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Que doblen las campanas

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 25/09/2017 Diego A. Manrique
Las cajas rojas de las que se podía coger gratuítamente 'The Village Voice'. © Proporcionado por ElPais Las cajas rojas de las que se podía coger gratuítamente 'The Village Voice'.

Deberíamos habilitar un rincón para los medios caídos. Un espacio en el periódico donde, a modo de necrológicas, se informara de las víctimas de papel, los medios impresos que cierran o que emigran a la vida digital.

Sin lágrimas ni suspiros. Recordando, por ejemplo, que The Village Voice tuvo su importancia. En 1955, cuando surgió, pretendía servir de portavoz a la comunidad del Greenwich Village, histórico enclave bohemio de Manhattan. Buena parte del dinero inicial vino del novelista Norman Mailer que, haciendo honor a su temperamento, pronto abandonó al resto de los fundadores.

El concepto: escorado a la izquierda, comprometido con el periodismo de investigación, apasionado por la crítica cultural. El Village Voice usaba papel prensa, costaba inicialmente cinco centavos y encontró sólidas fuentes de ingresos: los anuncios por palabras (trabajos, apartamentos, relaciones), los establecimientos del barrio y la industria del sexo.

Desde el inicio, denunció los excesos de la policía neoyorquina, los cambalaches entre el Ayuntamiento y las inmobiliarias (es leyenda que allí se habló por vez primera de un promotor llamado Donald Trump). En otros asuntos, sin embargo, llegó tarde: su cobertura de los disturbios de Stonewall (1969) revelaba escasa sensibilidad ante el colectivo gay; su feminismo se congelaba a la hora de retribuir a las colaboradoras.

Fue más certero en cuestiones musicales. Tom Johnson defendió allí a los minimalistas cuando apenas eran una secta. Apostó por The Velvet Underground en 1966. Con Robert Christgau como santón, el Village Voice fue una verdadera escuela de periodismo musical. Christgau instauró el Pazz & Jop Critics Poll, una encuesta que —reforzada por ensayos libérrimos— servía como resumen del año. Era el más cotizado de los números especiales, que incluían el suplemento literario VLS.

Último número impreso de 'The Village Voice'.

A lo largo de estos sesenta años, el Village Voice contó con extraordinarios escritores, fotógrafos, dibujantes. Llegabas a Nueva York, pillabas un ejemplar y sentías que conectabas con el pulso secreto de la ciudad. Lástima del tamaño, de esa tinta que manchaba los dedos: no servía como guía del ocio. En 1996, el mismo año en que renunció a la publicidad sexual, pasó a la distribución gratuita: Nueva York se llenó de cajas rojas en las que cualquiera podía recoger su copia del semanario.

Entre 2005 y 2015, la revista cambió cuatro veces de propietarios. Cualquiera diría que había un impulso suicida: sus gestores vivían a 2.500 kilómetros, en Arizona. Despidieron a algunos de los nombres más reconocibles del periódico: Nat Hentoff, Wayne Barrett, Michael Musto, incluso Christgau.

De fondo, la tormenta perfecta. Muchas de las funciones prácticas del Village Voice pasaron a ser desempeñadas por Internet. Durante años, su página web fue un desastre. Ahora debe sobrevivir exclusivamente en el saturado entorno digital.

Propiedad hoy de Peter Babey, un millonario del textil, el Village Voice de papel se despidió con una portada que mostraba a Bob Dylan, una de las más celebradas exportaciones del Greenwich Village. Típicamente, el número desapareció rápidamente de las calles. Muchos neoyorquinos querían tener ese recuerdo o hacer un dinerillo: en eBay, un ejemplar se vende por un mínimo de diez dólares.

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