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Sanja Matsuri, el festival en el que la mafia japonesa exhibe su poder

La Vanguardia La Vanguardia 25/05/2016 Juan Manuel García
Miembros de la Yakuza posan ante los turistas en el festival de Sanja Matsuri, en Tokio (Ari Helminen/Flickr) © La Vanguardia Miembros de la Yakuza posan ante los turistas en el festival de Sanja Matsuri, en Tokio (Ari Helminen/Flickr)

El festival Sanja Matsuri se celebra cada tercer fin de semana de mayo en el barrio de Asakusa, en Tokio. Se trata de una celebración popular de origen religioso en la que cientos de lugareños trasladan a hombros tres ‘mikoshi’ (unos pequeños pero muy pesados santuarios o altares portátiles) al templo de Sensō-ji.

En la capital nipona no es un secreto para nadie que la organización del Sanja Matsuri (literalmente, “el festival de los tres santuarios”) corre a cargo de la Yakuza, la temida mafia japonesa. Durante el resto del año, los miembros del crimen organizado nipón intentan pasar relativamente desapercibidos. Resulta difícil identificarlos, diseminados como están en todos los ámbitos no sólo del hampa, sino de prácticamente cualquier actividad de la sociedad y la economía japonesas.

Una vista de la entrada de un mikoshi (santuario) desde el escalón más alto del Senso-ji durante el festival Sanja Matsuri, en el barrio de Asakusa (Tokio). Wikimedia © La Vanguardia Una vista de la entrada de un mikoshi (santuario) desde el escalón más alto del Senso-ji durante el festival Sanja Matsuri, en el barrio de Asakusa (Tokio). Wikimedia

Durante esta suerte de procesión, los asistentes –durante tres días acuden unas dos millones de personas, entre vecinos y turistas- no paran de cantar y bailar música tradicional. Y también consumen muchísimo alcohol. El Sanja Matsuri es una fiesta salvaje en todos los sentidos: por la cantidad de gente que se da cita, por la atmósfera cargada de energía que se experimenta y por el ruido ensordecedor de los ‘taiko’ (tambores japoneses), las flautas, los silbatos y los gritos de la gente que anima a los extenuados portadores de los ‘mikoshi’.

La fiesta se celebra en honor de las tres personas que se consideran fundadores del templo Sensō-ji. La leyenda cuenta que una mañana de marzo del año 628 dos hermanos pescadores, Hinokuma Hamanari y Hinokuma Takenari, encontraron en sus redes una estatua de la diosa Kannon. Hajino Nakatomo, un acaudalado arrendador, les explicó de quién era la estatua e introdujo a los hermanos en el budismo. Los tres hombres consagraron la reliquia del Bodhisattva Kannon en un pequeño templo que es hoy en día el más antiguo de Tokio.

Durante el Sanja Matsuri, los Yakuza despliegan todo su poder por las calles del barrio de Asakusa. Cientos de miembros de los clanes mafiosos se despojan de sus trajes tradicionales y exhiben sus coloridos tatuajes.

Los ‘tattoos’ son uno de los rasgos físicos más característicos de los Yakuza. Revelan, entre otras cosas, el rango de cada uno de sus miembros en la organización, el clan al que se pertenece o el lema del clan. Los “novatos” empiezan con tatuajes pequeños y, a medida que escalan en el clan, van cubriendo su cuerpo de dragones y referencias a la genealogía samurái.

Miembros de la Yakuza muestran los tatuajes de sus torsos durante la segunda jornada del Sanja Matsuri. Anadolu Agency / GettyImages © La Vanguardia Miembros de la Yakuza muestran los tatuajes de sus torsos durante la segunda jornada del Sanja Matsuri. Anadolu Agency / GettyImages

No es extraño observar cómo, en el día grande del Sanja Matsuri, el domingo, decenas de Yakuza se desnudan hasta quedarse sólo con el ‘fundoshi’ (una prenda tradicional japonesa de tela, propia de los luchadores de sumo, que se anuda al cuerpo para formar una especie de calzoncillo o tanga, dejando incluso las nalgas al descubierto).

Posan para los turistas, se colocan en la parte superior de los altares para que todos puedan verlos y, en una demostración de fuerza que ilustra a las claras quién gobierna en el vecindario, se reúnen ante la comisaría de Policía del barrio -significativamente, el punto de salida de la procesión-. Los agentes miran, pero no intervienen.

© La Vanguardia

Tanto las fuerzas del orden como los lugareños son conscientes que el crimen organizado manda durante el Sanja Matsuri. Y es que en muchos lugares de Japón, la Yakuza no sólo infunde temor, sino que también impone la ley y el orden.

No en vano, tras algunos de los grandes desastres que ha sufrido el país, como el tsunami de 2011, los distintos clanes se movilizaron anónimamente en tareas de ayuda a las poblaciones afectadas, enviando cientos de camiones cargados de alimentos, agua, mantas y accesorios sanitarios a las zonas damnificadas. En algún caso, su actuaciones fueron más eficaces que las del propio Gobierno nipón.

Miembros de una banda participante en el festival Sanja Matsuri llevan el peso de un 'mikoshi', los santuarios portátiles que se transportan a los tres principales templos del barrio de Asakusa, en Tokio . Anadolu Agency / Getty © La Vanguardia Miembros de una banda participante en el festival Sanja Matsuri llevan el peso de un 'mikoshi', los santuarios portátiles que se transportan a los tres principales templos del barrio de Asakusa, en Tokio . Anadolu Agency / Getty

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