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Réquiem por una biblioteca

El Mundo El Mundo 01/06/2014 MANUEL LLORENTE

Llevo unos cuantos días deshaciéndome de mi biblioteca y está siendo la peor pesadilla que he podido soñar. La casa está llena de cajas de plástico rojo, de esas que usan para trasladar manzanas desde el mercado a las tiendas. Allí duermen esperando la mudanza a una casa más modesta. Allí conviven la Duras y Pavese, Berceo y Faulkner... ¿Pero qué libros elegir?

De algunos tengo más de una edición (que si el prólogo de Valverde, que si lo compré ahorrando y ahorrando, que si me lo regalaron), pero tengo que elegir... Entonces aplazo a ese autor y me voy a otro. Pero me vuelve a pasar lo mismo. Y así llevo semanas demorando la tragedia.

Y luego están las dedicatorias (una antología de Luis Rosales en Plaza & Janés, tapa dura, que compré en la Feria del Libro y de Ocasión, poco antes de que muriera y que me firmó en la calle Altamirano, en su 'casa encendida'), de amigos o casi olvidados o ya muertos, que si Montalbán, Valente, Hierro, José Saramago, Cela, Atxaga, Félix Grande... Claro, intocables. O los comprados en Bilbao, Menorca, Barcelona, Sevilla, Ginebra, Londres, París... Es decir, mi vida.

O el caso de 'Las inquietudes de Shanti Andia' (con el sello de la librería Arriola, de Bilbao, adquirido de crío en 1974/5, a ver quién se desprende de eso, cuando soñabas ser un pelotari 'de' Baroja), o de Enid Blyton (la serie de 'Los Siete Secretos', no 'Los Cinco'), los de Karl May (aquella relación de Old Satterhand y el indio Winnetou, del Círculo de Lectores, y que eran de Mari, la vecina de abajo, que era socia; nosotros, no).

Y los arrastrabas en maletas, cajas de cartón, de un colegio mayor a otro, de un piso a otro... Y te han ido acompañando y ahora tienes que decir "tú, sí; tú, no".

Y algunos que has tenido que vender, días después los has encontrado (los mismos, no otros, porque estaban subrayados) en una caseta... Y los has mirado con ternura, y sintiéndote un traidor. Y has mirado el precio (nada que ver con la miseria que te dieron) y hasta has comprado uno, para que no se ahogara. Al menos uno. Y luego te dices, pero qué disparate.

Cuando no tenía nada de dinero, recién llegado a Madrid, intentaba escaparme de la soledad y el asombro de esta ciudad pasando tardes enteras al abrigo de la Biblioteca Nacional. Aún recuerdo el número de socio (55050) inscrito en una tarjeta verde. No hablaba con nadie pero ya no estaba solo. No era ni mucho menos la que habitó Mario Vargas Llosa cuando vivió en Madrid y donde pasaba tanto frío que leía a veces con guantes y un abrigo encima. Su caso es asombroso: tiene biblioteca en París, en Madrid, en Lima (y antes en Londres, donde casi pasaba más tiempo en la British Library que en su casa).

Juan Carlos Onetti iba perdiendo bibliotecas según cambiaba de mujeres pero a Dolly (con la que convivió 40 años) le advirtió al poco de concerla (eso dicen): «Si pasa algo, la que se va serás tú».

Las bibliotecas. A quién no le ha pasado, ya en la cama, que te surge la necesidad de leer un libro (en ese momento y no mañana) y te has levantado y lo has buscado -si lo dejé aquí, estoy seguro- y rebuscado... y nada. Pero continúas y te topas con otro que creías perdido u olvidado y dices en alto "qué bueno", y lo abres como si fuera una naranja, y te perfuma, y te echas en un sofá y te dejas llevar arropado por el silencio de la noche inmensa. Y de repente, el canto de los pájaros. Y subes la persiana y sonríes.

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