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Ridículo

EL PAÍS EL PAÍS 19/06/2014 Jorge M. Reverte

Hay una taberna en Madrid, en el barrio de Chueca, donde se reúnen casi cada día varios magistrados de la Audiencia Nacional para intercambiar bromas y francachelas y echarse unas cañas. Lo hacen en horario de trabajo, sobre las 13.00 o 13.30 horas, cuando sus deberes acuciantes no se lo impiden.

Es una buena noticia que los magistrados tengan tiempo libre, porque eso es una señal de que España es un país seguro. Las causas de especial relevancia no son tantas como parece cuando uno lee los periódicos.

Es posible, pero no seguro, que sea en esa taberna donde se vaya a reunir la sala que decida si está bien concedida la medalla al mérito policial que el ministro del Interior, Jorge Fernández, le endosó a la virgen María del Santísimo Amor en base a méritos que algunos laicos le discuten.

Si la información sobre el bar donde tendría lugar la vista no es cierta, habría que postularla, porque parece idóneo. Entre caña y caña, con esa soltura que da el alcohol en dosis ligeras, con esa alegría que proporcionan la presión adecuada y la espumita de una cerveza de grifo tirada como sólo se tira en Madrid, la decisión será, a buen seguro, razonable y justa. No es ninguna tontería, porque lo que salga de la reunión de los magistrados sentará jurisprudencia. Desde ese momento, se abrirá o se cegará un cauce esplendoroso para relacionarnos con nuestras mejores vírgenes.

Si la decisión es que sí, que la medalla es justa, Fernández podrá tener mayores ayudas en su trabajo. Y no volverá a pasar por tragos tan amargos como el de hace dos años cuando anunció, poniendo en ridículo a toda la Guardia Civil, que el descubrimiento del cadáver de Publio Cordón era inminente.

Porque hay cosas que sólo la virgen puede arreglar.

O Rajoy, echándole.

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