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Sacudidas en México

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 27/09/2017 El País
Trabajos de rescate en uno de los edificios colapsados en la Ciudad de México. © Sáshenka Gutiérrez Trabajos de rescate en uno de los edificios colapsados en la Ciudad de México.

El sismo que sentimos el 19 de septiembre en México fue físico y político. La crisis de representación del sistema político mexicano quedó al descubierto. Y entre las grietas y escombros aparecieron propuestas que, lejos de ayudar a recuperar los nexos de confianza entre ciudadanía e instituciones, en mi opinión, suponen una involución hacia formas demagógicas y menos democráticas. Por eso, un análisis de nuestro sistema puede ayudar a vislumbrar posibles soluciones a esta crisis.

La mayor fortaleza de la democracia mexicana reside en el carácter de su ciudadanía. Los jóvenes de hoy, al igual que sus mayores en 1985, están demostrando de qué material está hecha esta sociedad, la sociedad mexicana. La lección de participación, coordinación, trabajo en equipo y eficacia en las labores de rescate que está llevando a cabo la generación millennial es síntoma de una ciudadanía viva, crítica y dueña de su propio destino. No sé si alguien no se dio cuenta de que ya aprendieron a dirigir semáforos, apuntalar puentes y reconstruir ciudades en días. ¿No es acaso esto participación política?

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La debilidad del sistema político mexicano reside en sus partidos, que durante años han maltratado sistemáticamente a los ciudadanos. El diagnóstico de esta debilidad es de todos conocido: corrupción, engaños, nepotismo, falta de profesionalidad, desvergüenza… Esto es caldo de cultivo para una política basada únicamente en emociones y, en mi opinión, representa la principal amenaza al sistema democrático: la demagogia y el radicalismo.

Parece que en México algunos sectores, tanto políticos como ciudadanos, han abrazado la máxima leninista de “cuanto peor, mejor”, para ahondar en la crisis orgánica del sistema político y las instituciones.

La propuesta de donar el presupuesto de los partidos políticos es bien recibida por una ciudadanía que lleva mucho tiempo indignada ante una escandalosa clase política. Pero es una propuesta peligrosa. Detengámonos un momento a reflexionar qué hay detrás de la misma. ¿A quién beneficia? ¿Qué lógicas esconde?

Responde a la máxima de que los partidos son innecesarios y las campañas electorales un derroche de recursos. Por extensión, las instituciones democráticas están sujetas a ser suprimidas y el proceso mediante el cual los ciudadanos elegimos a nuestros dirigentes, aparece como un acto superfluo y frívolo. Cuidado con ese tipo de narrativas, no es la primera vez que se escuchan.

La financiación pública permite que compitan en igualdad de oportunidades candidatos —también los independientes— que no cuentan con recursos personales. La financiación pública libera a los que concurren a un puesto de elección popular de hacer oscuros acuerdos con los grandes donantes privados. En definitiva, la financiación pública protege a los candidatos más débiles y garantiza unas mínimas condiciones de equidad en las contiendas electorales. Lo que no quiere decir que no haya que introducir mayores controles en los usos de esos recursos públicos.

No creo que los jóvenes que están dando una lección de participación quieran un sistema político tan desigual e injusto que solo beneficie a los que tienen más poder y dinero.

Los partidos pueden encontrar en esta generación y ciudadanía activa la oportunidad de recuperar los lazos de confianza. Pero para hacerlo deben cambiar su forma de trabajar y conversar con ellos. Hoy la forma es fondo; si los partidos pretenden sobrevivir al sismo deben buscar entre los voluntarios a los nuevos liderazgos, incorporar sus valores y una nueva ética pública, e integrar sus demandas. El cambio debe orientarse hacia formas de mayor participación política, transparencia y control ciudadano. Para canalizar su energía, talento y creatividad tienen a su disposición plataformas tecnológicas —Reddit, Appgree, LiquidFeedback, entre otras— que permiten la conversación horizontal y la deliberación, paso obligatorio para la acción colectiva.

México necesita más y mejor democracia, instituciones más fuertes y canalizar la participación de los jóvenes. De lo contrario, serán atraídos por narrativas que pretenden desmantelar las instituciones mediante un nuevo sujeto histórico sustentado en un caudillo que se autodenomina pueblo.

Aleix Sanmartín es sociólogo y politólogo

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