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Refugiados Hazara, olvidados entre los olvidados

Logotipo de Cadena SER Cadena SER 04/10/2017 Sara Selva Ortiz
© Proporcionado por Cadena SER

El hijo de Amir no lloró durante el viaje. Tenía dos años y dice Amir que durante las horas que estuvieron en esa  barca hinchable no soltó ni una lágrima. Pero de eso ya ha pasado un año. Nos lo cuenta mientras prepara té chai en su habitación del campo de refugiados de Oinofyta.

A su lado, su mujer sostiene a su bebé de dos meses, nacido allí, en Grecia. En Oinofyta viven con otros 600 afganos en el edificio de una antigua fábrica. Están sumidos en la rutina del campo. Por la mañana, esperan la cola para recoger el desayuno, los niños se van a la escuela, otros prefieren jugar al fútbol y algunos intentan ayudar a los voluntarios en el taller, donde fabrican muebles. Un grupo de mujeres se sienta al sol mientras beben té y comen pipas durante horas.

Ghulam Abbas lleva un año aquí, con su mujer y sus tres hijos. "Este no es un buen lugar para una familia, los niños necesitan un lugar mejor para vivir...Comen, duermen y juegan en una habitación. Es muy díficil".

Amir y Abbas comparten su camino de huida de Afganistán, pero sobre todo comparten algo más: los dos son hazara. Es sencillo distinguirlos porque tienen unos marcados rasgos asiáticos. "Los hazara no podemos vivir en Afganistán, es muy peligroso. No les gustamos a los Pastún y yo tengo esta cara... Creo que el racismo es una enfermedad", explica Amir. "En Afganistán siempre nos dicen: 'tú eres de China o de Corea, tienes que volver a tu país'. Llevamos 250 años viviendo en peligro", añade Abbas.

Los hazara son una de las minorías étnicas más numerosas de Afganistán. A lo largo de la historia han sido perseguidos por los talibanes, pero también han sufrido y sufren la discriminación del Gobierno. Llegan a Grecia y, aunque están a salvo, no escapan de ese racismo, siguen sintiendo rechazo.

Amir llega todos los días puntual a clase de inglés. Algunos días incluso mucho antes que el resto, dice que en la escuela se siente seguro. Allí un grupo de afganos, al que cada día se incorporan nuevos alumnos, se esfuerza por aprender un idioma que consideran fundamental para su nueva vida en Europa.

Nos sentamos en el patio trasero del colegio porque Amir quiere contarnos cómo perdió los tres o cuatro dientes que le faltan, pero sin que nadie en el campo le escuche. Cuando comienza la historia, pide permiso para bajarse los pantalones. "Perdón, ¿queréis verlo?". Una cicatriz le cubre prácticamente toda la parte superior del muslo. "Íbamos en uno de esos coches, era por la tarde, ya estaba oscuro y de repente vimos a un grupo de hombres armados, unos once. Uno de ellos se subió al coche y le dijo al conductor que parara. El hombre me miró y me dijo: 'tú, tienes que salirte fuera'. Me interrogaron: '¿qué haces aquí?, ¿quién eres?'. 'Ah, eres hazara, ya veo, vas a venir con nosotros'". Amir recuerda cómo le llevaron a una casa abandonada, donde le dieron latigazos y golpes hasta dejarlo inconsciente.

© Proporcionado por Cadena SER

Ahora ya han escapado de eso, pero están estancados en Grecia. "Aquí todo el mundo está preocupado por su futuro, para los afganos es muy complicdo y si nos devuelven a Afganistán... Ahí no hay nada, nuestro Gobierno no nos ayuda. La situación va de mal en peor", dice Abbas.

Los afganos son los segundos en número de peticiones de asilo. Varios gobiernos no los consideran refugiados, sino migrantes económicos. No reciben protección internacional y decenas de miles han sido deportados a Afganistán, un país que dicen que es seguro.

Amir nos decía que huyó porque quería tener una vida. Las opciones son escasas para los afganos. No pueden optar por la reubicación, solo pueden pedir asilo en otro país mediante la reunificación familiar. Por eso muchos deciden mandar, pagando a mafias, a un miembro de la familia a otro país. Amir y Abbas no dejan de darle vueltas a esa posibilidad.

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