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Primeros indicios de un Sónar alucinante

El Mundo El Mundo 13/06/2014 JAVIER BLÁNQUEZ

"Creedme: no habéis visto nunca un Sónar tan espectacular como el de este año. VAIS A ALUCINAR". Esto lo dijo ayer Ricard Robles en su cuenta de Twitter. Robles, que es uno de los co-directores del festival, es de ese tipo de personas que harían suyas las palabras de don Benito Pérez Galdós, el escritor decimonónico, autor de La de Bringas que salía en los antiguos billetes de 1.000 pesetas, que un día, cuando una mujer le reconoció en un café y le pidió que le dijera algo, respondió entre la literalidad y la doblez: "mire, señora, es que yo no hablo a tontas y a locas". Robles tiene que defender su festival, sólo faltaría, pero cuando dice que este año va a ser el más espectacular de todos los 21 que ya lleva celebrados Sónar, hay que darle un voto de confianza, porque Robles es más de fiar que Batman. Primera conclusión extraída de la primera jornada de la cita anual con la música electrónica, el new media y la tecnología aplicada a la creación cultural de vanguardia: si esto fuera el polígrafo de Conchita, la del Sálvame Deluxe, la máquina afirmaría que Ricard dice la verdad.

Aún hay dos largos días por delante, pero el jueves ha sido de los de salir con toda la sangre alterada y los niveles de endorfinas bien disparados. Para empezar, el recinto de Sónar de Día -que en 2013 cambió del antiguo y jibarizado CCCB a los tuneadísimos y amplios pabellones de Fira de Barcelona- ha recibido un lifting cuidado en el diseño de la planta, los espacios son ahora más amplios, las comunicaciones más rápidas, los pasillos más dilatados, los accesos más limpios. Aunque el jueves es el día suave en cuanto a público, todo el Sónar se veía lleno, pero a la vez se notaba ancho, cómodo. No son adjetivos sinónimos de alucinante, pero se agradece la holgura, el poder sentarse sin tener que recurrir a la violencia física, poder llegar a las primeras filas de los escenarios, escuchar la música con la transparencia y curvatura refulgente que exigen las músicas de baile y/o experimentales.

Por ejemplo, uno de los artistas más desconocidos, pero a la vez más exquisitos, del día de ayer, Chris Madak. Madak se esconde bajo el alias Bee Mask y es uno de los productores más representativos de la corriente neo-analógica, es decir, puristas de los sintetizadores y los secuenciadores primitivos, de la década de los setenta, y que cultiva un sonido deudor de los planeadores alemanes de los 70, gente como Ash-Ra o Klaus Schulze. Madak se benefició de la acústica impecable del escenario SónarHall para diseñar un viaje al fondo de la galaxia, generoso en timbres cálidos. Cuando acabó, con el fragmento final de su pieza Vaporware, el espacio estaba invadido por campanillas que repiqueteaban en todas direcciones que recordaban a momentos memorables como aquel remix de Beaumont Hannant para Autechre (Basscadet) o el Blue marlin de Steve Hauschildt.

© Proporcionado por elmundo.es

Despacio

Incluso el espacio al aire libre, el Village, con su verdor de césped de minigolf, que el año pasado se resintió un poco por falta de vatios y de nitidez, en este 2014 ha mejorado sustancialmente. Ocurre que ya no es forzosamente el espacio central y pivotal de Sónar de Día; como la administración aquello se ha descentralizado y el bullicio te lo encuentras en cualquier parte. Y, sobre todo, en un rincón en especial, la joya secreta (aunque ya no tanto) de este Sónar 2014: Despacio. Despacio es una mezcla entre club e instalación impulsada por James Murphy (ex LCD Soundsystem) y 2manydjs, en la que diariamente pinchan durante seis horas y todo en vinilo. Se trata de la recuperación del espíritu y la tecnología de las viejas discotecas de Nueva York de principios de los años 80, en las que se mantuvo viva la llama de la música disco -en su fase más progresiva, mutante y deep- combinada con un desarrollo puntero de la tecnología hi-fi.

Tal como nos contaba el DJ zaragozano Carlos Hollers, que no se lo perdió, los altavoces -dispuestos en torres formando un perímetro octagonal- eran de válvulas, analógicos y vetustos, pero más claros que el agua de la primavera. En el centro de la pista de Despacio sientes cómo la música te traspasa la piel, entra por la parte abierta del intestino y coloniza tus tripas con grooves entre lo art-disco, el house primitivo y la new wave cósmica. Por perfección de sonido y selección musical, parece como si Murphy y 2manydjs hubieran querido rendir un homenaje al club más mítico de los 80, el Paradise Garage de NY. Quien entraba en Despacio, quería salir ídem, o incluso no salir: es una burbuja de éxtasis glorioso dentro de Sónar. Hoy repetiremos, por la gloria de Larry Levan.

Despacio ha sido lo más grande del jueves, pero no lo único. Varios momentos top los encontraríamos en el concierto disparadero del Hall, con los barceloneses Balago -sabía mal que pararan entre pieza y pieza y dejaran silencios incómodos, cuando a su música ambiental y cargada de tensión le sienta bien la continuidad; aún así, nos dejaron claro que les encanta la música que compuso Brad Fiedel para la banda sonora de Terminator, con esas líneas de bajo metálicas y las progresiones amenazantes-, y en las primeras horas del Village, donde se sucedieron dos mujeres cañón del pop electrónico actual. Primero MØ, una danesa con un sentido del espectáculo sin dobles sentidos -se bajaba a cantar entre el público, iba vestida de colegiala dark con minifalda y escotazo, todo negro- y con una banda rockera que, todo sea dicho, quedaba un poco 'antigua' en el contexto de este Sónar en el que se ha reducido a lo mínimo el relleno filo-indie. Más tarde, nuestra gallega favorita, BFlecha, que se lo hace todo ella sola -manejar un Juno-60, dos micrófonos (aunque uno no le iba), varias máquinas más, cantar con dulzura, bailar y recuperar el sonido electro-boogie y synth-pop de los 80 sin que pareciera que hubiera olorcillo de alcanfor o restos de polilla- y triunfó como merecía.

Aunque para momento cumbre, lo de Nils Frahm. Este pianista alemán, que asegura debérselo todo a Keith Jarrett, es también un consumado exprimidor de sintetizadores antiguos y un virtuoso de las teclas, ya sean las mecánicas o las analógicas. Mezclando piano clásico con Moogs, lenguajes como los del impresionismo, el jazz, el techno y la música kosmische alemana, Frahm consiguió hacer gemir y gritar al público con sus piruetas al teclado, que tocaba como si tuviera cinco escorpiones en cada mano. El tramo final, que duró como unos 20 minutos, fue prodigioso: mientras a Frahm le chorreaba el sudor barba abajo, con un zapato por ahí tirado -lo vive tanto que se le escapa el calzado-, tocando arpegios complejos al piano que parecían las viejas secuencias hipnóticas que programaba Chris Franke en los buenos días de Tangerine Dream y evolucionándolas hacia un tipo de trance alemán a lo Cosmic Baby / Paul van Dyk, lo suyo fue de caer de rodillas como el pueblo de Israel ante el becerro. Coincidió con el espectáculo visual de Daito Manabe en la otra punta del festival, que nos lo perdimos: gente de mucha confianza asegura que fue lo mejor del día, y les creemos. Nils Frahm puede ser Dios, pero los demás no somos ubicuos.

De entre lo mejor también hay que destacar el concierto de Ben Frost. La otra apuesta industrial y de mal rollo del día, la de Chris & Cosey -el mítico dúo escindido de Throbbing Gristle, que escribió auténticos himnos de la cold wave más emotiva de los 80-, tuvo un problema: fue demasiado trotona, demasiado techno, o mejor dicho, demasiado EBM, con bombos férreos programados por Chris sobre los que Cosey añadía voces filtradas por un megáfono, guitarras y ruidos diversos. Estuvo bien como estímulo bailable, aunque plano como estímulo terrorífico. Pero Ben Frost sí da miedo. El músico islandés, joven leyenda del noise ascético, se presentó con cacharros, dos baterías, sus influencias a partes iguales entre el metal y los drones, e hizo del SónarComplex un espacio en tensión, a punto de rozar varios límites de tolerancia al estrés.

Semi estrenos

Para acabar el día, había dos opciones, que a la vez eran (semi) estrenos mundiales de nuevos espectáculos: la de Plastikman en SónarVillage o la de Massive Attack en el espacio de Sónar de Noche, en la velada inaugural. Decimos 'semi' porque lo de Plastikman proviene de una performance del año pasado en el museo Guggenheim de Nueva York y lo de Massive Attack llegaba con un par de conciertos de rodaje en Bulgaria y Turquía. Optamos por Massive Attack, aunque dejando a una espía de confianza en Plastikman -a quien identificaremos como Topanga-, que nos explica lo sucedido: Richie Hawtin, con su nuevo peinado tipo mohicano/Neymar Jr., se dedicó a desgranar su último disco, editado el mismo martes, y de título EX, desde una pasarela que conectaba el escenario principal y un obelisco de luz que reaccionaba a la música -aunque sin fliparse; reaccionaba al estilo de los visuales del tradicional Windows Media Player-, sin incentivar el baile ni tampoco la tensión experimental, quedándose en un cómodo término medio que alcanzó momentazos de expectación, un clímax sin orgasmo, cuando tocó EXpire. Gracias, Topanga.

Con lo de Massive Attack pasó un poco lo mismo: se esperaba mucho, y al final dieron menos de lo deseado. La banda de Bristol viene con un montaje escénico renovado -aunque no el repertorio: la grasa sigue estando en los hits de siempre, Teardrop, Safe from harm, Inertia creeps, Unfinished sympathy, Angel, etc.-, pero esa renovación es parcial: si la anterior gira ya consistía en una gran pantalla trasera (y lateral) que emitía mensajes provocadores sobre cifras de muertos en Iraq y demás denuncias humanitarias, los Massive Attack de 2014 continúan con la misma tecnología, pero mensaje algo distinto: presupuestos militares, búsquedas perturbadoras de Google, composiciones de drogas, marcas líderes del imperio consumista y demás proclamas contra nuestro mundo hipervigilado y arrodillado al capital, que diría Pablemos. Otro problema fue el sonido: espeso para la espaciosidad que necesitan, aunque probablemente lo corrijan para el segundo pase del show, este sábado.

¿Va a ser el Sónar más alucinante de la historia? Es mejor no poner la mano en el fuego, todavía queda mucho festival por delante. Hay conciertos que han cumplido y otros que no, sin olvidar que lo que más suma es la experiencia en conjunto, la más cómoda de los últimos tiempos. Pero nos vamos llevando ya buenos instantes para la saca y el recuerdo. Y ya se sabe, que con la comodidad bajan las defensas y a la que te descuidas viene el síndrome de Stendhal y zasca.

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