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Tilda Swinton, de otro mundo

El Mundo El Mundo 14/06/2014 BEGOÑA DONAT

Son legión los que consideran que Tilda Swinton (Londres, 1960) no es de este tiempo ni de este mundo. Pero tenía que llegar Jim Jarmusch, un alienígena terrícola de su misma condición, para elevarla a vampiresa. En su última película, Solo los amantes sobreviven -recién estrenada en España-, el director neoyorquino le ha dedicado el papel de una druida de 3.000 años. Su chupasangres lánguida, exquisita y cultivada es la enésima apuesta iconoclasta de esta aristócrata devenida enseña de la vanguardia. Existe un epítome de lo cool y se llama Tilda Swinton.

A finales de los 80, la hija del comandante general del Ejército británico John Swinton, criada en un castillo y educada en el aula de Diana de Gales, volteó su cuna de alcurnia para convertirse en musa del cine experimental. Desde entonces, su vida ha sido un suma y sigue de envites por la ruptura en las artes. Ya sea el audiovisual, la performance, la moda o la música, es una pasajera insólita de las travesías creativas del futuro. 2013 fue el año del más difícil todavía, con su instalación The Maybe en el MoMA de Nueva York, donde fingió dormir en el interior de un cubo de cristal, y su participación en el vídeo de David Bowie 'The Stars are Out Tonight'. En el plano cinematográfico, la pelirroja mutó de peinado, de dentadura y de cutis para sus colaboraciones con directores tan poco convencionales como el citado Jarmusch, Bong Joon-Ho, Wes Anderson y Terry Gilliam.

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¿Cuál es tu primer recuerdo relacionado con los vampiros? No fue a través de una película, sino de fotografías de Vincent Price o Christopher Lee. Nada demasiado sofisticado, fotogramas de cine de los 70. Lo que recuerdo claramente es la asunción de que los vampiros daban mucho miedo, eran oscuros y me matarían. Con el tiempo fui tomando conciencia de que en realidad iban a traerme la inmortalidad, así que nunca estuve demasiado asustada. De niña los relacionaba con las brujas, por las que siempre he estado fascinada. Me parecían criaturas mágicas. No los consideraba malos. ¿Por qué son tan recurrentes en las artes? La respuesta rápida sería la inmortalidad, pero me decanto más por la paciencia y por la perspectiva. Esa mirada panorámica que les caracteriza se puede ligar a la idea de ser artista, porque, por ejemplo, aunque los directores dispongan de todo el material para hacer su trabajo, pueden pasarse años hasta conseguir la financiación. Así que cuando llega el momento de rodar, han de tomar distancia para contextualizar su obra y encajar cómo se va a infiltrar en la cultura. El dilema artístico es muy similar al vampírico. El trabajo de escritores como Kafka o Proust se sigue discutiendo cientos de años después. ¿Este eco podría considerarse una forma de inmortalidad? En cierto modo. Como diría mi abuela, el mundo sería muy aburrido si a todos nos gustaran las mismas cosas. Aunque existan referencias cruzadas, creo que hay un artista para cada cual y una audiencia para cada artista. Es una de las cosas más bellas de este mundo. Y nunca sabes cuándo va a ser tu momento, porque continuamente hay investigaciones sobre personajes desconocidos en su época que la gente descubre ahora. ¿Qué guiños a tus ídolos culturales se pueden apreciar a lo largo del filme? Muchos, ha sido un enfoque muy personal, tanto para Jim como para mí. Ya hace ocho años que empezamos a hablar de este proyecto, así que hemos estado cocinando una sopa a la que íbamos añadiendo ingredientes: los libros favoritos, la música preferida, nuestras personas predilectas... Ahí están Black Rebel Motorcycle Club, Nick Cave, White Hills, Sospechosos habituales... En la película, los personajes llevan a sus héroes bajo la manga. Adam se queja de sentirse solo, pero en realidad vive en compañía de estos espíritus, sus mitos. Todos vivimos así. Los artistas nos necesitamos entre nosotros Algunos, como tú, cultivan la 'invisibilidad'. Vivir de manera privada, inadvertida, me resulta muy interesante, más si cabe en lo que respecta a la creación, al hecho de realizar un trabajo y difundirlo de manera anónima. Es algo que he practicado durante muchos años. Por supuesto, no como actriz, porque esto se hace con el cuerpo y con tu apariencia, así que es muy complicado evitar la visibilidad. ¿En qué ha consistido entonces? Escritura. Tengo a varios amigos trabajando de esta manera. Es una tendencia interesante, y curiosamente estimulante, porque la obra es apreciada sin telón de fondo, sin firma.

Tilda Swinton tiene una actividad en ciclos y festivales de cine que desarrolla no de manera secreta, pero sí discreta. En colaboración con el historiador Mark Cousins ha articulado un festival del celuloide ambulante en las Highlands escocesas, una muestra de cine inglés en China donde transformaron una sala en un bosque, un festival en un salón de baile victoriano cuya entrada era gratuita para los que llevaran una bandeja de tartas caseras, y una fundación, 8 Foundation, dedicada a acercar el séptimo arte a los niños. Esta organización sin ánimo de lucro trabaja con colegios e instituciones de Escocia para exhibir películas de manera gratuita con el fin de que cualquier crío celebre su cumpleaños viendo un buen filme.

¿Qué hay en la interpretación que te hace regresar una y otra vez? Es una pregunta que me planteo bastante a menudo. Cada vez que hago una película me digo que va a ser la última. Pienso constantemente que no tengo el menor interés en ser actriz, pero cuando una conversación o un director me intrigan, vuelvo a caer. Supongo que habrá sido estimulante aportar novedades al universo de los vampiros. Sí, la idea de inventar extraños y arcanos rituales resultó verdaderamente excitante. Determinamos que eran cercanos a los lobos, queríamos que el pelo fuera como piel, y los ojos como de licántropo. Y cuando se encuentran, reparas en que no se besan, sino que se huelen. Nuestra intención era forjar unos vampiros góticos modernos, así que decidimos que llevasen guantes y que al llegar a casa de otro tuvieran que pedir permiso para entrar y, al franquear la puerta, se quitasen los guantes. Deseábamos que hubiera una especie de etiqueta. Buscábamos que estos personajes transmitieran que eran antiguos, que cargaban con las tradiciones de los siglos XIII, XV, XVIII. También nos interesaba que tuviesen pequeñas huellas de otras centurias en la gestualidad, el lenguaje, en sus referencias. Al fin y al cabo, todos lo hacemos, nos ponemos un collar de nuestra abuela y unos zapatos que compramos hace 13 años. En eso consiste la vida, no todo el mundo viste algo que se compró la semana pasada. ¿Tú también cultivas ese tipo de nostalgia? Trato de no hacerlo. Mi abuela, en cambio, vivía en una casa donde todo tenía una historia, hasta el más insignificante cenicero. No es tu caso... Yo comparto mi vida con dos niños, una tortuga, cuatro perros, seis gallinas... ¿Manifiestan interés por el cine? Como hijos de artistas, es el mar donde nadan. La niña escribe y el chico dirige cortos, pero también quiere ser piloto. ¿Eres optimista respecto al futuro? Soy realista en lo que respecta al curso de los acontecimientos naturales; mi punto de partida es preguntarme si existen alternativas. Es decir: si vamos hacia abajo, es lo que hay, pero al menos podemos mirar las estrellas. Cuando hablas de que vamos hacia abajo, ¿te refieres al mundo o a las personas? Somos mortales, vamos a morir. Y no hay nada que podamos hacer para remediarlo. Si la humanidad se extingue, que así sea. Los champiñones seguirán ahí.

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