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Princesas del Pacífico

Notodo Notodo 14/04/2016 Miguel Gabaldón
Imagen principal del artículo "Princesas del Pacífico" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Princesas del Pacífico"

"¡Escucha, escucha niña!" "Qué". "Cuéntate algo, anda hazme el favor". Pues te voy a hablar de una tía castrante y una sobrina poco agraciada, unas figuras grotescas pero perfectamente identificables de nuestra geografía española. "¡Escucha, escucha niña!" "Qué.""¿Y en qué momento pasa? Que sea en navidad, que me gusta a mí". Pues sí, tita, una época del año, la Navidad, en la que todo debe ser felicidad y jolgorio, pero que ellas sustituyen en su pobreza por reírse de las desgracias ajenas a través de la pantalla del televisor. "¡Escucha, escucha niña!" "Qué" "¿Pero algo más habrá, no?" Que les toca un premio, un crucero que les sacará de ese zulo a donde no llega el sol y obligará a enfrentarse a una sociedad para la que no están preparadas (sociedad tampoco preparada para ellas, desde luego). "¡Escucha, escucha niña! ¿Pero esto está bien entonces o no?" Pues es una de las funciones más redondas, críticas, oscuras y divertidas que se pueden ver en la cartelera. Y con dos auténticos monstruos en escena. "¡Escucha, escucha niña!""Qué pesá que eres, ojú.""¿Y cómo se llama esta obra que dices que está tan bien, que lo mismo me voy a verla?" Pues Las princesas del pacífico, de José Troncoso, que regresan al circuito escénico de la capital, esta vez en el Teatro Guindalera.

"Ajá..." Pues sí. La obra, escrita a base de juego e improvisación por Troncoso, Alicia Rodríguez y Sara Romero, es un delirio esperpéntico con muchos aciertos. El primero, un texto inteligente que consigue retratar una situación (la de dos mujeres asfixiadas en una relación a los márgenes de la sociedad, sin recursos, que ríen con risa negra por no llorar a moco tendido) y la de todo un país, poniendo sobre el tapete de crochet (como los que delimitan el escenario) las carencias de una nación entera. Pero haciéndolo con un tono bufonesco y extremo que lleva el retrato al límite, para extraer una carcajada que sale de lo más profundo de la tristeza y estalla en la cara del público presente. Como una lluvia de confeti que, cuando te cae encima, decubres que está raído y sucio. El ritmo, la forma de narrar esta odisea marítimo-social de la tía y la sobrina, la profusión de detalles (un auténtico océano de detalles que enriquecen la propuesta), la utilización de las elipsis y el espacio escénico, el rapidísimo ritmo y el uso de todos los elementos de la puesta en escena (tremendamente parca en cuanto a escenografía por otra parte, apelando muy teatralmente a la imaginación del espectador, como debe ser) consiguen que el espectador viaje con pasión junto a estas dos mujeres.

Pero el espectáculo no sería lo que es sin dos actrices espectaculares, que juegan, disfrutan, lloran y ríen en escena, entregándose por completo a sus personajes y al público. Una auténtica gozada ver a Alicia Rodríguez como esa tía, llena de prejucios, controladora y excesiva pero también portadora de un cariño infinito a su sobrina ("no, no es mía, pero está a mi cargo" como ella dice, tocándose el corazón) y a Belén Ponce de León, esa Lidia, chiquilla grande, un personaje precioso y lleno de ilusión pero que no podrá ser más que una desgraciada durante el resto de su vida. Las dos dibujan unos caracteres extremos pero tan reconocibles que en ocasiones dan ganas de llorar. Una esperpéntica maravilla lo que consiguen, el tremendo trabajo físico, gestual, miradas, sus chascarrillos y pequeños gestos de complicidad que denotan un conexión especial entre las actrices, como lo es entre tía y sobrina compartiendo un minúsculo "caramarote".

Escoger un momento a destacar es casi imposible, dado que la función entera es un no parar, una catarata de carcajadas (aunque todo depende, por supuesto, del tipo de humor de cada cual). Pero cierto es que el momento de las hamacas ("Qué bien, oye... Qué bien. Qué a gusto. Si no fuera... Fíjate bien lo que te digo: si no fuera porque estas sillas son incomodísimas... Pero vamos, que por lo demás mu bien, ¿eh? Oye qué bien.") es de llorar de la risa, literal. Y lo grande de esta función que logran que estas lágrimas de risa se transformen en lagrimón al borde del abismo en los momentos dramáticos. Como por ejemplo la interpretación de Historia de un amor de la tía. O el momento de esa pérdida de la inocencia de la sobrina.

En definitiva, un espectáculo negro, muy negro, con un fondo oscuro y durísimo (y es que perfectamente podría formar parte de la crónica de esta España negra que tenemos en la sangre) que presenta a sus delirantes personajes con cariño y sin mirarles por encima del hombro en ningún instante. Algo que honra a sus creadores, convirtiéndolo en honesto y haciendo más grande todavía esta pequeña gran joya. Un espectáculo prácticamente perfecto. Bueno, "Si no fuera... Fíjate bien lo que te digo: si no fuera porque...". Si no fuera porque nada. Que es perfecto. Y punto. Así que todos a subirse a este barco a la voz de ya.

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