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Probamos NES mini, más nostalgia que consola

Logotipo de ABC ABC 01/12/2016 J.M. Sánchez
Probamos NES mini, más nostalgia que consola © Proporcionado por ABC Probamos NES mini, más nostalgia que consola

La nostalgia es un dragón de dos cabezas. Una de ellas es buena. Causa empatía. Gusta a muchos. Es seductora. La segunda es maligna. Rompe la magia del recuerdo. Anula la parte más onírica y ensoñadora de los acontecimientos que se instalan en el cerebro, que por suerte todos tenemos uno. Algo así es la consola de Nintendo NES mini. No es una consola ad hoc, o sí, porque se puede jugar a videojuegos, pero no los más actuales. Sí atrae y contenta, pero puede que más de uno sienta más ternura que emoción. En cualquier caso, estamos ante un emulador de juegos retro y, en líneas generales, cumple con lo que promete.

Eso sí, es un detalle bonito. De pequeñas dimensiones (tiene un tamaño un poco más de una mano), el dispositivo es una réplica exacta de la consola tradicional, aquella consola de 8 bits que hizo furor en los ya -desgraciadamente- lejanos años ochenta. En concreto, se lanzó en 1986, de ahí la efeméride. Como tal objeto retro, permite mover juegos de antaño, de esos que a día de hoy un niño -el hijo del propietario- diría «¡mamá, si no se le ve el bigote a Mario!» pero que contenían unas líneas de dificultad y adicción que solo la firma japonesa es capaz de mantener en pleno siglo XXI. Y ahí es donde el padre bien podría enlazar la frase «Mira, hijo, a esto jugábamos cuando tenía tu edad».

El proceso de instalación de la consola es muy, pero que muy simple. En un momento en el que hay que utilizar una maraña de cables por doquier, que si requiere de conexión a internet y «nosécuántascosasmás», la idea de la NES mini se sostiene sobre dos pilares: rapidez y facilidad de uso. Está pensada como plataforma de sobremesa pero dado su tamaño es tan cómodo su transporte que uno de lo puede llevar en la maleta cuando viaja y conectarla al televisor del hotel.

Se requiere de un cable HDMI que transfiere la información al monitor. Viene incluido. También un cable que se conecta desde un puerto USB a la red eléctrica para transmitir la energía para encenderla. Llama la atención que no se encuentra, por cierto, el adaptador de 5V, así que hay rebuscar en los cajones porque siempre hay uno por ahí rodando. Y ya está. Fin del problema. Se activa y, como diría Joaquín Prat (padre, por supuesto), ¡a jugar! La consola viene con el característico mando de entonces. Eso no cambia. Eso sí, la longitud del cable es demasiado corta. Pero el kit de juego viene con un único controlador, con lo cual si se quiere probar suerte en algún juego para dos personas es necesario disponer de un mando adicional. Con todo el equipo el videojugador puede empezar a rememorar los viejos tiempos y las aventuras clásicas.

El catálogo, sin ser muy amplio, es bastante ecléctico y sugerente. Todo se muestra al estilo original, así que el público es más que evidente: los nostálgicos. Están disponible, de primeras, unos treinta títulos preinstalados -así que olvídate de los cartuchos, aunque se pueden comprar otros tantos-, como los tres primeros de Super Mario, en donde el fontanero más famoso del mundo empezaba a dar sus primeros pasos en «scroll» horizontal, las célebres setas y las características tuberías. Todo rueda a la perfección dadas las exigencias técnicas de este tipo de juegos de corte retro. Se proyectan en la pantalla perfectamente, pero en caso de tener a mano la auténtica caja tonta la experiencia gana enteros.

También aparece en ese abanico de juegos las primeras entregas de Final Fantasy y sus tradicionales batallas por turnos mientras uno pasea por el mundo pixelado en plano cenital. Los niños de los ochenta bien lo saben, al igual que los míticos de Donkey Kong y las escaleras aquellas en las que había que tener paciencia y destreza para llegar a buen puerto y restacar a la princesa. La serie Zelda también es otra de las aventuras que forman parte del catálogo de juegos disponible.

Agridulce recuerdo, sin embargo, deja ponerse a manos de «Punch Out» en los combates de boxeo, ya que si uno está acostumbrado a juegos de pelea más actuales la experiencia es algo descafeinada o no tan buena como puede recordar. Con Metroid, Kid Icarus, Castlevania o Galaga la cosa cambia y percibe el buen trabajo de los niveles que se presentaba entonces, ganando enteros con los Mega Man originales.

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