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Quise que mi aceite fuera como un Ferrari

Cinco Días Cinco Días 31/05/2014 Paz Álvarez

Trabajó en el sector de la banca, en Caja Laboral, perteneciente al grupo Mondragón, donde comenzó de empleado en una sucursal y acabó formando parte del consejo de administración. Alfredo Barral (Tudela, Navarra, 63 años) hizo sus pinitos como empresario dentro del sector del mármol y en una inmobiliaria, pero coincidió con un momento de cambio personal al romperse su matrimonio. Fue en ese instante cuando decidió darle una vuelta a su vida. Cada diez años es bueno cambiar de vida. Fundó Hacienda Queiles.

Pregunta. ¿Qué le hizo iniciarse en el mundo del aceite en el valle del Queiles?

respuesta. Me enamoré de un olivo. Yo quería vivir en el campo, pero no quería un chalé con piscina. Quería comprar dos hectáreas y una casa de labranza en un lugar cerca del Ebro. Dio la casualidad de que un conocido me ofreció en 1993 comprar una finca de 40 hectáreas. Me dijo el precio, 24 millones de pesetas [144.000 euros], y sin verla la compré. No sabía lo que iba a hacer.

P. ¿Inició un negocio sin saber muy bien qué hacer?

r. Pensé en vender la finca porque era muy grande, y empecé a darle vueltas a qué tipo de cultivo sembrar. Unos amigos me llevaron a ver unos olivos antiguos entre Aragón y Castellón y aquello me cambió la vida. Decidí plantar olivos, a pesar de que la agricultura no era un negocio rentable. También tuve claro que quería hacer una almazara. Comencé poco a poco a aprender los secretos de la agricultura, preguntando a otros agricultores. Además, me di cuenta de que el negocio del aceite era un caos.

P. ¿Por qué?

r. Se hacían en el siglo XX las mismas prácticas que en el siglo I. En 2.000 años no había habido ninguna evolución. Encontré investigaciones amplísimas hechas por españoles, investigadores de la universidad, científicos del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), y fui a buscarlos. Había un magnifico trabajo teórico pero no se había aplicado. Nadie se había acercado a ellos para poner en valor las investigaciones realizadas. España era un inmenso mar de aceite, pero malo. Se hacía aceite entre vulgar y malo, con alguna excepción de calidad. Y es ahí, en ese hueco, donde decido entrar.

P. ¿Qué aportó usted a este sector?

r. Me lancé con criterios nuevos. El mundo del vino, por ejemplo, va 40 años por delante del mundo del aceite. Miraba más el trabajo de los enólogos que a las cooperativas de aceite. Empecé estudiando los suelos, los tipos de olivos. Nadie había hecho como en el vino, tener una almazara moderna y desarrollar estrategias de marketing para venderlo. La tendencia era producir en grandes cantidades sin mirar la calidad.

P. Y decidió cambiar la tendencia.

r. Hice lo contrario. Como mi finca era pequeña y no iba a poder competir con los grandes, desarrollé un proyecto de excelencia basado en un gran producto. Quería ser un referente, que fuera un producto gourmet, con ambición, sin límite. Quería que mi aceite fuera como un Ferrari, jugar en la liga de los grandes, de Vega Sicilia, de Hermès... No era sencillo.

P. ¿Qué inconveniente había?

r. No era cuestión de dinero, sino de tiempo. La excelencia no la consigues poniendo anuncios, sino revalidando todas las partes de un proceso. Para hacer un bolso, Hermès ha buscado la mejor piel, la ha curtido, la ha teñido con sus colores, le ha puesto herrajes propios, de manera que no es un producto cualquiera, es excelente, que luego se vende en una tienda preciosa y quien te lo vende conoce al detalle todo el proceso. Cuando te vas de la tienda, lo haces orgulloso de la compra realizada.

P. ¿Eso marca la diferencia?

r. Sin duda. En el mundo de la excelencia es donde menos engaño hay. Si Ferrari comete un error o hace un coche malo, su prestigio se viene abajo. Pero hay poca gente que quiera hacer Ferraris o Dom Pérignon porque se requiere tiempo para ello. Además, la excelencia es finita, es como un producto fresco, no puede ser masivo. Yo produzco 50.000 litros, y eso en el mundo del aceite es una cantidad ridícula.

P. Pero se ha convertido en una autoridad dentro del sector.

r. Creo que sí, aunque hay gente que creo que tiene más autoridad. Yo tengo pasión desmedida por lo que hago, lo vivo. Y es muy difícil vivirlo de esta manera si eres el máximo accionista de un gran grupo empresarial donde lo más importante es la cuenta de resultados. Yo pasé mucho tiempo trabajando con este grupo de investigadores.

P. ¿Qué pusieron en práctica?

r. La olivicultura. El olivarero siempre ha tenido la preocupación por producir más, la calidad pasaba a un segundo término. Hace unos días vinieron a verme 30 productores de mayor tamaño que mi empresa y reconocieron que no sabían cómo se realizaba la poda, pisaban poco el campo. A mí me enseñó el marqués de Griñón la importancia del control del vino, pues lo mismo sucede con el aceite, para que sea de calidad hay que cuidar el campo. El vino es un 75% de viña y el resto, de bodega. Los productores de aceite pasan poco tiempo en el campo porque no se le ha dado importancia. Yo quería un aceite diferente, con una extracción diferente, con una maduración temprana, no de aceituna madura. Nadie había hecho un aceite así. El primer año no salió como yo quería y lo vendí por garrafas.

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