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Por qué miles de niños de toda España aprenderán a programar este verano

El Confidencial El Confidencial 30/06/2016 Rocío P. Benavente

Alicia tiene 12 años, el pelo oscuro y el cuerpo pequeñajo e inquieto. Está de pie en medio de la clase con un mando a distancia en las manos y sonríe nerviosa. Está a punto de comprobar, y con ella todos los presentes, si ha montado correctamente el pequeño dron en el que lleva trasteando media mañana. Lo sitúa en posición ("Las helices naranjas hacia delante", le recuerda Luis Simarro, el profesor), se retira un par de pasos y aprieta el acelerador.

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Las cuatro helices zumban inmediatamente, pero el despegue requiere un par de intentos. La batería que se descoloca y algún desajuste mejor son rápidamente solucionados. Finalmente el pequeño cacharro se levanta del suelo, planea primero a un palmo del suelo y luego comienza a tomar altura rápidamente. Tras un par de quiebros, termina estrellándose contra un pared y de vuelta al suelo. No importa, el trabajo de Alicia ha sido un éxito. La jovencísima piloto sonríe orgullosa.

Estamos en un colegio en Montecarmelo, al norte de Madrid, y aunque el curso ha terminado, aun hay ajetreo en las aulas. Aquí se organizan campamentos tecnológicos de distintos temas y para distintas edades de Camp tecnológico. En uno de ellos, cinco chavales de entre 12 y 16 años llevan una semana utilizando impresoras 3D y aprendiendo a programar con placas de Arduino para crear sus propios drones.

Alicia es parte de ese taller. Nos asomamos a su pupitre un rato antes de que su obra por fin despegue. Está trabajando mano a mano con Paloma, una de sus compañeras. Con sus pequeñas y hábiles manos conectan cables y aprietan tornillos que parecen complejos a ojos de esta periodista recién llegada. Ellas aseguran que no es tan difícil: solo hay que cojer la carcasa (hoy trabajan con un kit prefabricado, pero me enseñan las piezas que imprimieron ayer), colocar todos los componentes siguiendo el esquema que ha dibujado Luis en la pizarra, cerrar la carcasa y apretar los tornillos. "Es como montar la sorpresa de un huevo Kinder, pero un poco más difícil", les digo. Y se ríen.

Íñigo hace volar su dron. Las piezas amarilla y negra las ha fabricado también él con una impresora 3D. © Proporcionado por El Confidencial Íñigo hace volar su dron. Las piezas amarilla y negra las ha fabricado también él con una impresora 3D.

Tecnología en las aulas... aunque sea en verano

Jesús Ángel Bravo es el director de estos campamentos, en los que se aprende robótica con Arduino, impresión 3D, programación de LEDs, creación de mundos en Minecraft, programación de videojuegos..  Cuenta que la idea surgió en Bilbao, donde vive con sus hijos, al ver que la educación en España presta poca atención a la tecnología y su manejo por parte de los niños. "Intenté trabajar desde dentro del sistema escolar, desde la asociación de padres del colegio, para promover que aprendiesen este tipo de cosas, pero fue imposible". Demasiadas normas demasiado estrictas como para impulsar un cambio. La forma de hacerlo, concluyó, era desde fuera.

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Alicia y Paloma lo tienen todo controlado. Lucas parece más perdido. No hace más que perder y encontrar una y otra vez los tornillos que necesita para fijar la carcasa de su dron, ya montado. Las chicas le dicen que no se preocupe, que no los necesita todos. Él los cuenta para asegurarse que tiene los 10 que tenía al principio. Los números no le cuadran. A su lado, Íñigo ha sido el primero en montar su dron, que ya revoloteaba cuando llegamos al aula, y ahora trastea con el ordenador intentando programar una tira de luces LED para que se enciendan y apaguen a su voluntad.

Lucía, la futuro médico, trabajando en su dron © Proporcionado por El Confidencial Lucía, la futuro médico, trabajando en su dron

Lucía tiene 16 años y es la mayor de la clase. Está concentrada en su dron y pregunta al profesor un par de detalles antes de terminar el montaje. "¿Por qué te interesaba este taller, Lucía?", le pregunto. Marchando una ronda de madurez e ideas claras: "Yo quiero hacer Medicina, y creo que saber manejar una impresora 3D puede servirme en el futuro, en áreas como la odontología, por ejemplo". Vuelve a concentrarse en su trabajo.

Tres mil niños en toda España

Talleres extraescolares, vacaciones de navidad y de verano... Bravo pensó que si la tecnología no tenía un hueco en la programación escolar, quizá sí lo tuviese fuera de ella. "Empezamos poco a poco y este verano tendremos en total más de 3.000 niños". Hay cinco colegios más en Madrid y otros en el País Vasco, Cantabria, Cataluña, Galicia, La Rioja, Navarra... Estarán funcionando todo el verano en unidades de una semana. Los precios rondan los 200 euros el taller, aunque varían en función de la temática y hay distintos descuentos. 

Rodrigo y Miguel programan su robot. No es fácil decir qué representa exactamente. © Proporcionado por El Confidencial Rodrigo y Miguel programan su robot. No es fácil decir qué representa exactamente.

En la clase de al lado, otros seis aprendices de ingenieros montan y programan un robot. El profesor nos cuenta que empezaron programando en Scrach, un lenguaje de programación visual orientado al aprendizaje de los niños. y que hoy están trasladando lo aprendido a robots relativamente simples construidos con piezas de Lego. En esta clase, Leire de 12 años es la mayor y Miguel, que no tiene más de 7 es el más pequeño. "Eran poquitos, así que hemos juntado los dos niveles". 

Dependiendo del nivel, sus instrucciones tienen más o menos páginas, pero todos están construyendo su robot y mejorando sus funciones con ideas que se les van ocurriendo. "Les pedimos ambas cosas: atención para seguir los pasos, y creatividad para que hagan sus aportaciones". El robot de Leire y Azucena, las mayores, es como un pequeño tanque que, en teoría, podrá seguir un recorrido marcado y girar cuando se le ordene. El de Miguel y su compañero, Rodrigo, es difícil de definir. Parece un animal con dos tentáculos giratorios, como si fuesen batidoras. 

Azucena y Leire programan sus robots. © Proporcionado por El Confidencial Azucena y Leire programan sus robots.

Algunos de los talleres se organizan con el reclamo de atraer especialmente a las chicas. Bravo asegura que, en realidad, no es a ellas a las que hay que convencer, sino a sus madres. "En la mayoría de los casos, y sobre todo cuando los niños tienen menos de 11 o 12 años, son las madres las que deciden qué harán sus hijos en verano. Sacamos estos campamentos 'para chicas' (a los que pueden apuntarse también los niños) para decirle a las madres que la tecnología también es para sus hijas". Y la estrategia parece funcionar: las chicas pasaron de suponer el 11% de los participantes en estos campamentos, al 23%. No es suficiente, pero es un comienzo. 

Echamos un último vistazo a las aulas antes de irnos. Los drones (o los restos de sus accidentes) se esparcen sobre los pupitres en los que los chavales trastean para terminarlos y se ayudan entre sí. En la mesa del profesor, una impresora 3D y dos drones de mayor tamaño son el objetivo a alcanzar. Su base es la misma, una placa de Arduino. Mañana pasarán a montar un dron mayor, por parejas. "No podemos ir más allá por cuestión de tiempo y también porque la legislación limita el tamaño y peso de los drones que se pueden pilotar sin licencia. Pero espero que sea suficiente para que les pique el gusanillo", termina Luis. 

Los drones que los chicos imprimeron ayer descansan sobre la mesa mientras montan otros más complejos. © Externa Los drones que los chicos imprimeron ayer descansan sobre la mesa mientras montan otros más complejos.
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