe igual de bien, por lo que habrá que considerar a su alter ego negrocriminal copartícipe de este Premio Príncipe de Asturias. Y hay alguien más a quien este lector se permite considerar galardonado y reconocido, muchos años después de su muerte y tras haber padecido el desdén de los críticos y de los mandarines literarios de su tiempo. Lo último que nos ha servido Banville disfrazado de Black, su libro más reciente en nuestras librerías, es justamente La rubia de ojos negros, novela protagonizada por Philip Marlowe, el detective de Raymond Chandler, y escrita con el permiso de sus herederos, que confiaron en Black-Banville como el escritor más idóneo para volver a dar vida a este héroe inolvidable del siglo XX.

He aquí que no sólo Banville y no sólo Black, sino que también Marlowe es Premio Príncipe de Asturias. Al viejo Chandler, tan injustamente tratado en vida, se le ofrece esta reparación póstuma, que cualquier día podría completarse y redondearse con el Nobel. Quiere uno creer que a Banville no le importa que así sea y que parte del reconocimiento lo recibe por cuenta de Ray, uno de esos escritores a cuya estirpe pertenece, de esos que saben que contar no es sólo narrar los hechos y mostrar a los personajes, sino perseguir la poesía escurridiza que se oculta en ellos. Un Príncipe de Asturias, pues, triplemente acertado.

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