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Santos, el hombre que conoció el brillo del poder

El Mundo El Mundo 15/06/2014 SALUD HERNÁDEZ-MORA

Conoció desde niño el brillo del poder. Hijo de una familia de la oligarquía bogotana, descendiente de Presidente y propietaria del periódico más influyente del país, Juan Manuel Santos, 63 años, se acostumbró a convivir en los salones alfombrados con los políticos y empresarios que manejaban el país.

Pronto soñó con ocupar la Jefatura de Estado y preparó su vida para lograrlo. Disciplinado, frío, calculador, distante, empedernido jugador de póker, pasó por las Universidades de Kansas, London School of Economics y de manera fugaz por Harvard. Con su título de Economía y Administración de Empresas bajo el brazo, le dieron un alto puesto directivo en la entonces potente Federación de Cafeteros de su país en Londres, donde permaneció nueve años.

Regresó a Colombia para entrar por arriba, como siempre hizo a lo largo de su vida, a la siguiente empresa. A diferencia de sus primos y un hermano, que fueron subiendo peldaños en la redacción de El Tiempo, a Juan Manuel le dieron la Subdirección y una columna de opinión. A la vieja usanza del siglo XIX y principios del XX, utilizó la plataforma mediática para empezar a tejer una telaraña de relaciones que le condujeran algún día a Casa Nariño.

En 1991 consiguió que César Gaviria le nombrara ministro en el recién estrenado Ministerio de Comercio Exterior. La cartera la había creado Marta Lucía Ramírez, una de sus rivales ahora, y esperaba que la nombraran a ella. Pero Santos maniobró y se la quedó. A Ramírez le dejaron el puesto de vice ministra de consolación.

También fue el Designado a la Presidencia por el Partido Liberal, un cargo ya desaparecido, que se daba a dedo, y que significaba ser el vice-presidente con la sola misión de sustituir al Jefe de Estado por causa mayor y ponerse primero en la fila de su partido, entonces el Liberal, para ser el siguiente candidato, algo que no sucedió. Años después, el conservador Andrés Pastrana le escogió como su ministro de Hacienda.

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En los periodos en blanco, recababa en su Fundación Buen Gobierno, donde pedía que le llamaran Presidente, y le servía de refugio para el asalto final. Esa última batalla llegaría de la mano de Álvaro Uribe, rival de Pastrana. Le otorgó la cartera más preciada en su Administración: Ministerio de Defensa, quizá la mejor apuesta que nunca hiciera Santos para coronar su sempiterna aspiración.

Abandonó a los liberales y con Oscar Iván Zuloaga, su principal opositor en estas elecciones, fundó el Partido de la U, a imagen y semejanza de Uribe. Entretanto, aguardaba pacientemente, a la sombra del Presidente, a que la Corte Constitucional no permitiera su segunda relección. Cuando el fallo se produjo, Santos se postuló como su único y leal sucesor.

Político hábil, pero sin carisma y mal orador, casado con María Clemencia Rodríguez y padre de tres hijos, barrió en los comicios del 2010 gracias al activo respaldo de Álvaro Uribe, el mandatario más popular de la Historia colombiana. Pero en el mismo discurso de toma de posesión marcó claras distancias con su antecesor. Diferencias que con el paso del tiempo se transformarían en abismos infranqueables. De aliados, pasaron a enemigos irreconciliables y así siguen.

Al asumir la presidencia, Juan Manuel Santos se propuso sacar a delante lo que llamó las locomotoras del progreso, pero a adía de hoy ninguna ha salido de la estación. Tampoco luchó contra la corrupción, sino que promovió el reparto de contratos y burocracia entre la politiquería más abyecta. De ahí que su carta vencedora, sea el proceso de paz con las Farc.

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