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Terence Koh, vivir como una abeja del siglo XXI

Logotipo de El Mundo El Mundo 01/10/2017 MARCOS TORÍO
© Proporcionado por elmundo.es

No hay rastro del blanco o de las esculturas en un Terence Koh renacido después del hedonismo y el vértigo de los años hiperactivos en los que encadenaba proyectos como si quemara etapas. Las prisas y la actitud del asian punk boy han mutado en sosiego y contemplación. «El pasado está muerto», sentencia ahora con el mono de faena y la sonrisa zen bajo el bigote. Está instalado en la galería Horrach Moyà para desarrollar el proyecto Empty boat!, una oda al autoconocimiento y a la fuerza de la comunidad con un ojo siempre puesto en la naturaleza.

Koh ha instalado una de sus capillas de abejas -la primera en Europa- que funciona como espejo en el que pueda mirarse el hombre, sobre todo como colectivo. «Podemos aprender mucho de ellas porque constituyen una sociedad casi perfecta con tres millones de años. Viven juntas y crean algo juntas», afirma sobre un insecto con un ciclo de vida rápido y corto que le da para crear miel, cera y, sobre todo, para cumplir con la función polinizadora, vital en la naturaleza.

La pieza se concreta con una capilla recubierta de cera que contiene un panal, comunicado con el exterior a través de un tubo. Las abejas entran y salen de la galería y el visitante tiene la oportunidad de encerrarse en el espacio para meditar con el zumbido de los insectos. «Tenemos que usar todos nuestros sentidos y escucharnos los unos a los otros. Debemos concentrarnos en eso. Hay una energía increíble cuando apartamos el ego y vivimos el momento», prosigue Koh su discurso sobre la importancia de «la condición mental». La suya pasa por conectar con quienes acudan a la exposición. En una de las salas tiene dispuesto un colchón y una bañera -también recubierta de cera- que ha rellenado con agua del mar, una forma de recordar que el lugar donde está ubicada la galería en algún momento estuvo bañado por el Mediterráneo. Allí, en las atarazanas de Palma -hoy convertidas en plaza- se construían y reparaban barcos. Koh se ha imbuido del espíritu de esa zona de la ciudad y la siguiente sala presenta un puñado de cañas largas con las que construye una barca que piensa botar el día 21, cuando su estancia en la Horrach Moyà se acerque al final. Quiere hacerlo por comprobar si logrará flotar o no, por contemplar cómo se funden los materiales naturales con el agua purificadora en la que se baña a diario.

El recorrido incluye otra barca ya construida que ha rellenado de sal y que preside una vela con la figura de San Francisco de Asís, usada solo como elemento iconográfico. «Las religiones nos dividen. Pone barreras y no puedo conectar con eso. Tenemos que desechar esa idea porque es casi como un muro. Creo en el misterio del universo, que no puedo explicar», explica y se resiste incluso a considerarse budista, aunque se sienta «cercano».

El artista de orígenes chinos, nacido en Singapur, criado en Canadá y residente primero en Nueva York y ahora en Los Ángeles, desdeña ataduras y asienta su discurso en una espiritualidad sin etiquetas. «Soy una mezcla del mundo y la vida es felicidad, tristeza, celos, sufrimiento y muchas más cosas. Yo la observo, floto y no me resisto», añade antes de celebrar que podrá charlar con quienes le visiten y prepararles un té con las plantas que está cultivando junto a las ventanas.

Koh, con todo, es el artista amigo de Marina Abramovic, el tipo que diseña pianos para su íntima Lady Gaga y que ya ha sido también reclamado -con éxito- por la moda. No reniega de lo que ha vidido. Siguen las personas, pero piensa en presente. «El pasado ya no puede hacer nada más por mí porque todas esas experiencias ya han pasado. No silencio los recuerdos, pero no las cargo como imágenes».

¿Necesita, por ejemplo, de las redes sociales? «La tecnología no es el problema sino cómo la usas, que no te controle. Instagram puede contarte una buena historia. Yo estoy en Instagram. No soy perfecto», dice riendo y concluye: «La vida es justo esta conversación».

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