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Sónar, un laboratorio escénico

EL PAÍS EL PAÍS 12/06/2014 Luis Hidalgo
Imagen promocional de Royksopp & Robin, que actúan en el Sónar 2014. © Proporcionado por ElPais Imagen promocional de Royksopp & Robin, que actúan en el Sónar 2014.

Hace 21 años, cuando el Sónar estrenaba su propuesta, se podía pensar que la revolución sugerida por la música electrónica sería una cuestión inminente. Dos décadas más tarde sabemos que esta revolución, innegable, es lenta y genera cambios de manera gradual. Incluso el concepto de música avanzada, al epígrafe del festival, es una etiqueta que no se sabe muy bien qué significa, puesto que las músicas avanzadas, como tales, son casi inexistentes atendida la parada creativa de la música después de la aparición del mp3 a finales de los años noventa. Desde entonces, la música, toda ella, no ha hecho sino repetir esquemas, ideas y preceptos previos. ¿Qué sentido tiene entonces un festival como el Sónar? ¿Qué puede ofrecer esta cita anual con la música más allá de las pernoctaciones de extranjeros, los litros de cerveza bebidos y el número de visitas recibidas? ¿Qué hace todavía atractivo un festival con 21 años a las espaldas?

El arte del directo

La respuesta es, desde hace dos años, Sónar+D, la investigación fuera de los escenarios de todo aquello que marca el futuro y que de aquí un tiempo se verá como parte de la oferta de los artistas. Si bien la realidad no cambia en exceso a los escenarios, el Sónar ha creado un espacio donde debatir el día siguiente con expertos en tecnología, artistas, pensadores y empresas que ya hacen negocios en el entorno digital. Esto es Sónar+D, espacio de encuentro donde reflexionar sobre cómo será el nuevo concepto de directo de aquí un tiempo.

Es este un tema muy sensible a la electrónica, que en su despegue popular a los noventa ya planteaba una solución radical: la ausencia de espectáculo. Sólo hay que recordar el concierto de unos noveles Daft Punk en la Mar Bella el 1997 cuando el escenario sólo ofrecía un par de figuras anónimas irreconocibles que tocaban unos instrumentos con la gestualidad de un empleado de banca cuadrando un balance. Desde entonces, el directo de electrónica se ha acercado al del rock en espectacularidad, luces y recursos para dejar el espectador boquiabierto. Este año el Sónar se plantea cuál es el futuro del directo, cómo será y qué factores tiene que poner en juego ante generaciones que han visto cambiar su entorno mucho más que la forma en que sus artistas favoritos —sean Depeche Mode, Jeff Mills o Bisbal— han variado su concepto de espectáculo.

Dando así cobijo a este y a otros debates, el Sónar+D se convierte en un tipo de ampliación del famoso congreso de telefonía móvil, pero abierto a cualquier campo en un momento en el cual no se sabe dónde acaba una instalación y dónde empieza una escenografía de directo, donde está la frontera (si es que tiene que existir) entre tecnología y arte.

Con posibilidades de convertirse en un espacio del festival con vida propia y que puede crecer más allá de los tres días de Sónar, el Sónar+D se divide en cuatro apartados —congresual, expositivo, trabajo en red y escenarios— donde ver documentales con gafas de realidad virtual, como Clouds, plantearse el presente y futuro del micromecenazgo o sentir las siempre ilustrativas opiniones del periodista y teórico Simon Reynolds.

¿Concierto o performance?

Parte de los hallazgos de Sónar+D se podrán ver y sentir en directo. Por ejemplo, con Plastikman, alias de Richie Hawtin cuando exprime el lado más oscuro de su música. El músico inglés crecido en el Canadá ya ha estrenado en el Guggenheim de Nueva York el espectáculo que en Europa sólo se verá en el Sónar y que, atendiendo al lugar donde fue estrenado, ya nos habla de las difusas fronteras entre obra de arte, instalación y escenografía.

Otro artista electrónico, Daito Manabe, ofrecerá un concierto con drones sobrevolando las bailarinas que coreografían su música. La escenificación incorporará el mapping, la técnica de proyección de imágenes sobre una superficie para transformarla mediante efectos especiales y 3D.

Otro ejemplo de la rotura de fronteras que recoge el Sónar es la instalación en el pabellón Mies van der Rohe de la obra Spectral difractations, 40 altavoces situados en el techo que garantizan una experiencia auditiva que no se consigue con un iPhone. Carsten Nicolai, otro asiduo al Sónar, presenta Unidisplay, instalación fiel a dos elementos de la música del artista alemán: un cierto minimalismo apoyado en la pureza y pulcritud del sonido. Si existe la poesía visual digital, Nicolai es un poeta digital. Por su parte, Matthew Dear, esta vez bajo el alias de Audion, presenta un nuevo show estructurado alrededor de la letra A, en el cual la iluminación tiene un papel destacado. A la vez, James Murphy y 2manydjs proponen una epopeya analógica con sesiones de seis horas pinchando solo vinilo y con un equipo de sonido Macintosh, Rolls Royce del audio.

Son sólo respuestas sobre cómo construir un directo que recoja los adelantos tecnológicos. Que el resultado sea una copia tecnológica en un montaje banal de los U2 o un paso adelante ya no será responsabilidad de un festival que se sitúa de este modo en una posición idónea: ofrecer un espacio para el debate y la puesta en escena de las inquietudes de los artistas contemporáneos. En este contexto hay 10 nombres en este Sónar que no se pueden dejar de sentir.

Bonobo. Elegante y sofisticado, sonidos analógicos y digitales, ritmos reposados y voces de soul invitadas en el disco que presenta este músico inglés en el Sónar: The North Borders.

Four Tet. Una de las figuras del cartel. Productor y compositor inglés, su gusto mezcla melodía y ritmos variados que pueden ir del house al techno.

Jon Hopkins. Techno sofisticado que en directo se endurece. Su Immunity es un disco tan detallista como bailable. Para destacar el particular show que monta este inglés.

Lykke Li. Una de las muchas representantes de Escandinavia. Voz melodramática para un pop sofisticado. Actriz de David Lynch. Hace falta no olvidar otros artistas similares, como Mo o WhoMadeWho.

Massive Attack. Un reloj parado da la hora exacta dos golpes al día. Los ingleses de Massive Attack son un reloj que da su propia hora. Estrenan espectáculo social y políticamente explícito.

Neneh Cherry. Una artista al margen de convenciones. De entrada es sueca y negra. Va a su aire y ahora trabaja con Four Tet —productor de su reciente Blank project— y con el grupo experimental RocketNumberNine.

Neil Rodgers Feat Chic. El norteamericano es la lagrimita funk festiva. Ejemplo que el Sónar ya es autoreferencial.

Röyksopp & Roben. Dúo noruego colaborando con la destacada cantante sueca al servicio de un pop electrónico agradable y sofisticado.

Rudimental. Ingleses de Londres y adictos al drum&bass. Su directo tiene fama de contundente: hasta 12 personas en escena. En ámbitos similares, no perder de vista Flujo Pavilion —dubstep—, Visionist —grime—, UZ y Hucci —trap, mezcla de hip hop y dubstep—.

Spoek Mathambo. Mezcla sudafricana de ritmos de raíz y variada tradición electrónica. Representan la electrónica mundialista con Dengue Dengue Dengue —cumbia electrónica—, Buraka Somos Sistema —kuduro— y Débruit & Alsarah —electrónica y música sudanesa—.

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