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Sin catalogar

Notodo Notodo 12/07/2016 Irene Galicia
Imagen principal del artículo "Sin catalogar" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Sin catalogar"

Catalogar es sinónimo de encasillar. Es evidente que la historia del arte ha supuesto durante años un importante inconveniente a la hora de explicar la condición de los imaginarios visuales. Con su obsesión disciplinar sobre la interpretación artística de los fenómenos de la imagen, los historiadores han impedido a menudo, a base de catalogar, la posibilidad de emprender nuevas lecturas sobre la constitución de lo visual. De este modo, muchas de las manifestaciones de imaginería artística han tenido que derivar hacia otras disciplinas como la sociología o la antropología. Se impone así la urgencia de deshacernos de algunos de los mecanismos de interpretación del arte para poder entender desde nuevas perspectivas el mundo de las imágenes.

Así lo han entendido los comisarios de la exposición Sin catalogar, en el Espacio Trapézio del madrileño Mercado de San Antón: una muestra multidisciplinar cuya intención es introducir nuevos argumentos a partir de espacios no vinculados a la exhibición artística. En el sistema del arte tradicional, los espacios de exhibición artística están ubicados en estructuras como museos, centros de arte, salas de exposiciones, galerías y espacios independientes. En esta ocasión el espectador podrá fluctuar entre un dentro y fuera del arte y sus espacios. El interior del mercado, el escaparate de una tienda en Chueca, el espacio público de los alrededores, Internet... son algunos de los espacios que se utilizarán para establecer un diálogo directo entre arte y contexto.


Mientras parte de la historia del arte actual ha sido capaz de apartarse del poder de las imágenes artísticas derivándolo a su carácter documental y funcional, la mayor parte del arte hecho en nuestro país sigue atrapado por el valor de la excelencia formal y nacional que sus productos representan, así como por su ubicación. Esto se debe al hecho de que debe tratar de objetos insertos en una cadena de valores económicos y en el marco de un enorme mercado artístico. Pero lo cierto es que el arte contemporáneo posee una dimensión no categorizable. Y esta dificultad a la hora de clasificar -pues estamos acostumbrados a que lo hagan por nosotros- pone sobre la mesa la cuestión de si es posible cambiar los escenarios habituales del arte y trasladarlo a otros que desarrollen nuevos códigos de comunicación para enriquecer la relación arte-espacio-espectador.

Cuestionarnos sobre la esencia del arte es preguntarnos sobre cómo saber si algo es arte o no. Sabemos que algo es arte cuando el entorno en el que se nos presenta está codificado artísticamente: una galería, un museo, o a través de unos patrones visuales como el marco, el escenario o el estilo. Pero, ¿qué ocurre cuando una instalación que normalmente vemos en un museo se nos muestra en el metro o al lado de un basurero?

El viejo Duchamp abrió una vía a la comprensión de ese curioso fenómeno entre arte y contexto cuando expuso una letrina en una galería. Pero Duchamp solo indicó un camino, el que va de la calle al "arte" y no el inverso, el de introducir el arte en otros contextos. Un siglo después de aquello, ¿cómo sabemos hoy en día si algo es arte o no? La "artisticidad", ¿la otorga la obra, el proceso, el contexto? Sin duda esta muestra de entornos sin codificar, abre el camino a estas reflexiones.








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