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Riqueza

EL PAÍS EL PAÍS 16/06/2014 Almudena Grandes

Todo lo malo puede empeorar. En el momento crítico del desprestigio institucional, cuando las prácticas corruptas implican a funcionarios públicos de todos los niveles, mientras la palabra “regeneración”, tan prestigiosa en nuestra tradición, tan imprescindible en la actualidad, se convierte en una muletilla mentirosa, un recurso para arrancar aplausos en los mítines de quienes pretenden perpetuar el sistema y perpetuarse con él, solo nos faltaba esto.

Regocijémonos, porque el tráfico de drogas y el de seres humanos esclavizados, dado que en eso consiste básicamente la prostitución, van a elevar el Producto Interior Bruto para mejorar las cifras económicas de nuestro país. Es una medida realista, dicen, y una directiva europea, dicen también. Asimismo es, por supuesto, una necesidad urgente, porque en los últimos tiempos, la urgencia define todas las decisiones que favorecen a quienes ocupan el poder o sus inmediaciones. La legislación y la justicia en causas impulsadas por reivindicaciones ciudadanas circulan, como se sabe, a otra velocidad, incomparablemente más lenta.

A toda prisa, pues, el control del déficit, el pago de la deuda, las agencias de calificación y las presiones del FMI han bendecido no solo la práctica de actividades económicas ilegales, sino a redes de delincuencia organizada que provocan muertes, e infligen torturas y sufrimiento a otros seres humanos. Lo más doloroso de todo es que la legalización de las drogas y la prostitución no se contemplan, seguramente porque, en ese caso, su impacto sobre el PIB resultaría mucho menos favorable. La mano de obra esclava es, sin lugar a dudas, más rentable que la sujeta a un contrato de trabajo, incluso después de la última reforma laboral, y si las drogas se vendieran en las farmacias, ¿cómo sería posible crear riqueza cortándolas con el yeso de las paredes?

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