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Steve Reich: rebelión minimalista

EL PAÍS EL PAÍS 17/06/2014 Diego A. Manrique
El compositor estadounidense Steve Reich, retratado el domingo en el Teatro Real, durante un receso de los ensayos para el concierto que ofreció ayer en Madrid. © CARLOS ROSILLO El compositor estadounidense Steve Reich, retratado el domingo en el Teatro Real, durante un receso de los ensayos para el concierto que ofreció ayer en Madrid.

Hoy no da la imagen del compositor contemporáneo. Con su gorra de béisbol, Steve Reich (Nueva York, 1936) está moviendo —poco— las regletas de una mesa de mezclas, supervisando los ensayos de los dos grupos que tocarán su música en el Teatro Real. Ocasionalmente, tiene arranques de señor gruñón, pero termina mostrándose afable ante el obvio entusiasmo de unos músicos jóvenes.

Comprensible: estamos ante una leyenda viva. Reich comparte el podio del minimalismo con John Adams y Philip Glass. Tom Johnson, el compositor y crítico del Village Voice que observó la eclosión del movimiento, usaba una etiqueta más poética: la “escuela hipnótica de Nueva York”. A Reich no le gusta: “Hipnótica… ni que fuéramos artistas de circo”. No era el caso, pero forma parte de la leyenda que, durante un tiempo, Reich y Glass comieron caliente gracias a una empresa de mudanzas.

Reich, que en 2011 suspendió una visita al festival Sónar por mala salud, acude ahora a recoger uno de los Premios Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA. Está dotado, atención, con 400.000 euros, cantidad que supera ampliamente la suma de lo que consiguió al recibir el Pulitzer y el Polar. Se le escapa una sonrisa. “Es una generosidad paradójica, que te llega cuando realmente ya no puedes disfrutar del dinero. Pero, en una sociedad como la que nos ha tocado vivir, sirve para reconocer que eres bueno en lo que haces”.

La música contemporánea expulsó a los oyentes por su complejidad”

Tiene su vida muy organizada, explica. Ocupa una casa discreta en un pueblecito cerca de Connecticut. Odiaba residir en Manhattan. “Me pasé años, no, décadas con tapones en los oídos. Incluso de noche, Nueva York tiene demasiado ruido”. Alguien haría un chiste fácil, al recordar que sus hallazgos han sido utilizados por artistas habituados a grandes volúmenes sonoros, desde The Orb (que le samplearon en su éxito Little fluffy clouds) a Radiohead. “En realidad, he sido yo quien he trabajado sobre dos canciones de Radiohead, que son la base de Radio rewrite. Me fascinó conocer a su guitarrista, Johnny Greenwood, que fue educado como violinista clásico. Admiro a Mark Stewart, que toca con Paul Simon y luego está en Bang On A Can. O Bryce Dessner, guitarrista de The National, que compone piezas muy atractivas. Igual con Nico Muhly, que trabaja con artistas pop”.

Expone Reich su teoría sobre la dinámica de avance / retroceso en el mundo de la “música escrita” (su descripción, para diferenciarla de la popular, que generalmente no usa partituras). “Desde la Alta Edad Media, cualquier escuela musical llega a tal grado de complejidad que expulsa a los oyentes o se hace abrumadora. Ocurrió con el barroco, con el romanticismo, lo que se te ocurra. En ese momento, algunos compositores deciden retornar a una comparativa simplicidad. Yo estudié con Luciano Berio, en un clima asfixiante: hasta Stravinski debió seguir los dictados de la Escuela de Viena”.

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Fue la herencia ingrata de Adorno, que erigió una muralla entre música popular y música académica. “Desde siempre, los compositores han utilizado melodías folclóricas, a veces sin reconocerlo. ¿Cómo puede alguien vivir en la primera mitad del siglo XX y no celebrar la grandeza de Kurt Weill? Weill no aceptaba aquel lema absurdo del dodecafonismo: que, con el tiempo, hasta el cartero silbaría esas composiciones. Lo cierto es que nosotros, a los que nos llamaron ‘repetitivos’ o ‘minimalistas’, lo tuvimos muy fácil: recuperamos la melodía, la armonía, el ritmo”.

Un paso importante fue la investigación en tradiciones musicales no occidentales. “Disponían de soluciones extraordinarias, evolucionadas a lo largo de siglos. Fíjese, los pintores descubrieron enseguida el arte africano, ahí está Picasso; los compositores no podían renunciar a su arrogancia europea. Yo me fui a Ghana, a estudiar con un maestro de percusión. Eran lecciones extenuantes… y luego debía transcribir lo que había aprendido. Aguanté hasta que enfermé de malaria. Felizmente, cuando me interesé por el gamelán, encontré a músicos indonesios en Seattle”.

Bach hubiera enloquecido con la actual tecnología”

Igualmente fue importante el jazz, añade. “Cuando topabas con algún esnob que negaba la existencia de una ‘música americana’, le tapabas la boca con el jazz. Hubo compañeros míos de generación que sí recurrieron a la improvisación, como Terry Riley. Yo decidí no hacerlo, ni siquiera me gustan las grabaciones en directo: el estudio de grabación es mi taller. En jazz, me impresionaba la inventiva de un John Coltrane, que partía de elementos muy básicos, pero que desarrollaba piezas de 10 o 20 minutos sin repetirse. Por no hablar de sus pulmones, claro”.

Steve Reich también se benefició de la tecnología… hasta cierto punto. “Detesto los sintetizadores y demás aparatos que pretenden reemplazar a otros instrumentos. Pero el sampler ha sido esencial para mi creación: utilizo muchas partes habladas. Me encanta poder aislar una palabra, una sílaba, incluso un fonema, y alargarlo, retorcerlo, manipularlo. Otra de las deudas que tenemos con el rock es la amplificación. Si se usa juiciosamente, puedes equilibrar partes pregrabadas con músicos que tocan en directo. ¡Bach hubiera enloquecido con esas posibilidades!”.

Desde su casa rural, Reich contempla el final de un modelo de negocio que deja desamparado al compositor. “Tuve suerte al firmar contrato con Nonesuch Records, que básicamente me deja hacer lo que quiera. Ahora precisamente cumple sus 50 años y allí estaré. Aunque, como parte de Warner Music, en cualquier momento puede desaparecer. Con todo, resulta curioso que cada vez se hagan más discos; tengo cajas y cajas de nuevos lanzamientos que ni puedo escuchar”.

Ah, sí: el gran secreto de Steve Reich. “No soy nada laborioso. Empiezo a trabajar al mediodía. Y mi ritmo de producción es demasiado pausado. Alguna vez me han propuesto hacer scores para películas. El dinero era atractivo, pero los plazos… en el tiempo que me daban, con suerte, podría escribir la música para los títulos de crédito”.

Una trayectoria de leyenda

Titán del minimalismo y apóstol de la disolución de las fronteras entre la música culta y la popular, la enorme reputación de Steve Reich se cimienta en una serie de composiciones que han dejado una honda muesca en la historia cultural del último medio siglo.

Entre sus obras más destacadas se encuentra la pieza de mediados de los años setenta Music for 18 musicians (ECM). También es autor de Drumming (1971), influida por la polirritmia propia de la música africana, Different trains (1988), quizá su pieza más célebre, compuesta para doble cuarteto de cuerda y cinta magnética.

En su abultada nómina de reconocimientos figuran, además del premio de la Fundación BBVA, doctorados y galardones de instituciones como la Escuela Juilliard o la Academia Franz Liszt de Budapest. Recibió el Polar en 2007y el Pulitzer, dos años después (por su composición Double Sextet).

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