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Steve Reich: 'No hicimos una revolución, sino una restauración'

Logotipo de El Mundo El Mundo 17/06/2014 DARÍO PRIETO

Steve Reich (Nueva York, 1936) recibe este martes el Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en su categoría de música por su innegable aportación a la composición contemporánea. Figura imprescinbible del minimalismo sonoro estadounidense, Reich es uno de los autores vivos que más influencia ha ejercido en otros compositores. Y también en el público.

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Con su aspecto de taxista (profesión que ejerció para ganarse la vida) y su permanente gorra de béisbol, Reich desafía los estereotipos sobre los compositores de música culta contemporánea, una etiqueta que rechaza con una apasionada argumentación. "Para mí, el mayor compositor que ha habido jamás es Bach", empieza rompiendo esquemas durante una conversación en la sede de la Fundación BBVA. "Pero, en cierta forma, él ocupó todo el espectro musical, reunió todo el contrapunto y todas las armonías posibles hasta el punto de que sus hijo dijo que no se podía avanzar más allá. Luego, a partir de Haydn, las cosas empezaron a hacerse más complicadas, más cromáticas, hasta llegar a Wagner, en el que uno no sabe exactamente en qué clave suena ni cuál es el ritmo. Schönberg entendió correctamente esto y eliminó la idea de clave, y del ritmo regular", relata. "Fue un gran compositor, igual que Stockhausen, Boulez y John Cage, pero su música es para una esquina oscura".

"Pero en mi generación las cosas fueron diferentes", añade a continuación. "Quise hacerme músico por Bach, Stravinsky y el be-bop: Charlie Parker, Miles Davis, John Coltrane... Pero en aquella época, en la que yo estudié con Luciano Berio, eso no estaba en el 'menú' de las escuelas musicales". Tuvo que hacer su propia 'carta', incluyendo composiciones con percuisones africanas ('Drumming') o únicamente con palmas ('Clapping music'). Una apuesta rupturista, pero alejada del concepto europeo de vanguardia, como se pudo oír ayer durante el concierto que dirigió en el Teatro Real.

"No significa que los compositores euopeos contemporáneos no sean buenos, pero están trabajando en un estilo ya pasado", asegura. "Después de la II Guerra Mundial, como dijo John Adams, la contribución más importante de la música en Occidente ha sido lo que se denominó minimalismo: el propio Adams, Philip Glass, Terry Riley, yo mismo. Y es incuestionable que ésta es la música más importante en todo el mundo ahora mismo:está en todos lados. ¿Por qué? Porque a la gente disfruta escuchándola, es algo placentero, no una amarga píldora de cultura que se tengan que tragar para ser mejores ciudadanos".

"Ésta fue siempre la situación normal", sentencia. "Cada domingo, Bach tenía una nueva cantata y la gente le paraba por la calle para preguntarle cómo iba a ser la siguiente. Desde el primer renacimiento hasta Palestrina, todo gran compositor escribió una 'Missa L'homme armé', que era una canción tradicional francesa. Lo mismo en el barroco, que incorporó la zarabanda y otras danzas populares. O la última sinfonía que escribió Haydn, uno de cuyos movimientos es una cántico de borrachos austriaco. Beethoven, Bela Bartok, Stravinski, Charles Ives, George Gershwin, Kurt Weill y su 'Ópera de los tres peniques'... Lo que quiero decir es que lo normal en la música clásica de Occidente es que la ventana entre la sala de conciertos y la calle haya estado siempre abierta. Schönberg la cerró y mi generación lo que hizo fue abrirla. Así que no hicimos una revolución, sino una restauración".

Un proceso que le ha valido ser un faro para un buen número de músicos de rock y pop. "En 1974 toqué con mi 'ensemble' en el Queen Elizabeth Hall de Londres. Y al final del concierto me vino un tipo con el pelo largo y los labios pintados diciendo: 'Encantado, soy Brian Eno'. ¡Ah, justicia poética! Dos años después fuimos a Berlín Oeste para la première alemana de 'Music for 18 musicians' y allí estaba David Bowie, que se inspiró para el 'Weeping Wall' del 'Low'. Luego yo acabaría haciendo un 'remix' de una de sus canciones. Lo mismo que mi trabajo de reescritura de dos canciones de Radiohead, 'Jigsaw Falling into place' y 'Everything in its right place'. En definitiva, es una calle de doble sentido".

Un juego de influencias que tampoco se olvida de la realidad circundante. "Mi primera composición que fue algo conocida es 'It's gonna rain' (1965), que es la voz de un predicador pentecostal negro mientras grita en público sobre el fin del mundo. Después vino 'Come out' (1966), sobre un chico negro arrestado por asesinato. En ese momento estaba involucrado en el movimiento de los derechos civiles", explica sobre este interés documental. "Hubo otros influjos en 'It's gonna rain'. En 1962 fue la crisis de los misiles de Cuba. Todo eso inquietó mucho a la gente, porque pensábamos que íbamos a acabar en un hongo nuclear. Y esa sensación de fin del mundo, unida a un divorcio, fue lo que me hizo hacer esa pieza tan oscura". Del mismo modo, en los 80, se interesó por su infancia, por los largos viajes en tren que hacía entre Nueva York y Los Ángeles, que era donde vivían sus padres, divorciados. "Mientras hacía esos viajes, Hitler intentaba controlar el mundo. Si yo hubiese nacido en Bruselas, Stuttgart o Rotterdam, seguramente no estaríamos teniendo esta conversación y hubiese acabado saliendo por una chimenea. Por eso quise documentar la voz de los supervivientes del Holocausto, y así fue como surgió 'Different trains'".

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