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'Sprays', pasión y robos

El Mundo El Mundo 16/06/2014 GERMÁN ARANDA

De algunas novias uno no se deshace nunca. Por mucho daño que te hagan y aunque se gasten todo tu dinero en vestidos para un día, te vician los recuerdos de noches de gloria, las recaídas son inevitables. Brasil parecía un país dispuesto a romper con el fútbol, siempre distracción de problemas mayores, motivo de gastos millonarios en estadios que apenas tendrán uso mientras «muere gente en las colas del hospital», frase recurrente del manifestante de manual. Preparaba la ruptura cuando el fútbol estaba dispuesto a llegar al país con todas sus galas. «Oye, que lo dejamos».

El taxista, el profesor y el estudiante refunfuñaban hace unos días entre dientes sobre el sinsentido de los gastos, recelosos del Mundial. Ahora lo siguen haciendo, pero con una camiseta de la selección y babeando con el juego de Neymar. El verde y el amarillo, como si hubieran reventado los armarios mientras sus dueños intentaban esconder el patriotismo futbolero por las vergüenzas del país, inundaron las calles tarde, pero triunfaron. «Primero fui a la manifestación y luego, confieso, me emborraché viendo el partido por la televisión», cuenta una incondicional activista días después del Brasil-Croacia.

Como resumen de esa contradicción inherente al ser humano, los pitidos e insultos a Dilma y a la FIFA dentro del propio estadio del Mundial, que se repitieron dedicadas a Blatter y al gobernador de Brasilia en el Ecuador-Suiza. Eso sí, después de darle entre 25 y 300 euros a Blatter, critican estos días en las redes sociales los incondicionales del gobernante Partido de los Trabajadores (PT), además de llamar maleducados a esos «ciudadanos de la elite» que encendieron, dicen, lo de enviar a la presidenta a tomar por allá. Mientras tanto, los que serán presidenciables en las elecciones de octubre presentan precisamente estos días sus candidaturas oficiales sin que casi nadie les haga caso.

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Las miradas están sobre el césped -que responde con partidos inolvidables- y no bajo las carpas de los partidos y tampoco en el asfalto donde se suceden diariamente manifestaciones pequeñas y fulgurantemente reprimidas por la policía. Tan sólo en Río de Janeiro llegaron a ser unos miles. En Sao Paulo, unos centenares respiraron gas lacrimógeno para desayunar el día de la inauguración antes siquiera de empezar la marcha. Ni las decenas de encapuchados con cócteles molotov, piedras y palos, ni los centenares con pancartas y gritos, son rival para una policía que se impone por goleada con sus armaduras a las que ellos mismos llaman de Robocop y con sus eficaces armas de siempre: porras, gas lacrimógeno, bolas de goma, detenciones exprés. Y ayer, más de lo mismo frente al Maracaná. El objetivo es tan clarísimamente que las manifestaciones no corten las calles que los agentes no esperan a provocaciones para pasar al ataque, impidiendo que se concentren grupos más numerosos. Si hasta unos aficionados argentinos se llevaron spray de pimienta en la cara por querer cantar en medio de la avenida frente a la playa de Copacabana que Maradona es mejor que Pelé, cuando parecía que el único spray del que se iba a hablar era el que usan los árbitros en el suelo para marcar la distancia de la barrera.

Pese a los incidentes, el miedo al caos por las amenazas de huelgas y manifestaciones, por infraestructuras y carreteras que no se han acabado a tiempo o por las estadísticas de violencia que asustan al mundo no han despeinado por ahora al campeonato. Bueno, ha habido algún incidente más, como un cráter enorme formado ayer por las lluvias partiendo por la mitad una carretera en Natal, a siete kilómetros del estadio donde hoy jugarán Estados Unidos y Ghana. O una obra del metro de Sao Paulo cercana al aeropuerto derrumbándose y matando a un trabajador. O varios robos (no hablamos de árbitros) a turistas de varios países, aunque en el intento a dos mexicanos el ladrón acabó sin motín y llevándose una paliza. Nada grave en la vara de medir tragedias brasileña.

Los brasileños han acabado rindiéndose al Mundial y a una antipatía por España casi unánime. En un bar de Sao Paulo que retransmitió el pasado viernes el encuentro de la Roja sin sonido -«sólo en los de Brasil, si no te gusta te buscas otro», respondió el camarero al aficionado español-, una decena de ibéricos salieron con la cabeza gacha y los ojos llorosos tras el pitorreo local con la goleada de Holanda, que parecía Brasil de tanto apoyo que recibía. La división prosiguió en Twitter, donde unos españoles irrespetuosos llamaron «macacos» a los locales por apoyar a Holanda y se incendió la polémica en las redes sociales llegando hasta la prensa local. Aunque el hit total del partido en Twitter fueron el persieing, escenificado por aficionados holandeses tumbados boca abajo como acabó Van Persie tras su golazo en plancha, y los fotomontajes de Pablo Iglesias de Podemos vistiendo la roja para liderar la remontada. O Del Bosque con coleta.

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