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Tú y los tuyos

EL PAÍS EL PAÍS 08/06/2014 Elvira Lindo

A mí siempre me han dado más miedo los míos que los del equipo contrario. Por lógica, son los tuyos los que te pueden hacer sentir más solo que la una. Les ocurre a los gorilas, nos ocurre a nosotros. Si tu manada no te quiere deambulas como un renegado. De eso, entre otras muchas cosas escribió Arturo Barea en La forja de un rebelde: en el primer volumen, del Madrid menesteroso de principios de siglo que tanto se parece al de Misericordia de Galdós, el del barrio de Atocha, el Avapiés, y ese otro de la orilla del Manzanares donde se dejaban la salud las lavanderas que limpiaban la mugre y el pestucio de los señores; en el tercer tomo, dedicado a la guerra y situado casi íntegramente en Madrid, Barea, ya un rebelde forjado por la injusticia que observó desde niño, asiste asombrado a las torpezas de los suyos, a la crueldad contagiosa del verano de 1936. Mientras trabaja por el triunfo de las tropas republicanas se ve sometido a la desconfianza y espionaje de los suyos, que le consideran un inadaptado, un verso libre entre los comunistas que están al mando de la defensa de Madrid, un hombre poco de fiar por haber abandonado a su legítima por una extranjera que, aun llegada a España para luchar por la República, no encaja en la ortodoxia comunista. Mientras los nacionales bombardean Madrid, Arturo Barea padece el descrédito entre los suyos. Y casi se vuelve loco.

La izquierda ha sido especialista en generar creencias que parecían sustituir a la fe religiosa

Es ésta una sensación eterna, que trasciende ese libro, la del deterioro de las relaciones entre los próximos, vividas siempre de manera más agria y dolorosa que la lucha con el contrario. La izquierda ha sido especialista en generar creencias que parecían sustituir a la fe religiosa, señalando como herejes a todos aquellos que no cumplieran los mandamientos que dictaba el momento ideológico. Sentirse hereje en España es lo más natural que puede sucederle a quien movido por su carácter decide tener un pensamiento independiente, no marcado por los partidos políticos. En 2008 eras un hereje si te atrevías a señalar la evidencia de una crisis que nacida en Estados Unidos se iba extendiendo a Europa. Pero en España, ay, gobernaba el señor Zapatero, y los que tan furiosamente lo defendían habían decidido que admitir la crisis era hacerle el juego al adversario, de tal manera que mantenían la ficción de un país en crecimiento, y si un incauto, creyendo estar entre sus pares, sacaba la bicha de la crisis en una comida sentía que el silencio se espesaba y la sospecha de que el comensal descontento se hubiera escorado a la derecha quedaba flotando en el ambiente. Zapatero convirtió a sus votantes en fieles y se produjo un acuerdo general entre ellos de que todo lo que hiciera su capitán sería para bien. Así que muchas veces había que callarse, o no, o había que escribir lo que uno pensaba sabiendo que el votante zapateril consideraría que te estabas derechizando.

La verdad se acabó imponiendo y a Zapatero le explotó la crisis en plena cara. Los que antes voceaban sus hazañas encontraron una manera de justificar su anterior encantamiento: no tenía nada que ver el Zapatero de la primera legislatura con el de la segunda. Pero es que ahora muchos de aquellos hoolingans del socialismo del talante son los que proclaman el final del bipartidismo y asumen los mandamientos recién aprendidos de un partido del que hasta hace poco nada sabían. Y todo porque nadie quiere ser estigmatizado como hereje, de tal manera que en estos momentos a la nueva estrella de la política Pablo Iglesias le están haciendo campaña desde sus muros de Facebook o Twitter esos nuevos creyentes que han visto la luz. Para los deslumbrados no es admisible que el resto no se asombre, o no lo vea tan claro, y descalifican con duras acusaciones a aquellos que andan comidos por las dudas.

Siempre igual. A pesar de que el presente es tan inquietante como novedoso, hay situaciones en él que has vivido ya. Sobre todo, la impresión de que hay una masa dispuesta a desautorizar a todo aquel que disiente, aunque sea un poco, y unos voceros de esa masa que escriben sin acordarse de lo que opinaban anteayer y se sacuden las creencias de hace tan sólo cinco años. Los que quieren pertenecer a esa nueva izquierda han de renegar de la anterior y ser conscientes de que tienen que dividir al país en dos: los puros y los impuros. Todo consiste en trazar esa línea divisoria y quedarse uno en el campo de los buenos. División que a los que no creemos en la pureza sin fisuras nos causa una tremenda inquietud.

No es fácil escribir en estos tiempos en los que más que opiniones se exigen adhesiones. No es fácil, pero para los que nacimos con el gen del descontento es casi imposible asumir los entusiasmos colectivos. Por definición, los entusiasmos colectivos nos asustan. Leo estas palabras que en La llama de Barea pronuncia un cura que apoya a la República:

“Habla y escribe lo que tú creas que sabes, lo que has visto y pensado, cuéntalo honradamente con toda tu verdad. No hagas programas en los que no crees, y no mientas. Di lo que has pensado y lo que has visto y deja a los demás que, oyéndote o leyéndote, se sientan arrastrados a decir su verdad también. Y entonces dejarás de sufrir ese dolor de que te quejas”.

Esto sí que es un mandamiento a cumplir. 

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