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Rumanía no falla nunca

Logotipo de El Mundo El Mundo 26/09/2017 LUIS MARTÍNEZ

Cioran que además de pensador fatalista y muy citable era rumano decía aquello de que podemos imaginar casi todo, "menos hasta dónde podemos hundirnos". Y Constantin Popescu que, además de cineasta, nació en Bucarest le da la razón. Que es la forma que tienen por Transilvania y alrededores de exhibir lo irracional de todo esto. No hay festival de cine que, de un tiempo a esta parte, no gocé del privilegio de un Mungiu, un Puiu, un Porumboiu o, en efecto, un Popescu. Y Pororoca, fiel a esta reciente tradición y al propio Cioran, no defrauda. Nos hundimos y no somos siquiera capaces de imaginar hasta dónde. Bastante más que la Fapae incluso, por poner el primer ejemplo a mano.

El martes de festival se inauguró de la mejor manera posible. El dibujo de la obsesión de un padre después de asistir a la desaparición de su hija se convierte en las manos del director rumano en una salvaje, pausada y muy inquietante radiografía del vacío. La película, que se extiende por la pantalla a lo largo de más de dos horas angustiosas, se limita a seguir el crecimiento de la enfermedad. Y lo hace con un rigor inconmensurable, fuera de norma y medida. Nadie decide estar obsesionado, es la obsesión la que nos elige a nosotros.

La cámara apenas se limita a lo más difícil: a registrar la velocidad de la caída. Lo que primero es preocupación, un poco más tarde náusea y, a medida que avanza el tumor, simple desesperación, adquiere en Pororoca el carácter de un viaje iniciático al fondo mismo de las cosas con fondo. El espectador es invitado a hacer suyo el dolor del protagonista. Con él, se viven los primeros momentos de incertidumbre; con él, se padece el primer rumor de una esperanza vaga; con él, crece la obsesión y, lo que es peor, la culpa. Y todo ello de la mano de un uso pautado de unos planos que discurren como heridas, sin interrupción, sin dejar que la más mínima respiración interrumpa la certeza del sufrimiento.

Cioran, otra vez, insistía en que el único límite para el dolor es un dolor aún mayor. Desde luego, nadie le pudo acusar jamás de optimista. Y Popescu, a su lado, no hace más que levantar acta de un trauma que, a fuerza de comprensible, cercano y transparente, se antoja lo único con sentido. Sin duda, la primera opción clara hasta el momento para la Concha de Oro.

A su lado, Matthew Porterfiled, que no es rumano, pero sí de Baltimore (es decir, lo más parecido que hay en Estados Unidos a Bucarest). El director de Hamilton, la joya enfáticamente independiente con la que debutó y consiguió colocarse en todos los radares en funcionamiento, insiste en la mugre, en el hueco, en el vértigo del hundimiento. Y el resultado es tan notable que no queda otra que dar el día por bien empleado.

Sollers point, así se llama el cuarto largometraje de Porterfiled estrenado en San Sebastián, relata la historia de un joven (atentos a McCaul Lombardi) en libertad condicional. Perdido en el laberinto de su condición, de su clase y de su barrio, pronto caerá en la cuenta de que el enemigo no está fuera. Sino dentro. El director convierte a su héroe en una especie de Ulises de regreso hacia no se sabe dónde. Ni siquiera por qué.

© Proporcionado por elmundo.es

En un deambular en círculos, febril y muy sucio, la película se las arregla para, de nuevo, caer. Lo que se ve al fondo no es tanto el vacío, como simplemente nada. Hablamos de una nada de furia y ruido muy de extrarradio, muy de sueño americano incumplido, muy de mugre sin barrer, muy de nada. El resultado es un bella, brutal e inmisericorde caída. También es lírica, de puro desesperada. Se diría que hasta rumana.

Qué difícil es imaginarse lo profundo de una caída. Y qué fácil es caer. Rumanía, ¡qué hermosa eres!

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