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Ruindades familiares y sociales bajo un invernadero de plástico

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 05/10/2017 Rocío García
Un ensayo de 'Dentro de la tierra', en el Teatro Valle-Inclán, el pasado martes. © Jaime Villanueva Un ensayo de 'Dentro de la tierra', en el Teatro Valle-Inclán, el pasado martes.

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Es tal la angustia que despide la vida en ese invernadero de plástico. Es tal el miedo que confiesan algunos, los secretos que esconden los tomates rojos y espléndidos, la desesperación de saberse nacido en el sitio equivocado, los prejuicios, las supersticiones y las extrañas enfermedades que pocos imaginan un final feliz. Dentro de la tierra, la obra de Paco Bezerra ganadora del Premio Nacional de Literatura Dramática en 2009, abre la temporada del Teatro Valle-Inclán, de Madrid, bajo la dirección de Luis Luque. Una poderosa escenografía, de tomateras, la belleza de las raíces de un olivo milenario y la fertilidad de la tierra, situará al público en el interior de ese misterioso invernadero, uno de los miles que pueblan la provincia de Almería. La obra, protagonizada por Jorge Calvo, Mina El Hammani, Samy Khalil, Chete Lera, Raúl Prieto, Pepa Rus y Julieta Serrano, se estrena el próximo día 11 y estará en cartel hasta el 19 de noviembre.

El joven Indalecio viene cada día desde niño a escribir al invernadero, un lugar prohibido. “Debajo de estos plásticos no es un sitio seguro”. Escribe en su cabeza y le tienen miedo por lo que imagina. Tiene Indalecio el presentimiento de que todos esos cuentos que le rondan atroces en su cabeza se conviertan en realidad. Algo esconde esa tierra fértil bajo los plásticos.

Bezerra y Luque, escritor y autor, trabajan juntos desde 2011 cuando presentaron La escuela de la desobediencia. Dentro de la tierra es el sexto montaje que comparten. Paco Bezerra (Almería, 1978) conoce bien el paisaje del mar de plástico. Dentro de la tierra es su obra más autobiográfica. Él mismo creció entre invernaderos y de niño sintió, como Indalecio, la angustia de saberse nacido en el sitio equivocado, rodeado de gente feliz, pero en el que él no estaba integrado. También la sensación de ser una amenaza en un mundo en el que lo único que primaba era el dinero. “Amo a mi ciudad y por eso soy crítico con ella. Almería tiene más terreno bajo plásticos que al aire”, dice Bezerra sobre ese paisaje.

La primera lectura de Dentro de la tierra le dejó a Luis Luque (Madrid, 1973) una sensación de asfixia, como si estuviera de verdad dentro de un plástico. “Es un mundo fantástico, onírico, que tiene que ver mucho con la tierra ancestral, esa tierra esotérica que tiene que ver con la tradición andaluza. Es una obra muy estimulante porque reúne muchas cosas que pertenecen a nuestra propia cultura, nuestro imaginario y la forma de ver la vida”, asegura el director que se ha enfrentado a este relato dramatúrgico como a un enigma que hay que descifrar. “Bajo ese plástico hay dos mundos que colisionan, el mundo de lo real y el mundo de la ficción, el del artista frente a una familia que busca el dinero.

El invernadero esconde también el maltrato y desprecio hacia los emigrantes que vienen a trabajar. Se vive el choque entre los personajes raros y los aparentemente normales”, explica el director tras un ensayo en el teatro. La obra tiene algo de fábula ecologista, de reflexión sobre los pesticidas y venenos que se utilizan en la agricultura para conseguir unas frutas u hortalizas de apariencia perfecta. "Este montaje para mí es un gran acto de amor hacia Paco Bezerra; quiero que se sienta orgulloso de la poesía y la magia que encierra su obra y que todo ello se refleje en el espectáculo", añade Luis Luque.

En medio de una dura crítica a la plastificación de una tierra, la única construcción humana que se puede divisar desde el espacio, y a las duras condiciones de los trabajadores, el montaje es una suerte de auto sacramental, que vuelve su mirada a los ritos, lo sacro y los ancestros. Así aparece la curandera La Quinta (Julieta Serrano) que, ataviada de una sartén, realiza un rito exorcista para intentar sacar “el sol de la cabeza” del joven Indalecio. No estamos hablando de algo fantástico o irreal. El propio Bezerra fue sometido de joven al exorcismo del mal de ojo y al hecho de sacarle el sol de la cabeza, expresión utilizada en tierras almerienses cuando alguien cree que tiene delirios o se comporta de forma extraña.

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